El verano francés ha estado marcado, en lo cultural y lo político, por el estreno de la superproducción La Bataille de Gaulle (“La batalla de De Gaulle”), dedicada al padre de la resistencia francesa y de la Quinta República que, pese a todo, sigue albergando una de las democracias más sólidas del planeta.
No es la primera vez que Charles de Gaulle es llevado a la pantalla grande, pero en esta ocasión el filme ha estado acompañado, además de un sorprendente éxito de taquilla (ha rebasado tranquilamente los tres millones de espectadores), de una verdadera disputa entre la clase política por ver quién es el que hoy, de cara a las próximas elecciones presidenciales, mejor representa el espíritu del héroe y tal vez su grandeza.
La película dirigida por Antonin Baudry y protagonizada por el actor Simon Abkarian, es una monumental obra histórica que intenta presentar en dos partes (la primer se estrenó a principios de junio y la segunda a finales del mismo mes) la épica de la resistencia francesa protagonizada por un general al que muchos veían como una figura menor y que terminó la guerra siendo un gigante, si bien con sus casi dos metros de estatura ya lo era.
Acerca del tratamiento y la fidelidad con que la película representa los hechos históricos hay, como siempre, algún debate entre los historiadores y los cinéfilos, pero en términos generales la película ha sido ampliamente aplaudida. Sin embargo, al ver de nuevo a uno de sus indiscutibles próceres en la pantalla grande, y al ser tan deslumbrante la actuación de Abkariam en este papel, la sociedad francesa ha venido a redescubir la falta de grandeza en la escena política actual.
Más allá de las críticas propiamente cinematográficas, el trabajo de Antonin Baudry ha resultado tan poderoso que ha suscitado diversas emociones, percepciones y, por supuesto, un gran debate político en medio de la profunda polarización que –como la mayor parte del mundo– experimenta Francia.
Desde luego, también los políticos fueron a ver la película y no tardaron en entender que ganarían puntos si se colgaban de un modo u otro de este filme. Y así tenemos que desde la extrema derecha de Marine Le Pen hasta la izquierda populista de Jean-Luc Mélenchon (una especie de López Obrador con más letras), salieron del cine muy contentos y llenos de elogios para la cinta, insinuándose de esta manera no sólo como simpatizantes sino incluso como herederos de los principios e ideales del gran De Gaulle. Es tan grande el pastel dejado por el héroe francés, que no les resulta muy difícil a las distintas formaciones políticas ir por una rebanada, ya sea de nacionalismo, soberanía, Estado benefactor, centrismo, etc.
Por otro lado, el debate sobre la relación de Francia con Estados Unidos –muy tenso en los últimos meses– y el resto de Europa, también se ha visto reanimado bajo la sombra de De Gaulle resucitada por la película y las ansias de enarbolar causas de los políticos.
Aunque el vacío es evidente –y más la mediocridad que los separa del personaje–, no pocos sueñan con ser el “líder providencial” que necesita Francia, según ellos. Al propio tiempo, desde luego, no faltan las voces lúcidas que se preguntan por qué o para qué Francia necesita un “lider providencial”.
Precisamente, en su más reciente edición, Le Figaro Magazine publica un brillante ensayo del historiador Arnaud Teyssier donde este se da a la tarea, provocativa en estos tiempos donde la tentación populista nos vende en todas partes la “necesidad” de un “salvador” de la patria, de desentrañar lo que históricamente ha significado la grandeza de algunos hombres y el intento de otros por presentarse como tales.
Teyssier apunta dos cosas que valdría la pena tomar en cuenta siempre. La primera es que los grandes hombres sí existen, pero “no son un regalo del cielo, una forma de salvación que se nos ofrece como solución definitiva, sino modelos a seguir, a quienes escuchar, invitaciones a actuar (..) Exigen esfuerzo y sacrificio”. Son, pues, más hechos que palabras; más acciones que promesas.
Por eso Teyssier dice también que en Francia (yo creo que en todo el mundo) “vivimos con un malentendido: creemos fácilmente en el «hombre providencial», a quien las circunstancias impondrán y que, milagrosamente, desentrañará los hilos de nuestras tragedias (…) Y puesto que esperamos todo del destino, y del hombre providencial que inevitablemente producirá algún día, con demasiada frecuencia nos conformamos con el camino común de la política, y elegimos a quienes, sobre todo, nos tranquilizan, a veces nos halagan, a menudo nos hunden”. Y vaya que nos han hundido.
FB: Ariel González Jiménez






