Gilraen Eärfalas carga con un corazón siempre. Además del suyo, claro. Es un corazón que empuña cuando escucha a sus pacientes durante sus consultas médicas o cuando se sienta a sangrar a través de la palabra. Para la joven escritora, todo tiene un sentido poético. Incluso la profesión que estudió y que se dedica a ejercer “de hobby”: la medicina.
Una médica que te pregunta:
¿adónde se fueron tus latidos?;
¿quién se los robó de tu pecho?;
cuando sólo se trata de extrasístoles
por el abuso del café
para no soñar con quien te hizo sangrar
Gilraen ve poesía en la medicina porque es escritora de tiempo completo. Hace unos días, nos contagió de esta poesía.
Son las 9:15 de la mañana. Gilraen toma café negro no para abusar e inducirse arritmias, sino para abrir su corazón. Al otro lo mantiene cerca de su mano. Lo empuña cuando cuenta por qué es su órgano favorito, por qué decide “creerle al poeta” y errar en su campo tan rigurosamente científico. Por qué decide, en lugar de escribir largos tratados sobre la medicina, recitar sus poemas por primera vez en el Teatro de la Ciudad del municipio de Querétaro.
“El corazón no es el que sentiría el amor tal cual, ni el dolor. Sin embargo, al toque del amor, al médico se le olvida que las mariposas no existen y se permite errar en lo que la ciencia dice: se permite creerle al poeta. El corazón me encanta porque puedes compararlo con una casita: cuando tú lo abres, hay cuatro cavidades, cuatro recámaras. (Te preguntas) ¿a quién puedo almacenar ahí? Personas, recuerdos, voces”, cuenta en entrevista a Plaza de Armas.
Para la escritora y médica guerrerense, el corazón se puede interpretar como un “niño pequeño”, una casita que almacena no sólo, en un diagnóstico preocupante, enfermedades: también recuerdos, frustraciones; psicofonías, incluso.
Un corazón que guarda estos sentimientos está enfermo, roto.
“Un estudio para el corazón es el electrocardiograma: salen las líneas, el médico lo interpreta, hay arritmia y taquicardia, hay extrasístoles; pero lo puedo ver como una carta, una carta que escribe el corazón como un niño pequeño porque son puros garabatos. Me encanta. Hay tanto que explotarle a él más que sólo el amor o los latidos. Acerco el estetoscopio, escucho latidos, escucho psicofonías, escucho gritos, hay alguien ahí encerrado. Hay muchísimo que decir de él”, explica sobre su órgano favorito.
En el marco del Hay Festival Querétaro, Gilraen Eärfalas nos hizo latir al ritmo de su corazón al recitar poemas de su más reciente obra, ‘De anatomía poética’, un compendio de poemas en el que ella se permite sangrar a través de cada página y pretende, mediante sus versos, suturar a quienes también hemos sido heridos.
“Desde mi punto de vista, todo es poesía. Medicina poética. Aquí no vas a encontrar un tratado científico (dice de su libro). Yo me permito jugar, darles otras funciones a los órganos, ponerlos a hablar, ponerlos a discutir; darles otro significado a las enfermedades, como las extrasístoles”.
‘De anatomía poética’, editado por Planeta México y publicado en abril de 2026, está inspirado en libros de anatomía básica para médicos. Igual que su predecesor, ‘Desfibrilador’ (2018), se desprende del diseño gráfico en la medicina para ubicarse en el universo médico de la escritora y dotar de concepto a cada obra.
“Hay un poema ahí (en ‘Desfibrilador’) que se llama Alguien se robó un latido, que es justo, que a veces estás muy estresada, tomas tu montón de café y sientes que en tu corazoncito anda algo raro, como que te falta un latido. Luego van los pacientes a la consulta y dicen: ‘doctor, es que siento como que me falta algo, como que se salta un latido, el tic-tic, un espacio’, hasta sienten que van a entrar en paro. El paciente llega con esta imagen de ‘me hace falta un latido’ y lo que hay es una extrasístole. No le falta nada, pero la imagen es muy poética”, expresa.
