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¡Ay! Mi Querétaro Lindo

La Apuesta de Ecala

por Luis Núñez Salinas
31 julio, 2026
en Editoriales
Cuento de Navidad
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6 de diciembre de 1862.

Corría aquel esperado día de diciembre en que la patria, convulsa, parecía debatirse entre conservadores platerescos y liberales republicanos.

El malvado Sóstenes Antípides —cuya sola presencia infundía temor en el ánimo de los buenos parroquianos— fue obligado a comparecer ante la autoridad del recientemente nombrado Gobernador de Querétaro, el borrachín general don José María Arteaga.

Este bonachón militar, tras reponerse milagrosamente de las cruentas heridas nacidas del fragor de la guerra, acababa de recibir las más altas condecoraciones de manos del mismísimo presidente don Benito Juárez, en la heroica ciudad de Puebla.

—¡Urge! — mencionaba el abuelo de la casa de los Olguín, mientras devoraba sus ricos panes de cubierta azucarada, tratando de atinar a la boca de la taza por su temblorina — pues, apurar la resistencia para contener el empuje de las tropas extranjeras que permanecían agazapadas en las costas de Veracruz, por lo que la entera disposición de Sóstenes a la causa de las armas se volvía asunto de vital trascendencia ¡Les dije!

Entretanto, en las filas opuestas — da cátedra el abuelo — los conservadores obedecían las órdenes del sanguinario general de división don Leonardo Márquez — hace una mueca de malo — a quien le acompañaba el prestigioso y singular general don José Tomás Mejía, nacido del estruendo de la lucha que, sin haber cruzado las aulas de la academia ¡Escuchen niñas! se había convertido, por la audacia de sus hechos en batallas, en el verdadero «Mesías» de los conservadores.

Ambos tejieron un puente de hombres y armas desde las frondosas lomas de Orizaba hasta aquí, amigos los dos del general invasor Élie Frédéric Forey, figura dominante a quien ya todos conocen como el Mariscal de Francia — las niñas en codos sobre la mesa duermen ante los constantes arrebatos del prócer familiar, abriendo sus ojos apenas en cada vez.

Estos dos ejércitos, como decía el abuelo, chocaban día a día en continuas y feroces escaramuzas —Abuelo ¿Qué es una escaramuza?…— Medían sus fuerzas, ensayaban audaces tácticas y se tanteaba el alcance del letal armamento de gran calibre que traían consigo los extranjeros; mientras tanto, los liberales regateaban la compra de pertrechos a traficantes de Texas, antiguos e incondicionales aliados del gobierno republicano del señor Juárez ¡Le gustaba negociar con maleantes! —.

En medio de esta borrasca que no daba tregua, la pequeña ciudad de violáceos atardeceres yacía sumida en la más lamentable indigencia, con el corazón en un puño ante el incesante desfile de los ejércitos, pero respirando apenas una época de boyante caudal.

Allí, las tropas en sus caminos encontraban el necesario alivio: alimento para los activos, agua fresca para el viandante, herraje para la monta, remiendo de uniformes y el ansioso acopio de pólvora y municiones. A la manera de los gloriosos tiempos de la guerra de Independencia, la plaza cobraba una febril e incesante actividad. Lo mismo prestaba sus francos auxilios a los batallones republicanos, cuyos soldados formaban interminables filas a la espera de un mantillo donde pernoctar; que daba amparo al contrabando nocturno, vendiendo a escondidas armas y aperos para la caballería conservadora, allá, cercanos a las parroquias de Santa Ana y San Gregorio.

¡Toda la ciudad se arriesga por las monedas y trueques! Las familias acomodadas de la localidad —antiguos comerciantes que conocieron mejores opulencias vendiendo paños, telas finas y calzado— auxiliaban sin embozo a los conservadores, sumando a ello los caudales y la bendición del clero católico a través de viandas, uniformes y armas, entre los que destacaba la casa del conocido dulcero Olguín.

En los dobles fondos de sus carretas, conducía sigilosos cargamentos hacia las agrestes serranías queretanas, cobijo donde los conservadores construyen ejércitos enteros para cerrar la pinza en apretado abrazo junto con las bayonetas francesas.

Los liberales perseguían el ideal de una república, así sueñan, a imagen y semejanza de la norteamericana, empeño al que habían consagrado más de tres décadas de cruentos sacrificios. Los conservadores, en cambio, suspiraban por los viejos esplendores del virreinato, soñando con que la plata de las minas propias volviera a traer la bonanza y las jaujas reales de la Nueva España.

