7 de agosto del año del Señor de 1863. En el exconvento de los reverendos padres carmelitas.
Apenas las hojas de oro caen sobre el horizonte, infundiendo aliento a las torcacitas que celebran la mañana, cuando el joven don Felipe Olguín no halla más alivio que arrojar el amargo cuajo de sus entrañas, resultas de un descomunal porrazo que le asentaron en las costillas.
Sus hombres de confianza yacen en el suelo, privados ya de la existencia: uno todavía borbota sangre por las fauces, cual si el brazo del verdugo acabase de desenterrar el puñal de su costado; el otro sumergido en un charco de pardos y siniestros reflejos; y el tercero, en fin, estira la pata entre los últimos y espantosos estertores de la agonía.
—¡Vaya, que al cabo vuelve en sí su merced! Ea, mentecato, ¡arriba y de dientes!, ¡vamos! —exclamó con insolencia un soldado de la facción liberal, levantándolo del suelo con un violento empujón, mientras otro de sus camaradas ponía al fuego una mugrienta ollita de barro en un fogón de fortuna.
—Mire usted, atajo de bestia, que bien sabemos en esta ciudad que es usted uno de los comerciantes de más alcurnia. Hay fundadas sospechas de que vuestra merced provee a los ejércitos conservadores, esos que andan en vergonzosa amalgama con los invasores extranjeros. ¡Qué digo sospechas! Lo grito a los cuatro vientos: ¡es usted un traidor a la patria! Por tanto, tengo órdenes terminantes de hacerle saber que yo mismo le he de cortar el resuello. Sus hombres ya se nos adelantaron en el viaje al otro mundo, y a usted le toca el turno seguidamente.
El infeliz Olguín apenas lograba resollar, pues de seguro tenía hundida alguna costilla por los golpes. Tratando de espabilar el juicio para dar con su paradero, columbró las tapias de la gran casona que se levanta tras los patios carmelitanos. El militar intentó obligarle a beber un sorbo de café rancio y de pésima ralea, pero el joven lo escupió con desprecio, ganándose al punto una bofetada que le mareó.
—¡No se me haga el seco con nosotros! —le espetó el soldado con soberbia—. Seguramente se preguntará vuestra merced por qué no le hemos pasado ya la navaja por el pescuezo. La contrachanza es llana y simple: manifiéstenos el sitio donde ocultan el oro que conducen a los conservadores, usted y sus aliados los señores curas, y le perdonamos la vida.
¡La ciudad es un caos!
Desde que se decretó la exclaustración de los religiosos y monjas, mudando los templos en desiertos, el comercio ha dado un quiebre letal. Solo unas cuantas familias de caudales han podido capear el temporal. Los liberales, una vez que los franceses hubieron tomado la capital del país, se apoderaron de los sagrados recintos abandonados, convirtiéndolos en verdaderas cuevas de ladrones y maleantes, dedicados al pillaje de los hombres de bien y al infame delito del secuestro, por los comienzos del camino de Tierra Adentro.
Los mercados llevan ya un tendal de meses con los candados puestos. Los vecinos más afortunados se van manteniendo de la cría de sus animales; pero la infeliz plebe, que es la mayoría, no tiene más arbitrio para engañar al estómago que marcharse a los campos. Mas estos campos ya no producen ni un grano, pues las mejores haciendas pertenecían a las órdenes regulares y hoy yacen en el abandono; así que la pobre gente anda desquelitando lo que buenamente encuentra entre la maleza. ¡Virgen de Santa Ana, cuánta penuria que parece no tener término!
Los templos, saqueados y entregados a la injuria del tiempo, tienen sus portones abiertos de par en par, sirviendo hoy de hostería y guarida a vagos.
Lo único que la mano de la rapiña ha respetado, por un resto de superstición o de verdadera piedad, han sido las lienzos y pinturas sagradas; el pueblo menudo profesa todavía gran veneración a sus imágenes. Jamás en sus anales había contemplado esta ciudad, antes famosa por sus bellos y purpúreos arreboles de la tarde, tanta miseria y degradación junta.
Un jinete que corría a todo galope rompió el silencio de la población, cruzando por los terrenos que antes ocupaban las magníficas parcelas de Santa Ana. Era un capitán de los conservadores, vestido con galas militares de gran lucimiento, que castigaba con saña los ijares de su bridón; le seguían apenas cuatro jinetes de su misma facción, los cuales, por más que aguijoneaban a sus bestias, no lograban emparejarle el paso.
El oficial de vanguardia atravesó a matacaballo el sendero de las humildes viviendas de los obradores y enderezó su carrera por la calzada de Belén. La vecindad, asustada por el estrépito, comenzó a asomarse a las puertas para averiguar el motivo de aquel tropel de cascos que levantaba polvaredas en las tristes y descuidadas calles.
El militar entró como un alma que lleva el diablo al patio de aquella casona fachada con losas rojas —de las que el vulgo asegura, que fueron traídas del mismísimo palacio del emperador Moctezuma—. Nadie le estorbó el paso, pues la finca se hallaba deshabitada. Los curiosos del barrio, entre los que no faltaban algunas viejas de copete y familias de abolengo, se apresuraron a asomar a sus niñas a las ventanas; las pobrecillas, con la prisa del alboroto, apenas si habían logrado arreglarse los cabellos con la ayuda de sus doncellas.