Gilraen Eärfalas, además de envolvernos en sus estrofas, piensa en estos conceptos de diseño gráfico para atraer a las y los lectores a su poesía. No es que sus letras no tengan valor, sino que ella se ha enfrentado a que los poemarios quedan “olvidaditos” en las esquinas de una librería, por lo que pone más corazón del que se ve en su poesía. Bocetea en manuscritos hasta lograr que una obra como ‘Desfibrilador’ esté presentada en forma de expediente médico, con elementos gráficos que enriquecen la lectura.
De sangrar a ver otros corazones sangrar
Tal y como advierte en sus poemarios, la lectura de estos “no sustituye a la terapia psicológica”. La autora lo sabe. No sólo porque es profesional de la salud, sino porque ella misma ya vivió su proceso de rompimiento y sutura. Sabe que es necesario madurar y sanar los traumas, un proceso que no es el mismo para todos.
“Comencé a escribir para intentar entender cosas de mis heridas, para hablar de mi pasado, de mis traumas”, comparte.
Su próximo libro, a publicarse en octubre de este año, es un cambio de etapa. Es un salto no sólo en su madurez emocional, sino en su escritura. Para Gilraen, este proyecto no se desprende de sus heridas, sino de la ficción y de las investigaciones de traumas ajenos.
“Es el primer libro que me permitió escribir totalmente de la ficción, creando personajes que no tienen que ver conmigo, que no estoy de acuerdo con ellos; donde no hay una herida familiar, no hay abandono, no hay nada que me haya hecho sangrar. Al ponerme los zapatos de alguien que creí totalmente fuera de mí, eso es lo que siento que he madurado: que me estoy permitiendo imaginar más allá de mi vida e investigar más cosas de las que he vivido. Poner traumas, investigar sobre esos traumas, y qué pasaría si esta persona se equivoca, cuáles serían las consecuencias, algo que yo no he hecho”.
La medicina sí necesita ser fría
Además de no pretender sustituir a la terapia psicológica a través de su poesía, Gilraen se ubica como escritora y como médica. En una consulta, ella sabe escuchar. Sabe qué palabras usar. Sabe qué información compartir (y no compartir). Sabe que sus emociones ahí no tienen cabida.
No por alimentar el estereotipo de que las y los médicos son impasibles. Sino por mera necesidad. Incluso, por su propia protección y de sus pacientes.
“Si el médico fuera sensible y te imaginaras que, ahí donde estás internado, lo vieras humano, no lo vas a querer. Si te dice: ‘perdóname, es que me necesita mi hijo porque es un adolescente y le rompieron el corazón, hoy no te puedo atender’, ya no lo vas a querer. Vas a decir ‘qué poca ética, porque yo me estoy muriendo’. El médico necesita ser frío y alejarse, porque si no, no sobrevive. Si siempre se está involucrando, es muy complicado que tú sobrevivas y que él sobreviva. Necesita haber esa distancia”.
Es así como la autora no busca curarnos. Busca la posibilidad de compartirse, de apapacharnos, mas no de diagnosticarnos. Ella, como médica, trata de ser transparente y poner límites. De ser la profesional que es desde sus dos facetas, sin sacrificar su gusto por ver poesía en la medicina.
Horas antes de su recital, Gilraen permanecía nerviosa, pero emocionada. Ella solía escribir para no hablar, pero ahora habló ante su público queretano. Llevaba consigo instrumentos de laboratorio, cuerpos anatómicos, modulación de su voz (que ya es melosa, de por sí) y mucho entusiasmo.
La escritora, en ese momento, no esperaba ver encarnados a dos personajes de su obra en un par de jóvenes aficionados. Horas después de sentarse a beber café y abrir su corazón, decidió invitar a pasar a los amantes de su obra a sus cuatro recámaras cálidas. Gilraen decidió compartir su corazón aquel sábado cinco de septiembre y Querétaro latió con ella.





