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Yo también escribo sobre la Inteligencia Artificial

El Jicote

por Edmundo González Llaca
25 agosto, 2026
en Editoriales
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No tengo la más mínima autoridad tecnológica para escribir sobre la inteligencia artificial, creo que en otra reencarnación fui obrero inglés en el siglo XVIII, destruía marrazos la maquinaria industrial. Ya recientemente me hice fiel discípulo del escritor y político oaxaqueño, ya fallecido, Andrés Henestrosa. El poeta nos decía: “Cuiden sus computadoras, al parecer se les pegan los virus por no lavarse antes las manos”. ¿Dónde nace mi atrevimiento?

Leí lo que decía Musk, un profeta del capitalismo: “No pasarán más de diez años antes que la IA gobierne por todas las cuestiones sustantivas del mundo, empezando por las cadenas de producción, el comercio y la economía”. A Bill Gates, que algo sabe de computadoras: “Antes del 2035 ni la medicina ni la docencia, entre otras cuestiones fundamentales, serían gestionadas por seres humanos”. Darío Amodei. presidente de Anthropic, empresa gringa dedicada al tema: “La IA está evolucionando por sus propios medios mucho más rápido de lo que los seres humanos podemos comprender o controlar”.

Mi ignorancia tecnológica me obliga a reconocer que más que dedicarme a dar propuestas y soluciones, lo que trato es de plantear preguntas y compartir confusiones. Lo que más me llama la atención es que el invento tecnológico no solamente trasciende a los Estados, a la geopolítica internacional, sino que incluye a las personas en su vida cotidiana. Tengo amigos que consultan a la IA hasta en su vida sentimental. Lo que sí cala es que pueden hasta elaborar textos.

Sin embargo, creo a la innovación le queda muy grande el nombre de inteligencia. Recuerdo a mi tocayo Edmundo O’Gorman que decía: “Al final de la vida reconozco que el sexo débil no es tan débil y el sexo fuerte no es tan sexo”. La inteligencia artificial, si es artificial, pero no es tan inteligente.

No es para tanto, está bien que pueda procesar datos y hacer estadísticas en milisegundos que a cualquier genio le llevaría años. Está bien. ¡Felicidades! Pero el pensar incluye actos más complejos. La verdad es algo más que la suma de lo cuantificable y medible. Hay una interacción dinámica de todos los elementos que la componen que, además, fincan sus raíces en el tiempo que corre veloz. En otras palabras, la IA es un fruto que se pudre rápidamente y vive tambaleándose en la actualidad y en la caducidad.

De valores éticos y morales mejor ni hablamos, eso no significa que la IA sea imparcial, simplemente se traduce que son las empresas privadas que controlan el proveedor y son las que definen lo que es bueno o lo que es malo. Donde la IA choca contra la pared es en la cuestión de las emociones; su asepsia es absoluta, no sienten alegría, tristeza, ternura o deseo de venganza ¡Ojo! Morena. Para resumir: No sabe de las razones del corazón que sólo el corazón conoce.

Me regodeo en las limitaciones de la IA, que nos da pedacería del conocimiento, solamente la inteligencia humana es capaz de reunir lo racional, lo sensual ¡Ay qué rico!, lo mental y lograr la unidad. La IA chupa faros cuando trata de predecir, lo que diría Santa Teresa, de la imaginación: “La loca de la casa”.

Asesorado por Olimpia utilicé la IA en tres proveedores, le describía mi caso después del mundial. Paso a paso seguí las características de una depresión. Las empresas consultadas hicieron el diagnóstico exacto, el problema fue la terapia. Había cierto consenso, sugerencias de nuevas actividades, diversiones, ejercicio, trabajo, relaciones amistosas. Ninguna le acertó sobre lo que en esos momentos necesitaba y deseaba.

La IA no sabe de biografías, ni historia personal del usuario. Había terminado de leer a Kundera en su libro “Tiempo y Felicidad”, donde hace una apología de la holgazanería. Esos extraordinarios flojonazos que, según los checos, se dedican a contemplar las ventanas de Dios y son inmensamente felices.

Ninguno de los tratamientos de la IA me interesaba, yo quería practicar lo que Paul Lafargue llama: “El derecho a la pereza”. Eso en lo que los mexicanos somos verdaderos especialistas: en el arte de tragar camote. La pasividad los proveedores no la tomaban en cuenta, de seguro bajo su consigna capitalista: el tiempo es dinero.

Hablando de tiempo y de dinero, va a ser en el mundo laboral donde la IA se quiere servir con la cuchara grande. Tiene como matriz empresas privadas que concentran sus beneficios en la rapidez y la eficiencia; que proporcionan la automatización del trabajo. Esta innovación ahorrará una gran cantidad de trabajadores; el desempleo y el empleo informal son los daños colaterales de la IA.

El Instituto Mexicano para la competitividad (IMCO), en un análisis sobre el futuro del empleo, sostiene que, en 2030, dos quintas partes de las habilidades actuales podrían transformarse o quedar obsoletas.

Pero no sólo eso, a la IA le interesa una USB que el trabajo no sea solamente un medio de subsistencia, sino una experiencia humana que permita la realización de los potenciales personales del trabajador. La IA todo lo sacrifica en el altar de la velocidad, el tiempo, la producción y cualquiera que sean los beneficios, siempre y cuando sean contantes y sonantes.

Difícil, más que difícil, es más, romántico como canción de trío yucateco, demandar que el Estado exija a los empresarios que toda innovación y automatización, las acompañen con medidas de capacitación y actualización para que no repercuta en el desempleo o aumente el empleo informal.

Responsabilidad compartida con los empresarios, que estén conscientes que la desaparición de una fuente de trabajo puede generar una gran presión a la paz y la tranquilidad social. La IA, efectivamente, puede acelerar el desarrollo económico y la justicia social de México, lo podría hacer en forma ordenada y tranquila. Pero si predominan los intereses mercantiles y egoístas, la IA puede ser el medio de una mayor desigualdad y una mayor dependencia económica de las grandes potencias. Interiormente, un detonador de todo un cambio, mismo que, por cierto, no será pacífico, sino violento.

Luego le sigo, con la esperanza que la IA no encuentre el algoritmo que redacte un mejor texto.

Etiquetas: IAinteligenciainteligencia artificialliteraturatecnologia

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