Wilbert Torre

SERENDIPIA

Rutas

Cada campaña política tiene una dirección. La más definida y afinada es la de Andrés Manuel López Obrador, con 12 años recorriendo el país en la conquista de la presidencia. El rumbo que tomarán los cuartos de guerra de Meade y de Anaya, en el PRI y en el PAN, está en un proceso de debate y ajuste para llegar a la estrategia final con la que competirán en las elecciones de julio.

La de López Obrador es la más visible y la que más fluye no solo en los medios, sino en las plazas del país. La razón esencial es el discurso anti sistema que López Obrador lleva pronunciando desde antes de la campaña de 2006, y una narrativa que en los últimos cinco años ha reforzado para machacar en la corrupción y la impunidad como los detonadores de los problemas más severos del país.

En campaña, se le quiera o se le odie, López Obrador es “un peso completo de la política”, parafraseando a Luis Correa Mena, hijo del legendario panista Víctor Correa Racho, el primer alcalde opositor de una capital. Con el colmillo largo, suelta la declaración provocadora para atraer los reflectores, graba un video como un distraído paseante en el malecón de en Veracruz o va desgranando como las hojas de una margarita los nombres de sus nuevos adeptos.

Más importante que los detalles (viaja prácticamente solo para subrayar su carácter austero) es la forma en la que ha logrado pasar de un monólogo visceral a un tono más campechano en el que hace chistes a costillas de sus adversarios y enemigos políticos y dialoga con la gente haciéndole preguntas o induciendo respuestas como cuando pregunta a los asistentes a sus mítines qué opinión tienen de Salinas y del “Copete”, y si están de acuerdo en cancelar la reforma educativa.

La dirección de las campañas de los partidos a los que López Obrador ha llamado gemelos, las del PRI y del PAN, aún no logra entenderse ni encontrar aceptamiento dentro de sus partidos y en la mayor parte de la prensa.

El rumbo de la campaña de Anaya parece más encaminado a encontrar su verdadera vocación de artista, apareciendo un día cantando al lado del perredista Juan Zepeda y al otro acompañando al niño indígena del pegajoso himno de batalla de Movimiento Naranja.

Pero Anaya no ha cometido hasta ahora errores significativos. La fotografía acompañando a su hijo al colegio provocó cientos de memes y burlas pero en realidad no ha cometido una pifia importante que lo lleve a perder puntos. López Obrador se metió al pantano al proponer una amnistía que le acarreó críticas pero también los reflectores que ha mantenido encendidos sobre su campaña.

En el PRI, José Antonio Meade está batallando para llevar la campaña hacia el territorio en el que está convencido que tendrá más oportunidad de apelar a un voto razonado: la discusión de propuestas y la construcción de consensos para dar viabilidad al país.

Me parece que lo más difícil para Meade será trabajar y presentar alternativas viables  –su experiencia gubernamental es su perfil más sólido– frescas y razonadas. Hace unas horas declaró que los decomisos a los narcotraficantes servirán para entregar becas a los jóvenes, algo que huele a las propuestas populistas que se le critican a López Obrador, quien por cierto desde principios de año recorrió las plazas del sureste gritando una arenga: “No sicarios, sí becarios”.

Meade es quien enfrenta el reto más complicado para adoptar una estrategia convincente como candidato del PRI, una condición que puede simplificarse en los “no” que son el alma de su periplo: no es priista y no es corrupto.

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