Sesquicentenario del Triunfo de la República

DIVO

ANDRÉS GARRIDO DEL TORAL

QUERETALIA

La Intervención francesa en México, el intento efímero de instaurar un imperio encabezado por Maximiliano de Habsburgo, el Sitio de Querétaro, y el muy importante Triunfo de la República, representan, dentro del desarrollo de la historia patria, uno de los acontecimientos más patéticos, trágicos, dolorosos y a la vez más útiles en el proceso de integración de la nacionalidad y en la toma de conciencia de los mexicanos.

Los esfuerzos realizados por la nación –dirigida por un puñado minoritario de hombres de alta calidad espiritual y humana- tienen un alto significado por el hecho de haber triunfado en contra del mejor ejército del mundo de entonces, brazo armado de una de las grandes potencias del siglo XIX, con soberbia actitud y deseos de dominación.

La República liberal triunfó en Querétaro el 15 de mayo de 1867 sobre sus enemigos, no sólo en el orden material, sino también en el espiritual. Los sobrios próceres republicanos, al mismo tiempo que luchaban en el campo de batalla con las armas, esgrimían potentes y justas ideas que alertaban la razón del pueblo, lo impulsaban a defender su patria y su libertad y creaban en él una alta conciencia, necesaria en una lucha desigual. La justicia que asistió al final del llamado Segundo Imperio no llegó por generación espontánea sino por el amparo del esfuerzo republicano.

A un siglo y medio de distancia de la victoria juarista, ésta pareciera ante nosotros, los comodinos hedonistas del siglo XXI, como una empresa fácil, lograda por unos cuántos patriotas soñadores, pero la realidad nos enseña algo muy distinto: la salvación del país, el mantenimiento de su independencia y la salvaguardia de sus instituciones liberales, si bien fue dirigida por un grupo dotado de gran ilustración, eminentes virtudes y una alta conciencia, fue obtenida principalmente gracias a la participación

de la nación entera en cinco años de terribles sacrificios. Industria, educación, ciencia, cultura, servicios públicos, comercio y campos quebrados y desolados; niños y ancianos muriendo de hambre; hombres vejados por la leva y los siete jinetes del Apocalipsis cabalgando sobre la alfombra roja que les tendieron la alta clerecía, los terratenientes y la derecha radical.

La amenaza que hace un siglo y medio pareció disiparse para siempre, no surgió de pronto pero tampoco desapareció rápidamente. Esa nube negra irrumpió desde que México nació a la vida independiente y ha representado siempre un peligro a la integridad territorial y a la libertad de nosotros, pero si bien esa lacra ha subsistido, no han dejado de existir las grandes virtudes de las mujeres y los hombres mexicanos que prefieren la muerte a la ignominia.

Si Maximiliano decidió librar la batalla final en Querétaro no fue por la peregrina idea de que aquí tenía un gran número de seguidores o que la ciudad era inexpugnable; no, definitivamente ésta era un bastión poco defendible por su orografía. Si el archiduque llegó a la “Reina del Bajío Oriental” fue por engaños de sus colaboradores y la casta divina de la capital del país que lo empujaron hacia acá por miedo a perder sus bienes y vidas en un sitio de largo plazo y funestas consecuencias. Tarde se dio cuenta Maximiliano de ese engaño y sólo atinó a decirles a esos aristócratas de Anáhuac “viejos pelucas” a manera de reproche.

Nuestra prócer ciudad de Santiago y sus alrededores fueron testigos de los hechos más representativos de tan destacados acontecimientos para la historia patria, los más importantes del siglo XIX mexicano, porque sin duda dio una lección el presidente Benito Juárez a las potencias europeas de que nunca más ninguna de ellas tendría injerencia en los destinos de América.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Sin duda alguna, el Sitio de Querétaro es el evento más importante que haya tenido lugar en nuestra tierra queretana, pues significó el logro de nuestra segunda Independencia y mucho más integral que la de 1810-1821, por sus alcances políticos, sociales y económicos, ya que significó anular los odiosos fueros y privilegios a favor de unos cuantos y fundar realmente la nacionalidad mexicana. El Sitio de 1867 duró 71 días, del 6 de marzo al 15 de mayo. El día 7 de marzo de 1867 la ciudad ya estaba rodeada, si bien, los sitiadores sólo formaban una débil cortina, fácil de romper en todas partes, sobre todo por El Cimatario al sur.

La línea de circunvalación tenía una extensión de 8 kilómetros, lo que nos da una idea del tamaño tan minúsculo de ese Querétaro, que apenas llegaba a 37,000 habitantes. Siguiendo las manecillas del reloj describo la línea sitiadora desde La Cruz, Carretas, Callejas, Casa Blanca, El Jacal, La Capilla, San Juanico, Cerro de Las Campanas, San Gregorio, San Pablo, La Laborcilla, San José de Los Álamos y San Isidro. El cerco se cerró de manera definitiva hasta mediados de abril, cuando llegaron las fuerzas de Vicente Riva Palacio y se apoderaron del sector sur que da a El Cimatario. Al comenzar el sitio las fuerzas republicanas llegaban a 31,000 hombres, mientras que las imperialistas eran en número de 9,000 elementos; al ser tomada o entregada la plaza el 15 de mayo, aquéllos eran 50,000 contra 5,000 de éstos, o sea, una desproporción de fuerzas que significó la caída de la ciudad prócer en manos chinacas.

El vencedor de este episodio patrio fue don Benito Juárez García quien se preserva ante el mundo como el presidente de la República Mexicana más conocido y famoso, además de Benemérito de las Américas. Finalmente la espada rendida de Maximiliano aquel 15 de mayo en las inmediaciones del Cerro de Las Campanas le fue entregada a Juárez por medio de Mariano

Escobedo y la llevó en su carruaje aquella mañana del 15 de julio de 1867 en que entró como César a la Ciudad de México y expresó su famoso apotegma de que “Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz”.

A Querétaro le tocó armar el escenario donde se incubaron o se resolvieron los fastos más gloriosos y no menos dolorosos de la mexicanidad, como la Independencia, la invasión americana y la ratificación de los Tratados de Guadalupe-Hidalgo, la intervención francesa, el segundo imperio y la Revolución hecha Constitución. ¡Cuántas ciudades más antiguas y famosas no envidian el protagonismo de Querétaro cuando se escribe la historia nacional y mundial! Definitivamente, en Querétaro hablan las voces de la historia de México, y es y seguirá siendo el corazón de México.

El mundo no está terminado, el mundo se está haciendo, pero portando nuestro pasado, la cultura que nosotros mismo hemos hecho. Sólo seremos efectivos en la aldea global si somos responsables en la aldea local.

La memoria salva, escoge, filtra pero no mata. La memoria y el deseo saben que no hay presente vivo con pasado muerto ni habrá futuro sin ambos. México existe en el presente porque no olvida la riqueza de un pasado vivo, una memoria insepulta.

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