Para las autoridades educativas que buscan –tonta e irresponsablemente– algún consuelo entre lo que consideran que es un mal de muchos, la “buena” noticia es que, efectivamente, el resultado de la prueba PISA no ha dejado bien parado incluso a algunos países europeos.
Para examinar lo que sucede en España, Félix Azúa plantea con toda claridad: “La decadencia es general en toda nuestra área cultural, no así en Oriente, pero el caso español es especialmente grave. Ocupamos el último lugar de (casi) todas las naciones europeas. La caída, en comparación con épocas anteriores, es vertiginosa a partir de las leyes educativas del sanchismo. Creo recordar que la peor de todas la firmó una tal Celaá que apenas si sabía escribir su nombre. Allí fue, me parece, donde comenzó la estupidez de acusar de represor a quien suspendiera a un alumno. De 496 puntos de comprensión lectora en época de Rajoy hemos pasado a 451”. (The Objective, 13-IX-26).
Por su parte, Mathieu Lindon, en el suplemento de fin de semana de “Libération”, nos habla burlonamente de los protagonistas (franceses o no) de esta tragedia: “Y, por si fuera poco, todos quieren ser influencers, lo que contribuye a la difusión de la decadencia general. Acabaremos echando de menos la faceta educativa de los presentadores de televisión más lamentables. Esto es lo que ocurre cuando se eliminan el gorro de burro y el rincón de castigo, los azotes y los reglazos; todas esas buenas humillaciones que demostraron su eficacia durante generaciones y generaciones, y que lo «educativamente correcto» ha prohibido”.
En todas partes, menos en China, Japón y otros países asiáticos, se escuchan lamentos por el puntaje estudiantil frente a la prueba PISA. Aun así, el comparativo no ofrece de todos modos ningún alivio cuando vemos la posición de México, cada vez peor entre los últimos; esta vez llegó a su peor nivel en dos décadas, ubicándose en el lugar 37 de las 38 naciones evaluadas en la OCDE.
La catástrofe educativa es patente en dos áreas fundamentales: matemáticas y comprensión lectora, lo que quiere decir que sin una calculadora nuestros niños y jóvenes no pueden andar en un mercado sin que los estafen, ni tampoco, cuando tengan edad para hacerlo, leer una página con sus obligaciones y derechos laborales sin que les ocurra otro tanto. Próximamente podrán votar, eso sí, pero lo harán reconociendo meramente colores y logotipos, previa instrucción de cómo cruzar la boleta, porque si tienen que leer un instructivo es muy probable que no entiendan prácticamente nada.
¿Toda época pasada fue mejor? Pues en este caso es un hecho: los alumnos mexicanos de hoy quedan bastante lejos de la mejor puntuación que el país llegó a registrar en el año 2009, con 419 puntos en matemáticas y 425 en lectura (y ahora es de 388 y 408 puntos respectivamente, muy por debajo del promedio de la OCDE, que es de 463 para matemáticas y 461 para la comprensión de lectura).
Los factores de esta debacle son diversos, pero es indudable que la mayor responsabilidad recae en el modelo de la llamada Nueva Escuela Mexicana, un engendro más ideológico que pedagógico, donde los maestros tienen prohibido reprobar, pero también exaltar el esfuerzo o mérito individual de los alumnos por ser estos “valores neoliberales”.
De ahí que la más importante de sus becas, la Rita Zetina, sea entregada a todos por igual sin importar en ningún caso el promedio de los alumnos. Con ello, se supone, garantizan el acceso y permanencia escolar, pero se deja sin premiar el rendimiento. El argumento de “justicia social” que expone la Nueva Escuela Mexicana es que asociar los apoyos al desempeño académico excluye a los estudiantes más pobres, que precisamente por serlo obtienen peores notas (aunque yo tenga, desde mi infancia, otros datos).
China es el país con mejores resultados en esta evaluación. Y entonces me permito alzar la mano y preguntar: ¿Creerán la presidenta Sheinbaum y su impresentable secretario de Educación que en esa nación, declaradamente comunista, se rechaza la idea de la “competencia” individual entre alumnos? ¿Pensarán que allá se premia a todos por igual sin importar el esfuerzo de cada chico? ¿No sería bueno que la 4T mirara hacia los ejemplos exitosos en materia educativa en lugar de hundirse (y hundirnos) en la más deplorable mediocridad?
FB: Ariel González Jiménez





