¡Ah, benigno y curioso lector! Si hubiereis transitado en aquellas memorables fechas por la histórica y concurrida calle de la Gran Palma, a buen seguro habríais sido testigo insólito de la escena que pasamos a referir, digna de figurar en los más intrincados anales de los escándalos de esta ciudad de violáceos atardeceres.
¿Qué dirían —nos preguntamos con el pecho consternado— las virtuosas e inmaculadas hermanitas González de Cosío si llegasen a sus castos oídos las desdichadas imprudencias de las hijas de don Felipe Olguín? Aquel buen hombre, dulcero de oficio y de modales intachables, se vio acorralado por el más amargo de los dilemas el mismísimo día en que su primogénita, la joven María Luisa, debía contraer nupcias. Porque para evitar que en pleno altar se armara el zafarrancho —con reparto indiscriminado de cachetadas a diestra y siniestra por haber osado quebrantar la ley—, ¡no se halló más remedio que comprometer en el acto a la siguiente hermana en turno!
En apuesta osada a la suerte.
Y no vayáis a pensar, amigo mío, que se trataba de un vulgar chismorreo de vecindario o de conventillo santaclareño. ¡No! El ejecutor de semejante entuerto era el mismísimo casquillo del demonio, el otrora temido y nada vituperado Sóstenes Antípides… ¡Nos libre de su sombra el Santísimo Sagrado Corazón de Jesús! — mientras se santiguaban —Imagine usted, comadrita —se escuchaba musitar con sigilo a dos mujeres que doblaban presurosas la esquina de la gran casona—. Dice la de la frutería —aquella pobre mujer que, apenas amigo lector, lograba amontonar una humilde pila de limas y duraznos por la conocida escasez que afligía a los tiempos— que presenció con sus propios ojos cómo irrumpieron los soldados.
—Se llevaron pareju a invitados y esponsales, y a punta de voraz garrote, entre empujones y vulgares escupideras, los condujeron hasta las oscuras mazmorras del síndico… allá mismito donde el tal Sóstenes tiene sentado su nefasto cuartel— Apenas si se divisaba a las dos comadronas sumidas en la vehemencia de su murmullatorio, cuando se les unió la criada de la ilustre casa de los Espinoza. Llegaba la moza criada dispuesta a dar luz sobre el asunto, trayendo las últimas novedades recogidas en el bullicioso vaivén del kiosco de la romería.
—Afigúrense nomás de las barbaridades que se vicentiaron en esas mazmorras —añadió la recién llegada, acomodándose el rebozo—. Me lo contó el ladino de Jumencio, que andaba refregado allí mismo cumpliendo tres días de separo por haberse bebido unos pulques sin pagar. Dice que vio cómo el mismísimo demonio se le metió al cuerpo al capitán, y sin más ni más, ¡le pidió a don Felipe la mano de su otra hija delante de toda la concurrencia! ¡Así, ansina nomás! Con certeza la chiquilla empleó artes del demonio para hechizar a semejante hombre bárbaro… —
Y mientras la criada desgranaba tan jugosos detalles, las comadronas —con ese pánico tan propio de quienes comercian con la honra ajena— ocultaban el rostro entre los oscuros pliegues de sus rebozos, lanzando miradas furtivas a diestra y siniestra, recelosas de ser sorprendidas en plena y peligrosa confidencia —¿Y ansina, por vida mía, qui pasó después? —inquirió con avidez una de ellas, devorando la continuación del embrollo.

—Pues ¡figuraos! —prosiguió la moza criada ensanchando el gesto—. Don Felipe, tras meditarlo el tiempo que un avaro cuenta sus monedas, y tras clavar en su atribulada mujer una mirada tan fija y pasmada como la de un perico en estaca, comprendió que no le quedaba más sopa que taza. Al fin y al cabo, como la vida es bien corta y las necesidades de la casa tan amplias, ¡allí mismo quedaron de acuerdo en la fecha precisa de la dichosa matrimoniada!
El capitán, desbordado por un júbilo tan inusitado como estrepitoso, no cabía en sí de contento.
Tan grande fue su alborozo que, apenas el primer gallo entonó su canto matutino, mandó levantar a tambor batiente a todo el regimiento, dispuesto a celebrar por todo lo alto los inminentes y trepidantes casorios— ¡Virgen de Santa Ana que Dios los agarre confesados! En esta vez miro misma que solo se casan con el problema, el capitán es un burro que come de cualquier planta del camino, ni modo que ahora se afine, ni que juera niño de cuna— decían mientras caminan hacia el portón del templo del Carmen a depositar la ofrenda del día.
