Sergio Centeno García

Sergio Centeno García
Sergio Centeno García

Los verdaderos problemas del mundo derivan todos, según el Dr. Leonel Ayala García, de la incapacidad que tenemos los hombres y mujeres del mundo para llevarnos bien con el otro, con el semejante o con el diferente, con el que no piensa como nosotros o a veces hasta con el que tiene las mismas ideas que nosotros, hay según él, una pésima relación interpersonal entre los hombres que se eleva hasta convertirse en conflictos entre los grupos, entre las naciones.

Esta dificultad que tenemos para bien relacionarnos con el otro tiene su origen en la mala educación que brinda la sociedad en sus distintos niveles: se educa mal en la familia, en la escuela, en la iglesia y en la calle. Toda la educación que brindan las instituciones, incluida por supuesto la familia, es una educación basada en la represión, en la obligación y sobre todo, orientada a combatir y eliminar en los niños y en general en la especie hombre, sus verdaderas aspiraciones emanadas de la ley natural del gusto. Se educa obligando al niño, al adolescente y al hombre a hacer precisamente casi todo lo que no le gusta: si su gusto es correr, jugar, saltar, dormir o ver las caricaturas, al niño se lo obliga a estar callado, quieto y en silencio; si su gusto es comer cuando tiene hambre o dormir cuando sienta sueño y cansancio, al niño se lo obliga a tener una “hora” para comer o para dormir. Es decir, al hombre desde muy pequeño se lo domestica para ser otro, para alejarse de sí mismo y en este proceso de socialización, que no es otra cosa que un proceso de alienación, tiene su génesis el constante conflicto existencia que viven casi todas las personas, consistente en la contradicción interna de ser él mismo o ser tal y como la sociedad le exige que sea.

De este modo la sociedad, la religión o la escuela,  educan al hombre para dejar atrás su egoísmo natural y para poner siempre en primer plano los intereses colectivos, los intereses de los demás. Y por el contrario, si hay alguien que se atreve a decir que primero está él y luego él y después él, el régimen educativo público o familiar, lo tacha de malvado, de villano o de egoísta. Pero resulta que la educación falla en todos sus niveles, pues si bien es acertada la idea de pretender formar hombres con capacidades ciudadanas en donde primero estén los demás y luego él mismo, por la precisa razón de haber sido todo impuesto y obligado a base de represión o de miedo al castigo, el hombre termina obedeciendo su propia naturaleza y persigue siempre sus propios fines; es decir, no logra la sociedad formar ciudadanos, sino sólo individuos que buscan siempre hacer triunfar sus propios intereses.

Sin embargo, el daño está hecho, porque a pesar de estar buscando siempre sus propios fines, al hombre le duele ser rechazado socialmente y busca con gran afán obtener la aprobación de la colectividad. Esto acarrea como consecuencia que no exista sobre la faz de la tierra hombre normalmente socializado que viva despreocupadamente sin tomar en cuenta la opinión pública, pues si en lugar de aprobación encuentra rechazo social, esto lo hace infeliz y le acarrea estrés. No hay, pues, hombre o mujer que pueda decir sin estar mintiendo, “a mí me tiene sin cuidado lo que digan o piensen los demás de mí”.

La pregunta relevante es la siguiente: ¿qué tipo de hombres y mujeres está formando la sociedad actual en la que vivimos? Pues si tomamos en cuenta por otro lado que nuestras sociedades actuales están dominadas todas por la idea capitalista de que ser valioso significa tener capacidad para comprar, para consumir; es decir, tener dinero, tendremos un hombre que no sólo está en un constante conflicto personal entre ser él mismo y lo que la sociedad presuntamente quiere de él, sino un hombre que ha asumido que lo que esa sociedad quiere de él, es justamente que tenga dinero, que tenga posesiones materiales. Aunque a decir verdad, esto no es nada nuevo, pues ya desde la Grecia antigua el gran Sócrates denunciaba que los hombres se habían perdido porque creían que lo importante era tener cosas materiales y fama, en lugar de cultivar su razón, su inteligencia para hacerse filósofos (sabios).

Por eso es tan fácil ver hoy en día de qué manera las personas buscan desesperadamente incrementar sus posesiones materiales, su prestigio social, su fama, muchas veces a acosta de lo que sea: el latrocinio, el bandidaje, la corrupción, porque esto es lo único que los llena, que los hace sentirse felices, por un tiempo, claro, porque una vez en posesión de las cosas materiales y el dinero, llegan tristemente a darse cuenta que no era verdad que tener dinero, poder y fama, los haya hecho sentirse mejores hombres u hombres más felices, sino que pasado el tiempo y aún en posesión de todo ello, se dieron cuenta que había un vacío existencial terrible.

¿Qué es entonces lo que puede acarrear felicidad a los hombres? La buena relación con el otro, ya sea semejante o diferente (continuará).

 

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