Cierta izquierda, por desgracia mucho más numerosa de lo que uno quisiera creer, no puede ver una movilización social sin ilusionarse y escuchar, incluso “claramente”, cómo cruje el sistema capitalista antes de su desplome definitivo.
Parece un acto reflejo de esos que se permiten las obsesiones ideológicas. Sucede a cada tanto y nadie parece aprender la lección fundamental: los estallidos sociales pasan y su efecto suele ser menos revolucionario de lo que se esperaba; a veces, más bien, dan como resultado algo completamente distinto de lo que supuestamente se pretendía.
Ya sin proletariado, ese agente marxista del cambio que ha terminado aburguesándose (por lo menos en Europa), son los estudiantes y sus aliados –migrantes, desempleados y gente sin vivienda, entre otros– quienes habrán de consumar la gran revolución en el imaginario de esta izquierda que es capaz de ensalzar y romantizar a toda clase de encapuchados, saqueadores y vándalos que no han mostrado mayores ideales que hacerse de unos tenis de marca o de un teléfono celular nuevo durante estas jornadas de “lucha”.
Nuestros progresistas ilusos tampoco han dejado de evocar con la misma facilidad el Mayo del 68 y otras movilizaciones, pero sobre todo no pierden la esperanza de que esta vez sí las élites políticas y multinacionales sucumban ante las aguerridas demostraciones de las masas juveniles que alcanzan ya a buena parte de Europa.
Ciertamente el fenómeno no es nuevo, pero las causas son definitivamente bien añejas: escuelas en el abandono, escasez de oportunidades, elevado costo de la vida y la vivienda, etcétera. Miles salen a marchar pacíficamente, pero los que saldrán en la foto son cientos de desarrapados enmascarados capaces de atracar una joyería y no –como se supondría– una tienda de alimentos.
Son muchas cosas las que se tienen que procesar –los gobiernos auropeos, ante todo– pero sólo con mucha ceguera se puede ignorar que buena parte de las protestas de estos días en el viejo continente han sido mero saqueo y vandalismo.
El peródico El País, en su edición del pasado 22 de octubre, recogió un testimonio que, en mi opinión, plantea un menudo problema. Veamos: «“Cómo hace uno para pagar 1,200 euros por unas zapatillas si cobra 1,400 al mes? A mí robar a las multinacionales me parece bien, a un particular no”, dice Lello de 20 años , uno de los detenidos en los disturbios del sábado y puesto en libertad el lunes”».
¿Por qué Lello quiere (¿o los necesita?) unos tenis de 1, 200 euros (unos 25 mil pesos mexicanos)? En mi infinita ingenuidad me habría imaginado que un joven en la miseria estaría robando unos cobertores para el invierno que se acerca o una despensa. Pero no. Este marginado ejemplar se pregunta algo que a los pobres de Victor Hugo o Dickens simplemente no les habría entrado en la cabeza.
¿Podemos imaginarnos a Oliver Twist preguntándose cómo va a poder comprar un abrigo en Fortnum & Mason, la exclusiva tienda para las clases pudientes de su época en el barrio de Piccadilly en Londres? De haberlo hecho, los lectores de Dickens habrían desconfiado de su personaje.
¿Por qué nuestras izquierdas, lejos de desconfíar de un joven como Lello, lo justifican? Por un mecanismo ideológico perfectamente blindado ante la duda y sobre todo frente al sentido común.
Las cosas nunca se habían planteado de modo tan estúpidamente irracional: el chico (Lello) odia a las multinacionales y le parece válido robarlas, pero le encantan sus productos. Sueña con ellos y descubre con horror y coraje que no gana lo suficiente para obtenerlos.
A no pocos profesores universitarios de París, Barcelona, Atenas o Milán la conducta de Lello les resulta legítima. Su relato les parece conmovedor y los hace pensar inevitablemente en la injusticia social, la infamia del neoliberalismo y el criminal tecnocapitalismo; por lo mismo, en sus clases pueden sostener que, en definitiva, incendiar almacenes o automóviles es legítimo. Sin embargo, morirían de rabia o del susto si uno de esos automóviles fuera el suyo.
@Ariel Gonzlez
FB: Ariel González Jiménez