¡Ah, benigno lector! Cuánta doblez y cuánta bondad calculada es capaz de encubrir el corazón de un sinvergüenza con tal de salirse con la suya y ver coronados sus artificiosos propósitos. A partir de aquella inusual y poco ortodoxa pedida en la penumbra del calabozo, el capitán Antípides tomó por piadosa costumbre tomar el camino a la casa de la familia del dulcero cada martes, jueves y sábado, so pretexto de ultimar los pormenores y juergas del inminente matrimonio. Venía el hombre con visita airada, ansioso por tratar a la que, por azares del destino, estaba llamada a ser la dueña de sus tálamos personales.
Se les veía pasear a ambos a lo largo del patio de la gran casona, donde elegantes macetones —curiosamente afirmados con platos de la vajilla rota de la casa— exhibían frondosos tallos de cilantro, toronjil y balsámicas infusiones de ruda. Los helechos y geranios, florecidos con vigor, prestaban al recinto el aire melancólico y noble de los antiguos grabados; mientras que las macetas colgadas, al vaivén del aire fresco de la tarde, traían a la memoria los tiempos de fulgor de la ciudad entera, hoy reducida al silencioso y adusto ritmo que lo dominaba todo.
—Dime, querida amada —preguntó Sóstenes con una dicción tan pulcra y estructurada que raras veces se le había visto, envuelto en una seriedad inusitada—, ¿Qué deseas saber de mí? ¿O es que acaso soy tan desconocido para ti como tú lo eres para mí? — La joven Olguín, manteniendo el paso, aplicó la máxima de saber escuchar —sabio consejo de su madre— y respondió con pudorosa compostura:
—Mire usted, capitán: siendo tan caminado por los cerros y batallas como es, y habiendo yo visitado únicamente el mercado y los templos, mi vida no ha sido otra cosa que lecciones de música y el arte de los dulces. De suerte que usted me resulta tan indómito e ignorado como el camino que apenas cruza el río; allá, más allá de los carrizos de la zafra, todo es para mí un misterio insondable —Pero, por alguna razón, ¿usted no ha salido de estas tierras? —repuso la muchacha con aquella ingenuidad propia de quien no ha roto un plato—. ¿Ni siquiera a los manantiales que distan un día de camino rumbo a la gran ciudad?
—No, mi capitán —respondió ella con aire humilde—; apenas si he probado el aire de estas tierras y pisado la hacienda de carretas. Simples pasitos y nada más. Pero en los libros he leído que hay un mundo entero aguardando una vez que se cruza el gran mar… que, a decir verdad, no ha de ser tan inmenso. Mi padre me contaba que las mercaderías que traían los comerciantes de Europa venían tras un viaje de apenas tres meses. ¡Imagine usted, capitán! ¡Un cuarto de año entero viajando sobre las olas!
Hallábase en este fino diálogo cuando un soldado, vino a golpear a la puerta de la familia Olguín. Abrió una de las hermanas, quien tomó de manos del mensajero un abultado sobre. La mocita, fue a entregárselo a Sóstenes; pues resulta que ella y la hermana más pequeña se hallaban agazapadas entre los helechos del patio, atisbando a escondidas cuanto hacían los «novios» durante su solitaria conversación.
Tomó Sóstenes la carta, rompió el sello y, tras recorrer las líneas con la vista, mudó el semblante y dijo con fingida benevolencia y pesar de comediante: —Me temo, joven amada, que debo partir al instante —¿Es negocio urgente, capitán? —preguntó ella, disimulando la alegría que le embargaba el pecho. —En extremo. El general José María Arteaga me ordena por este escrito poner en orden al batallón e iniciar sin dilación ciertas maniobras… Debo partir inmediatamente—.
¡Ah, lector mío! ¡En qué radiante tragicomedia se convierte el santo estado del amor cuando ninguno de los pretendientes tiene el menor interés en sus dulces mieles, sino únicamente en cumplir con el compromiso! Apenas el militar hubo traspuesto el umbral y la radiante comprometida regresó a sus habitaciones, salió al encuentro su hermano Felipe, quien le inquirió con zozobra: —¿Sospecha algo el capitán? —¡En absoluto! —respondió la afilada moza soltando una risita disimulada—. Está plenamente persuadido de que cediendo voy a sus amorosos embates. Se ha marchado con la absoluta certeza de que he de extrañarle… ¡hasta me di la maña de fingirle una lágrima de amargo dolor al despedirme!
Continuará…

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