Los restantes jinetes, espueleando a sus cansadas bestias, alcanzaron por fin a su capitán y se pusieron en orden de parada. El arrogante mando registró con la mirada cada rincón de aquella anchurosa casona, la cual, según sus propias señas, se hallaba enteramente desierta. Penetró sin tardanza en el aposento que poco antes servía de cuartel al gobernador Arteaga —quien a la sazón andaba huyendo con los lodos hasta el cuello— y, revolviendo unos papeles, topó con una última misiva del mismísimo don Benito Juárez, cuyo tenor era el siguiente:
«Abandone sin dilación esa plaza; póngase en camino para Jalisco, donde la legislatura le aguarda con los brazos abiertos para nombrarle Gobernador. Tome las riendas de la situación y comience a organizar de nueva cuenta su Ejército del Centro. Ponga a las llamas cuantos archivos y papeles pueda, pues el invasor extranjero se ha enseñoreado ya de la capital y a tiro de ballesta se encamina hacia su posición. ¡No habrán de tener la menor clemencia con vuestra merced si llega a caer en sus manos! Dios y Libertad. Benito Juárez».
—¡Ya me lo decía el juicio! —exclamó el soberbio oficial, relamiéndose de gusto—. A caballo, señores míos, que es menester dar aviso de esta contrachanza a toda la población.
Mientras esto pasaba en la casona, en los claustros y patios de los carmelitas la noticia corrió con la presteza de un rayo: –¡Señor mío, que han entrado en la ciudad los soldados del general don Tomás Mejía! Es la vanguardia, y el grueso de la tropa vendrá a media jornada de camino.
–¡Huyamos, que se nos quema la casa!—¡Calla, imbécil! —bramó el soldado de los liberales—, que estamos a punto de sacarle el secreto del oro a este infeliz– Y asiendo de las solapas al aturdido don Felipe Olguín, le volvió a intimar con cajas destempladas: —¡Vamos, pedazo de animal, habla! Tu vida pende de un hilo: ¿dónde tienen escondido el oro?–
En esto, una voz desgañitada desde la ventana interrumpió el apuro: –¡Señor, señor, que ya tenemos en las puertas a varios soldados de Tomás Mejía! Vienen bien armados y trayendo piezas de artillería; nos tienen a boca de jarro–
Perdiendo los estribos y la compostura, el militar liberal volvió a descargar su mano sobre las mejillas del infeliz Olguín. –¡Que ya entran al convento, voto a Satán–, gritaron otros. Al punto, un espantoso tableteo de fusilería comenzó a tronar por los contornos; los soldados de la Sierra Gorda irrumpieron furiosos por las escalinatas del recinto y, sin mostrar la menor caridad cristiana, pasaron por las armas a todo ser que vistiera la casaca liberal.
—¡Alto ahí, muchachos, que hay prisioneros! —clamó el cabo a voz en cuello—. A los que veáis maniatados y con el paño a los ojos, ¡ni tocarlos!
Una turba de oficiales y soldados juaristas se desparramó entonces por las calles de la ciudad de verdes frescores. Huían ante la llegada de los conservadores, quienes por espacio de muchos meses se habían venido disciplinando y rearmando en las fragosidades de la Sierra Gorda bajo el mando del general conservador. ¡El Mesías!, como le llamaban con devoción los de parte, y con sorna los del contrario.
Hizo entonces su entrada por la calle de la Alameda un corcel de magnífica estampa, de crines blancas y relucientes pliegues de plata, recortando su figura entre los frondosos fresnos del paseo.
Montaba la bestia un enviado, cuyo pecho lucía un vistoso uniforme celeste y marrón con cuello alto de grana, profusamente recamado de bordados de oro. Calzaba botas de un azabache tan lustroso que reflejaban, y ceñía una espada de florines franceses que le daba un aire verdaderamente celestial y majestuoso.
¡Era el mismísimo general Tomás Mejía! Centauro de rostro de tierra.
Detrás de su comitiva venía un imponente tren de carretas atestadas de maíz, canales de reses, cerdos y gallinas vivas que se contaban por cientos; sus hombres custodiaban grandes barricas con alimentos en almíbar y carnes en vinagre.
Se divisaban provisiones a lustro para socorrer a toda la desdichada ciudad. Delante del caudillo marchaba un heraldo con caja y trompeta, pregonando a voz en cuello la llegada del Ejército Conservador:
“…Su Excelencia Serentísima, el señor general don Tomás Mejía, hombre de la Virgen de Guadalupe quien socorre a esta ciudad que yace en perpetuo ayuno y desvelo, ha traído víveres en abundancia para todos sus moradores.
Salid, pues, ciudadanos, a recibir los beneficios de su piedad; atreveos a denunciar a los pérfidos traidores liberales, esos blasfemos que han sumido en la mayor de las desgracias a estas tierras con la falaz promesa de «Agua y Democracia». Salid, hombres y mujeres, dejad el miedo y acercaos a la abundancia”
Continuará…







