La revisión del T-MEC ocurre en un contexto profundamente distinto —y claramente más adverso para México— que el que rodeó la negociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en 1990. Entonces también existían controversias con Estados Unidos y profundas asimetrías entre ambos países, pero México y Estados Unidos desarrollaron mecanismos estables para resolver diferencias y la integración de las cadenas productivas construyó redes de interdependencia que multiplicaron la influencia de quienes en Estados Unidos consideran a México un aliado valioso e insustituible.
Lamentablemente, esos avances ya no son suficientes para asumir que la revisión del T-MEC conducirá a un escenario tan predecible como el que surgió del TLCAN. Existen al menos cuatro factores que vuelven más compleja esta revisión: la ausencia de una visión compartida de Estados Unidos, la mezcla de temas comerciales y de seguridad, la creciente centralidad del combate al narcotráfico y el debilitamiento de algunos consensos democráticos que durante años acercaron a los tres socios en América del Norte.
- Visiones encontradas. Entre 1990 y 1994, los tres países compartían una ambición estratégica. El TLCAN era visto como una herramienta para construir una región más integrada y competitiva frente a Europa y las economías emergentes del este de Asia. Existía entusiasmo político por profundizar la integración económica y convertir a América del Norte en uno de los grandes polos de crecimiento global.
Hoy esa visión prácticamente ha desaparecido. En Estados Unidos ha ganado terreno la idea de que sus socios comerciales se han beneficiado de manera desproporcionada de la integración. En México y Canadá, por su parte, crece la preocupación por la disposición estadounidense a utilizar su peso económico como instrumento de presión política. La integración sigue siendo necesaria para los tres países, pero ya no despierta el consenso ni el entusiasmo de hace tres décadas.
- El comercio ya no viaja solo. Durante la negociación del TLCAN existió un esfuerzo deliberado por mantener separados los distintos temas de la relación bilateral. Las diferencias sobre narcotráfico, atún, contaminación fronteriza, migración o política exterior, como el caso de Cuba, se atendían en canales distintos para evitar contaminar la negociación comercial. Hoy esas fronteras han desaparecido. Migración, seguridad, energía, combate al narcotráfico y comercio forman parte de una misma conversación. No es un fenómeno accidental. La estrategia de Washington ha consistido precisamente en vincular temas para ampliar sus instrumentos de presión y reducir el margen de maniobra de sus socios en Estados Unidos.
Como resultado, la revisión del T-MEC ya no es únicamente una discusión sobre reglas comerciales, inversión o cadenas de suministro. Se ha convertido en una negociación mucho más amplia, en la que temas de seguridad ocupan un lugar cada vez más relevante.
- La narcotización de la relación bilateral. El combate al narcotráfico siempre ha sido uno de los temas más sensibles entre México y Estados Unidos. Sin embargo, en los últimos años ha adquirido una centralidad inédita. Hoy existe una amplia convergencia de agencias federales, legisladores y grupos de interés estadounidenses que exigen resultados más contundentes por parte de México.
La colaboración en la lucha contra el narcotráfico se ha convertido en el principal criterio mediante el cual el gobierno de Donald Trump evalúa la calidad de la cooperación bilateral. La discusión sobre el fentanilo, las organizaciones criminales y la seguridad influye cada vez más en decisiones que afectar el resto de la relación bilateral. Esto coloca a México en una posición particularmente compleja. Hoy, ningún otro tema genera tantas presiones políticas en Estados Unidos ni tiene la capacidad de contaminar tan rápidamente el resto de la agenda bilateral y México no parece estar dispuesto a entrar en la lógica de Washington.
- Divergencia democrática. Implícita en el TLCAN existía la expectativa de que México evolucionaría gradualmente hacia una democracia liberal semejante a las que predominaban en América del Norte. Durante algunos años pareció que esa expectativa se cumplía. Se fortalecieron instituciones electorales, se ampliaron los contrapesos al poder presidencial y la alternancia política se convirtió en una realidad.
Hoy el panorama es distinto. Tanto en Estados Unidos como en México han surgido corrientes políticas que cuestionan instituciones, normas y prácticas que durante décadas sirvieron para limitar el poder y fortalecer la rendición de cuentas. Aunque las circunstancias son diferentes en cada país, el resultado es una creciente polarización política y una erosión de consensos que anteriormente facilitaban la cooperación regional. Canadá, mientras tanto, observa con inquietud estas tendencias y ya no mira hacia abajo, sino que busca a hacia los lados para diversificar sus alianzas económicas y estratégicas.
La revisión del T-MEC ocurre entre gobiernos que enfrentan presiones internas muy distintas y prioridades cada vez menos compatibles. Ha quedado lejos la ambición de construir una región unida por una visión estratégica compartida en América del Norte. La confianza se ha convertido en el recurso más escaso de América del Norte. Más allá de los capítulos que se renegocien, el futuro del acuerdo dependerá de la capacidad de los tres países para reencontrar un propósito común y recuperar algo del espíritu que inspiró a los negociadores de 1990: la convicción de que la integración fortalecía a cada uno porque fortalecía a la región en su conjunto.





