Wilbert Torre

SERENDIPIA

¿Federalismo?

Hace unos días terminé de leer algunas novelas y libros de no ficción que desde distintas regiones representan una relación histórica de hechos ocurridos (documentados) en el país. Pactos políticos, traiciones, acuerdos de grupo, la negociación de la democracia, la corrupción y las tradiciones e imposiciones del poder político en un periodo que abarca los años 50 hasta tiempos recientes, los años de la peor generación de gobernantes en la historia del país.

Quizá lo más interesante de estos libros es que están escritos, en cuanto toca a los de no ficción, a partir de declaraciones y testimonios donde los actores políticos (gobernadores, presidentes de partido, regidores, diputados, senadores, embajadores, líderes sindicales) describen con gran detalle los usos, las prácticas y las costumbres del sistema político compuesto por los políticos y los partidos que tienen un rol determinante en las decisiones nacionales y en cómo afectan éstas la vida política, económica y social de los mexicanos.

En estos libros hay pasajes habitados por políticos de tres tipos visiblemente dominantes: los caciques, los políticos duros formados en la calle, y los políticos más intelectualizados, todos haciendo la guerra, cometiendo traiciones y aplastando al enemigo como fuera posible. Dentro de los pantanos de esos campos de batalla había caciques repudiados fuera y muy queridos en sus estados; políticos educados y honorables y algunos pillos, pero nada comparable a la política convertida en crimen organizado, como hacen constar algunas historias conocidas en estos años

En esos libros se reúne un mosaico pintoresco sobre el comportamiento de los políticos y de la política como columna vertebral del país. Entre los referentes más ominosos está una doble imposición del centro: la primera consistente en plantar en las gubernaturas a personajes ajenos a la historia, la cultura y las tradiciones locales para que gobernaran.

Esto provocó malos gobiernos, el desplazamiento de grupos con arraigo local, la renuncia de gobernadores (el eufemismo empleado era “licencia”), peleas intestinas entre los grupos de poder regionales y discontinuidad de las políticas públicas y de las obras de gobierno.

Desde entonces, a golpes de denuncia, grupos de ciudadanos han erradicado algunas de estas prácticas. Hoy, a diferencia de los 70, representantes del Ejército ya no gobiernan estados, como antes sucedía por cuota en al menos dos entidades al mismo tiempo.

Uno de los libros relata el ungimiento de un candidato (un mensaje del presidente invitándolo a gobernar un estado cuando no había oposición). A continuación, con el respaldo de la federación, el gobernador se robó la elección (un fraude documentado por un diario local).

Las revelaciones sobre la forma discrecional en la que el gobierno federal, por medio de Hacienda, utiliza políticamente dinero para repartir a los estados al margen del presupuesto aprobado por ley, es la más reciente pero no la última evidencia de un sistema político que ha vulnerado, pervertido y socavado al federalismo mexicano.

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