De manera inevitable, el triste anuncio del próximo cierre de la editorial Era nos pone de cara nuevamente ante la desaparición de las empresas que son pilares del universo del libro. Un universo más frágil de lo que solemos pensar.
En el curso de las últimas tres décadas en el mundo entero y también en México hemos visto de forma acelerada cómo diversos emprendimientos que animaron la pluralidad y el debate de las ideas, así como la difusión del arte y la literatura, llegaron a su fin. Los más pequeños lo hicieron con cierta discreción; otros han sobrevivido en estado latente y no pocos sufrieron o sufren una larga agonía, mientras algunos más fueron “rescatados” por los grandes grupos o por otros capitales que terminaron igualmente liquidándolos o mutando radicalmente su vocación hasta hacerlos irreconocibles para sus lectores más fieles.
Es cierto que como cualqiuer otra empresa, una editorial está sujeta a los vaivenes y golpes del mercado. En estos días no han faltado los fríos gurús de esta realidad y hasta han pregonado el consabido y pedante “¡se los dije!”, como señalando que bajo su batuta y genio las cosas habrían podido ser distintas. No lo sé, pero el esfuerzo que ha hecho en estos años Marcelo Uribe y su equipo al frente de Era, merecen el mayor respeto y reconocimiento.
En medio de todo, celebro el gesto de la presidenta Sheinbaum que ha instruido a la Secretaría de Cultura, a cargo de Claudia Curiel, para que se apoye de algún modo a esta editorial. Sin embargo, no me queda claro qué clase de apoyo puede darle esta Secretaría cuando ella misma, como editora, está en una situación deprimente y ha acercado a su muerte a distintas colecciones y dejado de publicar un sinfín de obras.
Peor aún: me pregunto cómo el gobierno podrá ayudar a una editorial como Era cuando ha estado destruyendo, ya por siete años, a la que fue alguna vez la editorial latinoamericana por excelencia, el Fondo de Cultura Económica, hoy en manos de un señor más conocido por sus vulgares gracejadas que como editor.
Me gustaría, desde luego, que Era remontara esta etapa que ahora parece terminal. Y si lo consigue, me gustaría por supuesto que mantuviera su independencia, calidad y pluralidad. Porque ese ha sido hasta hoy su verdadero y más duradero capital.
Mi experiencia lectora con Era está marcada por un sinnúmero de autores y obras que no puedo sino recordar sino con emoción y aprecio. La editorial fundada por Vicente Rojo, los hermanos Espresate (Neus, Jordi y Quico) y José Azorín, puso a los de mi generación en contacto con libros esenciales como “Cuadrivio” o “Ladera este” de Octavio Paz; “Aura”, de Carlos Fuentes; “El coronel no tiene quién le escriba”, de Gabriel García Márquez, que también pasó como una leyenda por sus talleres; “Las batallas en el desierto” y la poética, inmensa y maravillosa, de José Emilio Pachecho (hasta llegar, más recientemente, a la portentosa edición de su “Inventario”) o la obra del atormentado José Revueltas.
Esos caminos que abrió la editorial llegaron a ser tan amplios que por ellos pudo transitar una obra tan densa y profunda como “Paradiso”, de José Lezama Lima, todo un hito en las letras latinoamericanas.
Me haría falta mucho espacio para referirme a otros libros, como la “Autobiografía precoz” de Evgueni Evtushenko, que nos acercó a las primeras formas de disidencia dentro de la esfera comunista; o autores como John Cage, un músico con extraordinario sentido crítico y un humor a prueba de indiferentes; o Paul Nizan, aquel chico que deslumbró a Sartre desde pequeño, y que también aparecía en su catálogo. Y qué decir de la extraordinaria edición de los “Cuadernos de la cárcel”, de Antonio Gramsci, que conocimos al despuntar los años ochenta, así como las extraordinarias obras históricas de Friedrich Katz.
En adelante no sé qué sucederá, pero son 66 años de una extraordinaria aventura editorial. Saludo y valoro, ahora y siempre, su enorme legado.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez






