A continuación, presentamos un fragmento de este importante pasaje de la historia nacional, contenido en el libro Héroes queretanos desconocidos del movimiento de Independencia (inédito), de quien esto escribe
Las tres rutas Querétaro-San Miguel el Grande
Mientras en la ciudad de Querétaro eran hechos prisioneros varios miembros de la junta conspiradora, Miguel Hidalgo, cuya actividad continuaba sin cesar en el pueblo de Dolores, tuvo noticias vagas procedentes de la ciudad de Guanajuato de que había orden de aprehensión en contra de Ignacio Allende, por lo que el 14 de septiembre mandó llamarlo con urgencia a San Miguel; éste partió de inmediato acompañado de su asistente Francisco Carrillo y llegó a Dolores a las seis de la tarde. No encontró al cura en su casa y fue a buscarlo a la de su ex compañero de armas, José Antonio Larrinúa, compadre de Hidalgo. Luego de que el cura reveló a Allende lo que había en su contra y como la escasez de noticias no permitía tomar una decisión, acordaron esperar al día siguiente las nuevas que pudieran llegar; pero nada resolvieron, pues los informes seguían vagos e ignoraban lo que sucedía en Querétaro.
La noche del 15, Hidalgo fue a casa del subdelegado Nicolás Fernández del Rincón, con la idea de obtener noticias en la misma sede de la autoridad, sondear su ánimo y saludar al español Ignacio Diez Cortina, que allí se alojaba y había llegado once días antes para hacerse cargo de la recolección de los diezmos de aquella jurisdicción. Por las noches acudían a la casa de Fernández del Rincón el cura y los vecinos principales del pueblo, quienes formaban partidas de mus y otros juegos de cartas; esa noche, Hidalgo jugó malilla con doña Encarnación Correa, esposa de Diez Cortina y doña Teresa Cumplido, esposa del subdelegado. El cura se retiró a las once de la noche, no sin antes pedir a Diez Cortina le facilitara doscientos pesos de los fondos del diezmo (Alamán, 1990: 240; Luis Castillo, t. II, 1949: 1-2)
Sobre los emisarios que habían salido de Querétaro, Luis Castillo (t. II, 1949: 2) relata que Mariano Lozada fue el primero en llegar a San Miguel -no precisa el día pero debió ser el 15-, procedente de la ciudad de México, con la respuesta del marqués de Rayas y la noticia sobre el descubrimiento de la conspiración, pero ignoraba las aprehensiones de los conjurados. Ignacio Pérez, por su parte, salvaba con dificultad los contornos de la villa tratando de no ser visto por los soldados de la guarnición, que estaban alertas a cualquier movimiento sospechoso; en el camino evitó todo encuentro, rodeó los pueblos y venció los accidentes creados por la temporada de lluvias. A las diez de la noche, Pérez entró a la villa y enseguida se dirigió a la casa de José Domingo Allende. Francisco Lojero llegó mucho después, debido al rodeo que hizo por Celaya, aunque éste afirma lo contrario, como veremos enseguida.
De acuerdo con Luis Castillo, Epigmenio González y Francisco Lojero, fueron tres queretanos los que llevaron la noticia de que la conspiración fue descubierta y por separado fueron a San Miguel en busca de Ignacio Allende. González relata: “Lozada, Pérez y Lojero, no volvieron a su patria hasta la Independencia, (siendo) perseguidos por espacio de once años. Lozada murió fusilado en México en el pronunciamiento de la Acordada, Pérez falleció en Querétaro de enfermedad y Lojero terminó su vida en Matamoros, habiendo hecho su fortuna” (Septién y Septién, 1989: 35). Es decir, los tres comparten el honor de haber sido los mensajeros de la libertad, título que hasta ahora se ha adjudicado exclusivamente a Ignacio Pérez.
Antes de continuar con la descripción de los acontecimientos, hagamos una acotación: Pérez fue enviado por la esposa del corregidor para comunicar a Allende que la conspiración fue descubierta, mientras que Lojero fue por su propia iniciativa para informar a su jefe, Allende, que en Querétaro habían sido detenidos varios compañeros. Pero ¿cuál fue el mensaje del marqués de Rayas que Lozada trajo de la ciudad de México para Allende, en respuesta a la carta que éste le había enviado? ¿Qué instrucciones le daba? ¿Cómo debía proceder? Los historiadores de la época no dan cuenta de ello pero, sin duda, debió contener información sustancial sobre la decisión que tomó el numeroso grupo que en la capital apoyaba la idea de independencia, al conocer la noticia de que la conjura queretana fue denunciada ante el gobierno virreinal.
En su edición del 3 de julio de 1841, el periódico El Cosmopolita de la ciudad de México publicó un artículo titulado “Documento para la historia”, fechado en Matamoros el 24 de mayo de ese año. No está firmado, pero Luis Castillo Ledón (v. I, 1948: 199) asegura que ha podido aclarar que su autor es Lojero. Por nuestra parte, hemos investigado que este personaje siguió activo durante la guerra hasta la consumación de la Independencia, formó parte de la Junta de Jaujilla, se casó con una hija de Ignacio Allende y después radicó con su familia en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, donde tuvo a su cargo la Aduana Martítima y luego fue presidente municipal en 1844, por lo que tiene veracidad el dicho de Castillo Ledón.
En el documento citado, Lojero (El Cosmopolita, julio 3 de 1841) refiere la ruta que siguió por su cuenta hacia San Miguel; su versión confirma lo señalado por Luis Castillo y Epigmenio González:
“[…] a las diez de la mañana entré a Celaya, haciendo el papel de recluta de la Corona. Llegué á mi casa, y mientras daba noticia á mis hermanos de todo lo ocurrido y tomaba una tasa de chocolate, se me ensilló un buen caballo, en él seguí mi marcha y llegué á S. Miguel á las cinco de la tarde del día 14. Me dirigí á la casa del mismo Allende; lo encontré en ella; le dí aviso de todo, me uní con él. Cerca de las oraciones de la noche llegó D. Ignacio Diaz [Pérez], alcaide de la cárcel de Querétaro, con igual noticia, mandado, por la patriota señora esposa del Sr. D. Miguel Domínguez, corregidor de Querétaro.
Desde hace seis décadas, las autoridades de las ciudades de Querétaro y San Miguel Allende intercambian cada año un mensaje para recordar la gesta heroica de Ignacio Pérez. El mismo es llevado por jóvenes deportistas que en relevos cubren la ruta del antiguo Camino Real el 15 de septiembre, quienes portan el fuego simbólico de la libertad. El autor de este trabajo recuerda que desde el segundo tercio del siglo XX prevalecía en la memoria de las personas mayores del pueblo de Santa Rosa Jáuregui el recuerdo de que por ahí había pasado el alcaide Pérez, portando el mensaje que le dio doña Josefa Ortíz de Domínguez el 15 de septiembre de 1810.
Incluso, atestiguaban -entre ellos mi padre J. Concepción Jiménez Pacheco- que el mensajero cabalgaba tan rápido que se vio obligado a cambiar su caballo en la posta del pueblo -el antiguo Mesón, hoy Casa Ejidal-, ubicada sobre el antiguo Camino Real. Para dar mayor realce a este suceso histórico, hace cinco décadas mi padre promovió ante las autoridades de la Delegación Municipal de Santa Rosa Jáuregui y los organizadores del evento que realizan anualmente los ayuntamientos de Querétaro y San Miguel Allende, que en nuestro pueblo se realizara un acto cívico con tal motivo. A partir de entonces se realiza cada año, el 15 de septiembre, el evento denominado “Intercambio de Antorchas” en la calle Independencia, conocida todavía en el siglo XX como Calle Real. De esta forma, previo a la celebración del Grito de Dolores, los jóvenes deportistas intercambian el fuego de la libertad.
También desde hace varios años en el hoy pueblo de Jalpa -que tomó su nombre de la antigua hacienda-, perteneciente a San Miguel Allende, el 14 de septiembre de cada año la Secretaría de Educación y Cultura de ese municipio y los vecinos del lugar realizan una ceremonia cívica para recordar el paso del mensajero de la corregidora. Para llevar a cabo esta celebración, los vecinos de Jalpa tomaron como base lo escrito en 1852 por Benito Arteaga (2003: 70-71): “[…] fueron dos los comisionados de la señora Ortiz para que le trajesen á Allende el propio día quince la pequeña esquela en que le participaba el peligro que corría, Francisco Lojero y Francisco Anaya, que no llegó aquí á buena hora, porque detenido en la hacienda de Jalpa con motivo de un coleadero que había en ella y á cuya diversión era muy afecto, continuó su camino hasta el día siguiente”.
Con ciertas variantes, la misma versión la maneja Valentín Frías (v. III, 1999: 195-196) en sus Tradiciones y Leyendas Queretanas. Dice que luego de que doña Josefa Ortíz urgió al alcaide Ignacio Pérez a buscar una persona de su confianza que de inmediato saliera a San Miguel para comunicar a Ignacio Allende que la conspiración fue descubierta. Con mucha cautela, Pérez logró hablar con Francisco Lojero y éste, a su vez, con Francisco Anaya para que le acompañara. Al no poder conseguir un caballo, mucho menos dos, cuenta la tradición y corre como verídica, que cerca de las cinco de la mañana -del día 14- pasaban los dos Franciscos por el callejón de Azpeitia -actual calle Morelos, entre Juárez y Pasteur- y de la puerta de una peluquería tomaron el caballo de un labriego que estaba arreglándose el pelo.
Serían las nueve cuando pasaron por la hacienda de Jalpa, en la cual se estaba de fiesta, pues estaban dándole al ganado el último apretón y con ese motivo había mucha gente, principalmente charros, sin faltar el pulque, barbacoa y demás comidas y bebidas apetitosas propias de esas fiestas.
Sea por interés de la fiesta, por la sed, por el cansancio de las ancas huesosas del caballo, o por lo que se quiera, Anaya, al ver aquella fiesta, le dijo a Lojero: “Voy a ver si consigo un caballo”, y alejándose rumbo al corral, le dijo: “Por ai lo alcanzo”.
Y Lojero, sin pararse más que para que Anaya se bajara, continuó su marcha, ya bastante aligerado su caballo.
Anaya, con la fiesta, el pulque y la barbacoa, no volvió a pensar en conseguir caballo. Quedóse allí, importándole un bledo lo demás.
En vista de esto, yo colijo que éste no estaba en el asunto, sino que se le vio únicamente para que acompañara a Lojero a S. Miguel, y por eso le importó un bledo que Lojero se fuera solo.
En sus Adiciones y Rectificaciones a la Historia de México, José María Liceaga (1996: 44) da cuenta del mismo pasaje en estos términos: “En un manuscrito que tengo á la vista, se asegura, que los enviados por dicha Señora -refiriéndose a la esposa del corregidor Miguel Domínguez- fueron Francisco López -tal vez cambió el apellido de Lojero-, y Francisco Anaya, el que no llegó á buena hora, porque divertido en la hacienda de Jalpa con motivo de un Coleadero, no continuó su viage hasta el dia siguiente: y que López llegó á las cinco de la tarde del quince, porque habiéndose cansado el caballo, le fue necesario andar á pié. No es inverosímil, que la Corregidora, que tenía tanto empeño, en que llegara la noticia con la mayor prontitud, enviara también otras personas […]” como comisionados a San Miguel, además del alcaide de la cárcel, Ignacio Pérez.
La controversia sobre el mensajero que tomó el camino de Jalpa
Sin embargo, es preciso decir que en la memoria de los habitantes del pueblo de Jalpa no se conserva el nombre de Francisco Lojero como el mensajero de la llamada Corregidora de Querétaro que pasó por la entonces hacienda, como lo señalan Arteaga, Liceaga y Frías, sino el de Ignacio Pérez; tan es así que la placita del lugar lleva el nombre de éste, como lo pudimos constatar durante la visita que en el 2017 hicimos a dicho pueblo Dulce María Ardón y el que esto escribe. Ya quedó claro que Lojero tomó el camino de Celaya para llegar a San Miguel y no el de Jalpa; falta señalar cuál fue la ruta que siguió Pérez: ¿la más larga que era por el pueblo de Santa Rosa y las haciendas de Buenavista y Puerto de Nieto, que era el Camino Real de Tierra Adentro o la más corta de Jalpa, por el camino de herradura?
Poca credibilidad debe darse a esta última versión. En primer lugar, porque Lojero mismo afirma que él tomó la ruta de Celaya. En segundo lugar, hasta hoy no existe constancia de que Francisco Anaya formara parte de la conspiración de Querétaro; incluso, Arteaga presenta los nombres de quienes integraban la junta de San Miguel y en la lista no figura Anaya. Lo más verosímil es que Ignacio Pérez haya ido a San Miguel por el antiguo Camino Real. Por otra parte, Ignacio Allende nombró en Querétaro como confidentes a Epigmenio González, Ignacio Carreño, Mariano Lozada, Ignacio Martínez, Francisco Lojero, Ignacio Pérez y (N) Santoyo, para buscar partidarios.
Particularmente, Allende utilizó a Lozada y a Lojero como mensajeros para ir a los pueblos, villas y ciudades de una extensa región; por lo que es de suponer que conocían todos los caminos y los transitaban regularmente, de día y de noche. En cambio, Pérez, como alcaide de la cárcel de la ciudad, estaba más acostumbrado a la vida citadina. Su gran mérito es que decidió no confiar a nadie el mensaje enviado por doña Josefa Ortiz a Ignacio Allende y lo llevó personalmente. Por ello, es muy probable que tomara el Camino Real que conducía al pueblo de Santa Rosa, las haciendas de Buenavista y Puerto de Nieto, y la villa de San Miguel. Para cumplir con tan delicada encomienda no se iba a atrever a transitar un camino desconocido para él, poco transitado, como era el de Jalpa.
Lo anterior explicaría el hecho de que Lojero pudo llegar primero a San Miguel que Pérez. ¿Y entonces quién siguió el camino por Carrillo, Mompaní, Jalpa, San José del Llano y San Miguel? A falta de un documento que así lo pruebe, nos inclinamos a pensar que pudo ser Mariano Lozada, quien como buen mensajero conocía los caminos y atajos; por lo que sabía cuál era la vía más corta para llegar a San Miguel, pues traía de la ciudad de México la orden del marqués de Rayas de regresar rápidamente y avisar de inmediato a Allende que había sido delatada la conspiración. Por ello fue el primero en llegar a San Miguel, como afirma Castillo Ledón.
Luis Castillo (v. II, 1949: 3) dice que Pérez llegó a San Miguel “tras un recorrido de quince a dieciséis leguas”. En realidad fueron 18 leguas. Veamos porqué: el 4 de septiembre de 1865, Ignacio Mariano B. Soto rindió un informe al prefecto político de Querétaro, Manuel Gutiérrez, sobre el viaje de reconocimiento que llevó a cabo sobre los dos caminos que llevan a San Miguel de Allende, para ver la conveniencia de cambiar una parte del trayecto de la ciudad de Querétaro a la de San Luis Potosí. Dicho informe muestra que la ruta Mompaní, Jalpa, San José del Llano y San Miguel Allende, comprende 14 leguas y gran parte es camino de herradura; mientras que el trayecto de Querétaro a Santa Rosa, Buenavista, Los Ricos, Santas Marías, Corralejo y San Miguel de Allende, consta de 18 leguas y en su totalidad es terreno plano (La Esperanza, septiembre de 1865). Una legua equivale a 4.8 kilómetros.
En 1988, una decena de queretanos realizaron una cabalgata para evocar la ruta histórica que, a su juicio, realizó Ignacio Pérez en su viaje por el pueblo de Jalpa. Para ello, se basaron en el trazo de los caminos que se aprecian en los planos antiguos que guardan la Dirección de Catastro de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Obras Públicas y el Archivo Histórico del Estado de Querétaro; José Ignacio Rangel Ramírez estuvo a cargo de la investigación. Pablo Mére Alcocer, cronista de Los Conspiradores de Querétaro de 1810, A. C., indica que también tomaron en cuenta “lo que señalan varios historiadores, que Ignacio Pérez pasó por el pueblo de Jalpa, donde cambió de caballo, debido al agotamiento de su corcel; hay versiones que señalan que iba sólo, otras dicen que lo acompañaba otro personaje, lo cierto es que no hay duda que el alcaide de la cárcel de Querétaro emprendió el recorrido a caballo […]”
En principio, el entonces gobernador Mariano Palacios Alcocer gestionó que al final del recorrido, el 15 de septiembre, el grupo fuera recibido en las ciudades de San Miguel Allende y Dolores Hidalgo por las autoridades municipales. La cabalgata, que comienza cada año el 12 de septiembre en la Plaza de Armas, frente al Palacio de la Corregidora y recorre varias calles de la ciudad de Querétaro, ya se hizo tradicional y forma parte del programa de las Fiestas Patrias que organizan el Gobierno del Estado y la Presidencia Municipal de Querétaro. Cada vez el grupo es más numeroso y recientemente han cabalgado alrededor de ciento cincuenta jinetes. Desde hace varios años, una comisión los representa durante el acto cívico que las autoridades de San Miguel realizan el 15 de septiembre en el pueblo de Jalpa.
En el 2017, el Ayuntamiento de Querétaro otorgó a Los Conspiradores de Querétaro de 1810, A. C., bajo la presidencia de Alejandro Meré Alcocer, la presea “Fray Isidro Félix de Espinosa” como reconocimiento a la labor que realizan para preservar un acontecimiento histórico tan importante. El evento se realizó el 25 de julio en el Teatro de la República, en el marco de los festejos conmemorativos por el 487 aniversario de la fundación de la ciudad de Querétaro. Además, por acuerdo del pleno de la LVIII Legislatura, el 12 de septiembre del 2017 se colocó en el salón de sesiones del Congreso del Estado el nombre de Ignacio Pérez Álvarez. En el 2018, por acuerdo del Cabildo, se colocaron en letras doradas el nombre de Los Conspiradores de Querétaro de 1810 en el salón de sesiones del Ayuntamiento.
Como ya se vio, ningún historiador nacional o local señala que Ignacio Pérez haya pasado por el pueblo de Jalpa, lo que de ninguna forma demerita la iniciativa tomada hace más de tres décadas por este grupo de queretanos. Lo que proponemos es que la asociación y las autoridades de Querétaro analicen la posibilidad de que, además de continuar realizando la cabalgata por Jalpa, se instituyan las rutas de Querétaro-Santa Rosa Jáuregui-Buenavista-Puerto de Nieto-San Miguel Allende y la de Querétaro-Celaya-Comonfort-San Miguel Allende; así se recordará la gesta de los cuatro personajes que por encargo e iniciativa propia tomaron las tres rutas para llevar el 15 de septiembre el mensaje a Ignacio Allende de que varios conspiradores habían sido detenidos. De esta manera, se convirtieron en los “Mensajeros de la Libertad”.
Y es que, aparte de Mariano Lozada, Ignacio Pérez y Francisco Lojero, hubo un cuarto mensajero que con igual propósito se dirigió a San Miguel el Grande. Se trata de Luis Mendoza y su identidad se debe al periódico La Esperanza. En su edición de septiembre de 1865 informó que como parte de los festejos conmemorativos del 55 aniversario del inicio del movimiento de independencia celebrado ese año en la Plaza de Armas, el 15 de septiembre hubo serenata, iluminación y a las once de la noche resonaron las descargas de la Guardia Municipal. Enseguida se organizó un “gallo, casi en su mayoría de gente decente, que pasó a saludar en su casa al Sr. Prefecto político y luego anduvo recorriendo las calles”.
A la mañana del día siguiente se efectuó la función religiosa, a la que asistieron las autoridades, empleados y militares, así como el comandante superior francés con toda la oficialidad de la guarnición -recordemos que en 1864 se instauró el Segundo Imperio en México-. El Te Dum lo cantó el obispo Bernardo Gárate y López de Arizmendi -la Diócesis de Querétaro se había erigido en 1863 mediante la bula Deo Optimo Maximo-. Al concluir la ceremonia, el prelado y los miembros del cabildo eclesiástico se unieron a la comitiva oficial en el salón preparado en la plaza, donde escucharon el discurso cívico que pronunció el licenciado Arreguín.
Enseguida, el prefecto anunció que la Junta Patriótica de la ciudad acordó entregar un premio de veinticinco pesos al anciano Luis Mendoza, quien acompañó al cura Miguel Hidalgo en el Grito de Dolores; luego siguió en las filas del ejército insurgente y participó en las memorables batallas de Guanajuato, Aculco, Las Cruces y Puente de Calderón.
[…] este anciano fue, en union de Pérez el alcaide de la cárcel de esta ciudad, comisionado para participar á Hidalgo y demas ilustres compañeros haberse descubierto la conspiración, y tiene sobre su cuerpo cinco cicatrices de las heridas que recibió en aquellas memorables batallas.
Una década después, José Ignacio Septién y Villaseñor (1875: 57-58) dio a conocer algunos datos adicionales sobre este personaje y la forma como se enteró de la prisión de Epigmenio González y sus compañeros:
Luis Mendoza, peluquero, uno de los más activos agentes de D. Epigmenio González, supo á tiempo la prision de este patriota, por el escribano D. Manuel Prieto, quien se la comunicó á la vez que aquel le aderezaba el pelo, y poniéndose en salvo inmediatamente, se dirigió á San Miguel el grande, en donde buscó á D. Ignacio Allende, y no habiéndolo encontrado en aquella villa, habló con D. Juan de Aldama, continuando su marcha para Dolores, á cuya población llegó a las ocho de la noche del dia 15. Allí comunicó al cura Hidalgo las noticias de que era portador, y tres horas después tomó parte en la solemne proclamación del plan de independencia.

Los sucesos de San Miguel y el “Grito” de Dolores
El 15 de septiembre de 1810, la villa de San Miguel el Grande estaba de fiesta; celebraba la Octava de la Natividad de la Virgen de Loreto, en la capilla de ese nombre; por las calles desfilaba el Regimiento de Dragones de la Reina al mando del coronel Narciso María Loreto de la Canal, quien promovió y costeó la función. Para realzar la fiesta religiosa, el capitán Ignacio Allende marchó al frente de su compañía de granaderos. Con justificado temor, Lojero creía que ese era el momento indicado para hacer prisionero a Allende y se lo hizo saber; éste le contestó que pensaba lo mismo, pero que la tropa, además de los cartuchos de salva, iba provista de los de bala. A la mitad de la función se presentaron el sargento mayor Manuel Camuñes y su ayudante Gelati, quienes notificaron a Allende su prisión por órdenes del virrey; de manera cortés los desobedeció, igual que la tropa, tras lo cual se retiraron los comisionados.
Al parecer, la orden del virrey no se dio por conducto de De la Canal, pues al concluir la función y acuartelada la tropa Allende y otros oficiales pasaron a tomar el refresco que ofreció el jefe del Regimiento, donde se trató el suceso y la noticia sorprendió al coronel. Concluido el refresco, hacia las cuatro de la tarde Allende y Lojero marcharon hacia Dolores, a donde llegaron alrededor de las diez de la noche (El Cosmopolita, julio 3 de 1841). Hasta aquí la versión de Lojero, que contradice lo expuesto por Miguel Hidalgo durante su proceso en Chihuahua de que el día 14 mandó llamar a Allende a Dolores, donde permaneció todo el día 15 y la madrugada del 16 acompañó al cura a dar el Grito de Independencia, como lo consigna Lucas Alamán (1990: 240) y lo reproduce Luis Castillo (v. II, 1949: 1-2).
Con algunas variantes que no contradicen lo escencial, el mismo pasaje está contenido en el Boletín Informativo Insurgente, escrito en 1817 por Pedro Villaseñor, con la colaboración de Francisco Lojero; lo publicó Emilio Salas en el 2010. A las diez de la mañana llegó Ignacio Pérez a San Miguel en busca de Ignacio Allende; preguntó por su domicilio y le dijeron que lo buscara en el cuartel, donde tampoco estaba. Le indicaron que fuera a la parroquia de Loreto y al llegar a ese barrio observó que estaba de fiesta, con las casas adornadas y por las calles desfilaba una sección de caballería del Regimiento de Dragones de la Reina. Se festejaba la función de la Octava de Nuestra Señora de Loreto, patrona del regimiento y el desfile terminaría en la plazuela de la iglesia con evoluciones militares y una escarga de fusilería. La caballería iba en columna por tres, al mando de tres capitanes; uno de ellos era Ignacio Allende.
Pérez se abrió paso entre la multitud, pues le habían dicho que allí iba Allende. No lo identificaba, pues bien a bien no lo conocía; sólo sabía de él porque en Querétaro y de noche con frecuencia visitaba al corregidor. Cuando el desfile hizo un alto, Pérez se acercó a Allende y le habló por su nombre. Al momento, le entregó la esquela de doña Josefa Ortiz; le dijo que venía de Querétaro enviado con urgencia por ella y que esperaba su respuesta. Allende desplegó el mensaje y le dio una rápida leída. Aunque turbado por las graves noticias, le dijo a Pérez con calma: “Espérame en mi casa. Que te den de almorzar. No tardo en llegar allá”. Al final del evento, el coronel Canal los esperaba en su casa a tomar el tradicional refresco después del desfile. Con excusas se separó del grupo y fue a buscar a los hermanos Aldama, a quienes mostró el mensaje de “la corregidora”; les pidió que fueran a su casa para hablar con otros compañeros lo que tuviera qué hacerse.
Mientras en Querétaro se detenía a sus compañeros y pedían violentar el movimiento para ir a su rescate, iban camino a San Miguel tropas con órdenes de arrestar a los capitanes Allende y Aldama. Ese día, muy temprano, el brigadier Rebollo envió al teniente de dragones José Cabrera a San Miguel con dicha orden al sargento mayor Francisco Camúñez del Regimiento de la Reina. Allende vio que lo que quedaba era marchar de inmediato a Dolores e informar al cura Hidalgo, para ver cómo se podía acelerar lo acordado; llamó con urgencia a una veintena de comprometidos, a quienes pidió prepararse porque estaba a la vista la hora de la verdad. Al verlo tan resuelto, Ignacio Pérez le dijo a Allende que debía volver y le rogó contestar por escrito a la corregidora, pues le ordenó regresar con la respuesta. Así lo hizo y a las cinco de la tarde Allende se encaminó a Dolores (Salas, 2010: 76-77).
José María Liceaga (1996: 45), igualmente, desmiente lo aseverado por Lucas Alamán y Castillo Ledón sobre la permanencia de Allende en Dolores los días 14 y 15 de septiembre. “Esta inverosimilitud se aumenta con lo que afirman varios vecinos de S. Miguel, que existen todavía, de que Allende en la mañana del quince estuvo mandando la tropa, que hacia una salva en la funcion, con que se solemnizaba la octava de Nuestra Señora de Loreto, y el que como hasta las cinco de la tarde lo habian visto en dicho lugar: lo que está en consonancia con el documento número 4 del Ape´ndice al tomo 2º en donde se copia la delacion de D. Domingo del Berrio, que dá por cierto el que Allende y Aldama salieron el mismo dia quince de S. Miguel para el pueblo de Dolores”.
