¡Ah, indulgente y discreto lector! Permíteme tomar la pluma con ese afán novelesco y minucioso que tanto consuela a las almas ávidas de crónica, para trasladarte, como en un cuadro de costumbres de nuestra atribulada patria, a los fastos y alegrías de un enlace que bien merecería una página entera en la prensa folletinesca de este siglo XIX.
Atiende, pues, que no he de omitir ápice ni pormenor de aquel día memorable, diferente a todos los demás.
¡Vaya agasajo el que con vivo entusiasmo y desborde de júbilo se vivió con motivo de las nupcias del gallardo capitán Antípides! No una celebración encerrada entre cuatro paredes, ¡no por cierto!, sino una festividad de vecindario que se derramó lozana y bulliciosa por toda la calle.
Por doquiera que la vista volviera, los parroquianos y las familias de cuna se entregaban a la inocente diversión de los juegos de azar. Los había que probaban fortuna lanzando aros de mimbre a distantes pinos de madera; otros pretendían aventar esferas del mismo noble material con la esperanza de que acertasen a caer en reducidos orificios para alzarse con un premio.
Pero el espectáculo que mantenía en vilo a la multitud era el blanco del rehilete: lanzaban con destreza dardos a las figuras giratorias, pues si la providencia guiaba la mano del tirador y atinaba a la suerte… ¡oh, maravilla!, el galardón no era otro que una reluciente moneda de un real de plata.
¡Habrase visto tamaña codicia! Mas he de confesaros que pocas, poquísimas veces caía el premio, pues el destino —y la astucia del feriante— había dispuesto que la carta ganadora fuese la más pequeña de la rueda.
La generosidad de la mesa no conoció término. Las viandas destinadas a los vecinos del barrio y a los transeúntes curiosos que no formaban parte de la comitiva oficial de la boda, corrían sin costo alguno, como río por las calles en las épocas de lluvia.
Salían de los cazos improvisados en la polvosa calle las tortillas doradas y fritas en manteca, cubiertas con oscuras y aromáticas salsas de chiles de variedad; los frijoles negros, refritos con el picante brío del chile serrano; los chicharrones de cerdo crujientes y bañados en salsas de variadas intenciones, y para remojar el gaznate, una infinidad de pulques curados con los más diversos sabores.
Y junto al licor de los dioses, hacían las delicias de la concurrencia los muy populares rones triturados a las frutas, que se presentaban como la última y más aplaudida novedad en esta clase de festejos.
Entretanto, traspasando el umbral de la gran casona de la familia de los Olguín, el cuadro cobraba tintes de mayor distinción. Allí se celebraba el matrimonio civil entre el capitán liberal Sóstenes Antípides con la virtuosa y delicada señorita Consuelo Olguín.
Engalanaba la concurrencia, como invitado de honor y padrino de los novios, el mismísimo Gobernador del Estado, el general don José María Arteaga.
Mas no piense el lector que el cargo lo libró de la pesada carga de la fiesta; antes bien, la etiqueta y su propio afecto le hicieron pagar íntegramente la monumental comilona. Y vaya si esto le debió doler en lo más hondo del bolsillo, pues —valga la verdad y el recuerdo histórico— era el señor Gobernador tan avaro como un prestamista de la calle de la gran Plaza de Armas; aunque bien es cierto que el bravo capitán representaba nada menos que su mano derecha en los lances de la batalla, la política y de las armas.
El festín de los salones empezó con una distinción digna de un virrey: una sopa a la reina, consistente en una crema densa, suave y finísima, elaborada pacientemente a partir de pechugas de gallina cocidas en un caldo enriquecido con las más frescas verduras del huerto.
Siguió a este exquisito preludio un delicado fricasé de conejo, servido y napado con cremas de nueces; para rematar los platos fuertes con una galantina de lechón, rellena de especias aromáticas que embriagaban el ambiente. ¡Todo un banquetazo de altísima alcurnia, digno de la pluma de un gastrónomo conservador!… perdón, liberal.
Y al llegar el momento del postre… ¡Por la Santísima Virgen del Carmen! Allí se dieron cita las piezas más selectas de la más afamada dulcería El Pavo Real.
Resplandecían las cajetas envinadas, contenidas en cajas de madera trabajada con marcas distinguidas, aderezadas con nueces, piñones y finísimas obleas. Las frutas cubiertas de un cristalino candor —el limón de verde brillante, la naranja perfumada, la piña dorada— rivalizaban en dulzura con los exquisitos ates de membrillo y de pera.
Y para coronar aquel monumento a la gula, no faltó la auténtica joya del obrador, la especialidad de la casa: las célebres ¡hojuelas de pierna ahumada!, preparadas al purísimo e inconfundible estilo tradicional de la familia Olguín.

Continuaba la fiesta en honor de los recién casados con tal esplendor y desahogo, que por las mesas comenzaron a correr sin pausa el espumoso champán y los más distinguidos vinos de Burdeos y Borgoña. Mas ¡ah, triste realidad de nuestros invitados!, ha de saberse, para vergüenza del refinamiento, que ante lo poco fino de la concurrencia —compuesta en su mayoría por militares liberales de curtida piel y sus respetables esposas—, casi ninguno de los presentes sabía distinguir entre las bondades de un buen vino francés y la aspereza de sus pulques habituales.
Con todo, la etiqueta no decayó, y al dar por finalizada la monumental comilona, los sirvientes hicieron circular los digestivos: refinados y potentes brandis de etiqueta europea, como bien correspondía y se estilaba en una boda de semejante magnitud.
Mientras tanto, en las afueras y en los patios, la tropa observaba aquel despliegue de opulencia con los ojos desorbitados por la sorpresa. ¡Pobres soldados de la patria! Ellos, que en la dura vida del cuartel apenas recibían un miserable y mezquino rancho consistente en frías tortillas, un puñado de frijoles, salsa y alguna papa solitaria, contemplaban ahora a la alta oficialidad y a los mandos siendo agasajados con manjares que ni en las más febriles de sus fantasías habrían osado imaginar. Verdad eterna es la que dicta el adagio, pues en esta vida suele andar el rico en la diversión y el pobre en la promoción…
Para deleite de los oídos, la música no dejó de sonar un solo instante. Durante las horas dedicadas al festín y a la degustación de los platillos, un virtuoso piano desgranó suaves melodías para acompañar la conversación de los comensales. Mas apenas las mesas quedaron despejadas, tomó la plaza una sonora orquesta de viento, habilísima en ejecutar con entusiasmo y brío los ritmos que hacían furor en los salones de la época: las alegres polkas, los elegantes chotis y las cadenciosas mazurcas, que hicieron saltar a la pista a damas y caballeros.
Y como en toda fiesta donde el licor afloja las lenguas y la alegría desborda el recato, no faltaron los cantores improvisados que, entre verso y verso, se atrevían a lanzar sus dardos de sátira al más pintado de la reunión.
Burlábanse sin piedad del peinado estrambótico de un oficial, del pésimo y estrafalario arreglo de alguna ilustre invitada y, como era de esperarse en un ambiente tan queretano… ¡surgieron las inevitables coplas dedicadas al novio y al mismísimo señor Gobernador! Mas hay que decir, en honor a la verdad, ambos aguantaron el estoque humorístico con gallarda compostura… o acaso con esa dichosa embriaguez que, a tales alturas de la noche, ya no les permitía distinguir la razón de la picardía.
Continuará…

->> También te puede interesar: ¡Ay! Mi Querétaro Lindo capítulo anterior







