Wilbert Torre

SERENDIPIA

Mis árboles

He visto pasar la mayor parte de mi vida rodeado de árboles. Cuando era un niño de ocho años trepaba los troncos entrelazados de la jacaranda al final del patio, junto a la casa de Pinto, el perro con calcetines blancos que adoptamos de la calle. El cuerpo firme y frío del árbol me depositaba en la azotea de un departamento de dos pisos al final del jardín, un punto alto desde donde todos los reductos y ángulos de mi vista explotaban en una tormenta del color de la menta.

A unos ochenta metros volteando hacia el Este podía ver el espectáculo sin par: una masa uniforme e inabarcable de corteza, troncos y copas parecía galopar en círculos, sacudirse con violencia a los lados y paralizarse en un instante, ante mis ojos absortos. Dominado por el viento, se abatía sin tregua el inmenso ejército de árboles del bosque de Aragón.

Los retoños de esa jacaranda formaron parte de mis primeros años. Jugábamos con los frutos del árbol, unas vainas alargadas en forma de cuchillo. Por las tardes nos fugábamos al zoológico a jugar cascaritas de futbol, y no era extraño que dejara pasar el balón aturdido con el aroma que aspiraba de las hojas del eucalipto cuyo carácter corrosivo destierra de su reino a cualquier otra forma de vida silvestre. Alineado a una palmera, este árbol anestesiante formaba la portería ideal.

Fue entonces cuando empecé a correr y a elegir rutas sembradas de árboles como paisaje natural. Durante años recorrí distancias en Xochimilco, admirando la delgadez altiva de los ahuejotes y cubierto por el silencio de las casuarinas, los sauces y los alcanfores que bordean los canales.

Años más tarde me internaba en las calles cegadas por el sol de Keenwood, un vecindario de un suburbio washingtoniano donde hay más cerezos que perros y niños juntos. Me intoxicaba la lluvia rosa de flores al viento, pero prefería la parsimoniosa serenidad de Grosvernor Lane y sus árboles de hojas blancas, como algodón puro, alineados y tocándose cerca de las nubes.

Hace algunos años que vivo en el sur de la ciudad. Mis carreras a mediodía o al morir la tarde me han llevado a trazar una ruta azarosa entre los árboles viejos y fortachones que bordean Río Churubusco. Al internarse hacia Coyoacán, del otro lado del puente, se llega al parque que rodea al antiguo convento y al Museo de las Intervenciones, una muralla abrazada por una higuera, jacarandas, palmeras, pinos y colorines.

Suelo pasar frente al museo y continuar hasta el parque de Xicoténcatl, donde el otro día una jacaranda fundía sus últimos brotes violetas con el fuego de una bugambilia rosada.

A veces me detengo atraído por alguna escena insólita. Apenas ayer, al subir las escaleras del del puente que atraviesa Churubusco, un colibrí chupaba la miel de un colorín, mientras debajo rugía el tráfico del mediodía.

Comentarios

Comentarios