Pedro José Sotelo (Herrejón, 2009: 87-88) también avala el dicho de Lojero y asegura que Allende llegó a Dolores el 15 de septiembre a las diez de la noche con algunos compañeros, sin mencionar sus nombres; no pudieron hablar con el cura Hidalgo porque tenía visitas, pero no tardó en quedar sólo y de inmediato, con semblante serio y gran agitación, le comunicaron que el negocio estaba para fracasar y en un momento dado podía perderse todo lo que habían intentado.
-Usted dirá qué hacemos, dijeron.
-Y el cura respondió:
-En el acto se hace todo, no hay que perder tiempo. En el acto verán ustedes romper y rodar por el suelo el yugo opresor.
A la diez de la noche entró a San Miguel el enviado de “la corregidora”, Ignacio Pérez, quien fue a la casa de Domingo Allende, donde en la planta alta se oían la música, el baile y las conversaciones. Preguntó por Ignacio Allende a la criada que salió a abrir y le respondió que se encontraba en Dolores con el cura. Entonces se presentó Juan Aldama y Pérez le dice que lo había enviado doña Josefa Ortiz para avisar a Allende que la conjuración de Querétaro había sido descubierta y los conspiradores apresados, y que venían a aprehenderlos a Allende y a él.
-Aldama, sorprendido, le preguntó:
-¡A mí, hombre!
-Sí señor; a vuesa merced, contestó Pérez.
-Insiste Aldama en su pregunta y Pérez le confirma de modo rotundo la noticia.
Seriamente alarmado, Aldama abandonó la casa de Domingo Allende, fue por su caballo y sin tardanza se puso en camino para Dolores, con solo doscientos pesos en el bolsillo. No llevaba mucho de caminar cuando alcanzó a Pérez que, en vez de quedarse en San Miguel o regresar a Querétaro, quiso seguir adelante. En cuatro horas salvaron la distancia de ocho leguas que separa ambas poblaciones. Al filo de las dos de la mañana arribaron al pueblo y se dirigieron a la casa de Hidalgo, donde relataron a éste y a Allende los sucesos de Querétaro, quienes advirtieron la gravedad de la situación. El cura dio algunas órdenes a su personal y los capitanes, ante la perspectiva de que el levantamiento fracasara, visto desde el punto de vista militar, hablaban de escapar para ponerse a salvo. Hidalgo, en vez de vacilar o amedrentarse, ante las consideraciones que se hacían se irguió resuelto y exclamó:
-¡Caballeros, somos perdidos; aquí no hay más recurso que ir á coger gachupines!
-Horrorizado con tal idea, Aldama le replicó:
-¡Señor, ¿qué va a V. á hacer…? por amor de Dios que vea lo que hace, y se lo repitió dos veces; pero la resolución de Hidalgo estaba tomada (Alamán, 1990: 240-241).
Aquí Lucas Alamán refiere que Aldama logró dar alcance a Ignacio Pérez en el camino a Dolores, pero ya vimos que éste regresó a Querétaro con la respuesta que Allende envió a doña Josefa Ortiz. Si Aldama alcanzó a otro mensajero éste bien pudo ser Luis Mendoza, quien la mañana del día 15 salió de la ciudad de Querétaro después que se enteró de la detención de Epigmenio González y varios conjurados más. Francisco Lojero ya estaba en Dolores, a donde llegó en compañía de Allende a las diez de la noche. Lojero narra: “Nos alojamos en la casa del Sr. Hidalgo, que ya nos esperaba, y en la madrugada del 16 de Septiembre de 1810, se proclamó la independencia. Al romper el dia se avistó una compañia de dragones del Príncipe, procedente de Guanajuato, destinada á aprehender al Sr. Hidalgo, pero contramarchó, cuando vió al pueblo alarmado” (El Cosmopolita, 3 de julio de 1841).
Ante la actitud resuelta de Hidalgo, que se traducía no solo en palabras sino en hechos, el acuerdo entre el clérigo y los militares fue convocar de inmediato a los vecinos que estaban dispuestos a seguirlos; sumaron treinta los primeros patriotas que acudieron al lado de Hidalgo, Allende y Aldama. El cura, personalmente, repartió las armas que pidió trajeran de la alfarería donde estaban ocultas; los arengó por la ventana de su casa donde se habían reunido, animándolos a comenzar vigorosamente la empresa de la independencia y levantando la voz, con mucho valor, dijo: ¡Viva nuestra Señora de Guadalupe! ¡Viva la independencia! Su primer acto consistió en liberar a los presos que había en la cárcel y enseguida nombró comisiones para ir a aprehender a los españoles. Fue aquello una vocería terrible, vitoreando al cura y gritando: “¡Mueran los gachupines!” (Herrejón, 2009: 89-90).