Acusaban a la administración liberal de haber precipitado al país en la abyecta miseria por haberse empeñado en contraer enormes empréstitos con las potencias de Europa. Y por no haber pagado a tiempo aquellas deudas… ¡véase por qué nimia razón los cañones de los franceses dejan surco en el suelo sagrado de la patria!

Y los parroquianos, privados del consuelo para elevar sus plegarias o para dar digno estado de matrimonio a sus hijas, ¿qué esperanza podía albergar en medio de tan aciago porvenir? La guerra, entretanto, se diseñaba con fría e impertérrita serenidad en el tintero del mando supremo de Palacio Nacional, quien esgrimía su firma en documentos aún, como presidente de la república, que en poco caducaría la investidura de su suprema magistratura.

Mientras tanto, en el íntimo reducto de los hogares, las familias padecían la amarga realidad de los días, acongojadas por el calórico y punzante escozor de la incertidumbre.

Ocurrió, pues, que el capitán Sóstenes Antípides, ante la inminencia de marchar a los campos de Marte para medirse a sangre y fuego contra los partidarios de la reacción y sus aliados continentales, apresuró los trámites de su enlace nupcial con la virtuosa segunda hija del afamado dulcero Olguín, en una suerte de fatídica y conveniente armonía.

¡Ah, marchar a cosechar los laureles de la gloria con el dulcísimo perfume de la amada aún grabado en la memoria! Prisionero del delicado pañuelo de la moza —lienzo sutil que conservaba la fragancia y el hálito de tan insigne pliegue—, ¡el ansiado día del consorcio al fin despuntó!

El batallón entero, acantonado en esta apacible población de verdes frescores, engalanó sus filas para la ocasión. Y como era de esperarse en aquellos tiempos de reformas, la ceremonia habría de consumarse en las severas oficinas del ayuntamiento, rindiendo así culto a las leyes de la República y haciendo valer la autoridad del juez del Estado Civil, a quien tan raras veces se acudía en aquella época.

—Nos hallamos hoy aquí congregados, ilustres amigos de los contrayentes, para dar franco paso a los fueros de la república al estrechar en indisoluble lazo civil a estos dos jóvenes… —el juez dirigió una mirada de reojo al capitán— …a esta cándida doncella y a este viril y arrogante capitán, al amparo de la más alta e insigne conquista de la ley: ¡el matrimonio civil! Cuyos frutos de sincera convivencia y mutuo respeto han de germinar en hijos pundonorosos que sirvan mañana a la patria ¡como esforzados soldados en defensa de la Carta Magna que hoy rige nuestros destinos! — Elevó en seguida con solemne ademán un ejemplar de las Leyes de Reforma y, alzando la voz con ardor patriótico, sentenció:

—Por la autoridad que las leyes me confieren y en estricto cumplimiento del mandato constitucional de la República, yo los declaro… ¡marido y mujer! — Un murmullo de pasmo recorrió el recinto ante lo expedito y tajante del acto. El juez, sin dar tregua al asombro general, concluyó:

—Puede usted, señor capitán, besar a la novia — Las hermanas de la recién casada apenas atinaban a brindar un tímido y apresurado aplauso, mientras el resto de la concurrencia asistía estupefacto, sin dar entero crédito a la inusitada escena que sus ojos contemplaban.

—No sin antes, estimados presentes, recordar las sabias dotes e instrucciones que sobre el matrimonio civil nos legara el preclaro vate y patricio don Melchor Ocampo. Daré, pues, pronta y reverente lectura a la Epístola de tan afamado liberal: —¿¡La pistola de quién!? —inquirió con cándida extrañeza la más pequeña de las hermanas de la novia, apenas en un murmullo —…que ha de asegurar la perpetuidad de la especie… —recitaba el juez con tono grave y almidonado —¿Cuál especie? ¿Acaso habla de vacas? —continuaba musitando la imprudente moza —…el marido deberá dar protección, valor y dirección a la esposa… —¡Válgame la Virgen del Carmen, en qué clase de carreta se nos ha convertido mi hermana! —…y educar a los hijos en la virtud, el respeto, haciéndolos ciudadanos útiles a la patria… —¡Jesús María y José! ¡Más soldados para la tropa, por el amor de Dios! —sentenció finalmente la muchacha, santiguándose con vivo sobresalto.

Continuará…

->> También te puede interesar: ¡Ay! Mi Querétaro Lindo capítulo anterior

Etiquetas: LA APUESTA DE ECALA

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