Wilbert Torre

SERENDIPIA

El halo de Tim Don

#POSTALES

¿Cuáles son las fronteras físicas del hombre? ¿Puede el umbral de un dolor ser vencido por la determinación?

Tim Don ha llegado a donde muchos soñarían con llegar, a costa de un sufrimiento que nadie desearía.

40 años, 1 metro con 73 centímetros, 65 kilos de fibra tan fibra que es casi roca, en el otoño del año pasado Tim Don había ganado el Campeonato Mundial de Triatlón y hecho pedazos el récord mundial de distancia Ironman en Brasil:  en 7 horas, 40 minutos y 24 segundos había nadado 3.86 kilómetros, recorrido 180 kilómetros en bicicleta, y terminado un maratón (42 Kilómetros). Su más cercano competidor llegó cuatro minutos atrás. En mayo de 2017 corrió el maratón de Boston, uno de los más rápidos, en 2 horas y 50 minutos.

En octubre del año pasado, después de un entrenamiento muy exhaustivo, un hábito del que se apropió a los 12 años, cuando empezó a correr, Tim Don, el gran favorito, salió a las calles de Kailua-Kona, en Hawai, a la última vuelta de preparación en su bicicleta, tres días antes del Campeonato Mundial Ironman. Lo atropelló un automóvil que daba una vuelta indebida. El campeón del mundo estaba fuera de la competencia.

Tim Don despertó media hora más tarde. Tenía roto el cuello. Era la vértebra C2, la lesión que sufren las personas que se cuelgan. Los médicos le dieron algunas opciones. Podía utilizar un collarín, pero no era recomendable en vista de la gravedad de la lesión; una operación repararía la vértebra y le permitiría una buena recuperación, pero pondría fin a su carrera de atleta. “O podría tener un halo”, escribió Lindsay Crouse en una gran historia publicada por The New York Times.

“El halo –le dijo el doctor– es como un instrumento de tortura medieval, una experiencia miserable, pero sin duda la mejor opción para una recuperación total, sin limitaciones a largo plazo”.

Tim Don eligió el halo. Además de empleos como repartidor de periódicos y salvavidas, había dedicado toda su vida a ser un atleta. Poco antes de los 40 años, le había llegado la oportunidad, cuando cuando cambió los maratones por los ultramaratones, donde su resistencia era imbatible.

Los médicos le incrustaron en el cerebro cuatro tornillos de titanio, dos en la parte frontal y dos atrás, adheridos a unas barras metálicas que sujetaron a un peto que Tim Don utilizó por tres meses. La cabeza se le hinchó y los tornillos comenzaron a supurar materia que su esposa quiso retirar, y Tim Don casi se desmaya.

Tres semanas durmió de pie en una silla especial, no más de una hora y media continua. Debía permanecer inmóvil durante doce semanas, mientras su cuello sanaba, pero  cuando solo se había cumplido la tercera, con el halo sujeto al cráneo, Tim Don comenzó a entrenar  en su bicicleta, cuidando de no recargarse demasiado hacia adelante para no lastimarse el cuello.

Tres meses después, el campeón mundial de la distancia Ironman se encontraba entrenando 20 horas semanales para el Maratón de Boston, que espera correr el próximo lunes en un tiempo de 2 horas y 50 minutos, similar al que logró el año pasado, antes de que le rompieran el cuello.

A los 40 años, Tim Don decidió someterse a una tortura medieval antes que renunciar a ser lo que había sido toda su vida. No hay otra cosa que sepa hacer que deporte, y ninguna otra le da razón a su existencia. Una lección que excede por mucho la sobrevivencia.

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