El domingo 16 en la madrugada, el cura hizo tocar más temprano que de costumbre la primera misa para que las personas empezaran a reunirse. Como era día en que la concurrencia aumentaba debido a que los vecinos de Dolores y las poblaciones vecinas hacían sus compras en los comercios, pronto se juntaron con los feligreses hasta doscientos hombres, cifra que se incrementó conforme llegaba la gente de las rancherías cercanas (Alamán, 1990: 241-242; Herrejón, 2009: 92). A las 6 de la mañana, el sargento José Antonio Martínez acudió a la casa del capitán Mariano Abasolo; le informó sobre la detención de los españoles y que haría lo propio con Antonio Gatica González, que vivía en su casa y tenía a su cargo el estanco del tabaco. Enseguida, Abasolo acudió al llamado hecho por Hidalgo y Allende para que se reunieran los vecinos principales del pueblo, a quienes el cura dijo:
Ya vuestras mercedes habrán visto este movimiento, pues sepan que no tiene más objeto que quitar el mando a los europeos, porque éstos, como vuestras mercedes sabrán, se han entregado a los franceses y quieren que corramos la misma suerte, lo cual no hemos de consentir jamás. Y vuestras mercedes como buenos patriotas deben defender este pueblo hasta nuestra vuelta que no será muy dilatada para organizar el gobierno (Herrejón, 2009: 27).
Tras escuchar esta simple arenga, sin decir si lo harían o no, los vecinos se retiraron a sus casas. Así lo declaró Mariano Abasolo, testigo presencial de los hechos, en el proceso que se le siguió durante su prisión en Chihuahua. En cambio, Pedro José Sotelo, quien también atestiguó los sucesos, no dice nada sobre la arenga y se limita a relatar lo que dispuso Hidalgo para organizar a la gente y marchar al mediodía con la primera fuerza armada de la insurrección sobre San Miguel el Grande, llevando a los españoles de Dolores que fueron hechos prisioneros la noche anterior (Herrejón, 2009: 92-96). Otra versión de la arenga la presenta Pedro García en sus Memorias, pero no se reproduce aquí pues algunos autores la descalifican al argumentar que García no estuvo allí, ya que se incorporó a la insurgencia hasta el paso del ejército por San Miguel (Herrejón, 2009: 170).
En la declaración que rindió Juan Aldama el 20 de mayo de 1811 en Chihuahua, señala que la mañana del día 16, luego de que fueron liberados los presos de la cárcel y fueron hechos prisioneros los españoles, cuando ya se habían reunido más de seiscientos hombres de a pie y a caballo, el cura los exhortó a que se uniesen con él y lo ayudaran a defender el reino porque querían entregarlo a los franceses; que ya se había acabado la opresión; que ya no había más tributos; que los que se alistasen con caballos y armas se les pagaría un peso diario y a los de a pie cuatro reales. Que todo esto pasó entre las cuatro y las once de la mañana, hora en que el cura trató de dirigirse a San Miguel (Hernández y Dávalos, t. I, 1985: 66).
Luis Castillo (v. II, 1949: 6) asegura que Hidalgo, desde el umbral de la puerta principal del templo, se dirigió a la gente y, al hacer uso de su autoridad como su pastor y el elegido para encabezar el levantamiento, habló con toda vehemencia del riesgo que corría la religión, a la que era necesario salvar a toda costa; así como de la condición privilegiada de los españoles y la triste suerte de los hijos del país, verdaderos dueños de él. Terminó su alocución con las voces de “¡Viva la Independencia! ¡Viva la América! ¡Muera el mal gobierno!”, que exaltaron a los oyentes y les hicieron exclamar repetidos gritos de “¡Mueran los gachupines!”.
En la declaración que Miguel Hidalgo rindió el 7 de mayo de 1811 en Chihuahua ante el juez Ángel Avella después que cayó prisionero junto con los demás líderes de la insurrección, que inició a las cinco de la mañana del 16 de septiembre de 1810, asegura que la decisión de dar el “Grito” en el pueblo de Dolores la tomó junto con los capitanes Ignacio Allende y Juan Aldama (Hernández y Dávalos, t. I, 1985: 9).





