Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

La bandera se inclina, el discurso ser repite

Se llama Xóchitl Gabriela Luna Carreón.

Es una joven alta, de infatigable, delgada y fuerte columna vertebral. Enhiesta. Ojos negros. Rostro inexpresivo. Tiene piernas disciplinadas en las marchas del cuerpo de zapadores en cuyas filas es sargento segunda. A pesar de los guantes con los cuales sostiene la luminosa bandera en el vestíbulo del Palacio Legislativo de San Lázaro, las manos se le humedecen.

Frente a ella, por primera vez en su vida, Andrés Manuel López Obrador –inmaculada la camisa blanca, como debe ser; tinto profundo la corbata, como también es deber si se invoca a Morena; gris el traje en la ceremonia de investidura, en la transmisión del mando, en la protesta de ley, en el juramento escrito y pronunciado con el brazo en alto; doblada la valenciana–,  sentirá el extraño y raro placer de mirar como muy pocos, el asombro reverente de la Bandera inclinada ante sus ojos.

Quizá por eso el saludo es cívico, con la mano en el pecho.  No en la sien como lo indica la ordenanza militar; porque ya es  todavía o no es o va a ser o ya se siente, Comandante Supremo de las Fueras Armadas y apenas van a ser las 11 y cinco minutos y aun no lee el juramento, ni la seda de la banda presidencial se ajusta al saco y la camisa y la piel; porque faltan algunos  minutos. Por eso pone la mano sobre el pecho.  El Pendón sigue quieto. Cuando titubea si debe bajar el brazo la enseña nacional se inclina.

Como si el águila misma de la patria bajara la cabeza.

Honores de ordenanza. Nerviosismo. La teniente se mantiene firme. Son  apenas unos instantes; si eso tarda una consagración, un rito, un símbolo.

Imposible no recordar aquellos versos de Efraín Huerta:

“Te saludan: los árboles y las banderas triunfales, los pájaros y los ríos del pueblo…”

Unos pasos más adelante, traspasando los canceles de horrendo aluminio dorado y puertas giratorias, como centro comercial de Macallen, está el salón de plenos del Congreso Nacional cuyo quórum ha sido verificado ya desde hace un par de horas por el diputado, veterano de todas las batallas y ganador de la mayoría de ellas, menos la suya propia, la de su sueño presidencial, Porfirio Muñoz Ledo.

“Pido a la secretaría haga del conocimiento de esta presidencia el registro de asistencia…. Había dicho a las 9 de la mañana con seis redondos minutos el gran  parlamentario cuyo empuje fue decisivo para lograr tantos cambios en la vida pública mexicana.

Hay quórum de Congreso General… se había dicho.

Y tras las puertas doradas, por el mismo sendero caminado hace 23 años cuando una maniobra presidencial quiso descarrillar sus afanes de elección presidencial, Andrés Manuel avanzó con el paso menos enérgico. Ya no iba al galope de su defensa, ni montaba un potro de ira, ni retaba a nadie, ni acusaba a todos. No. Ahora iba a encontrarse cara a cara con la absoluta representación  nacional, arrastrando tras de si el invisible vagón  de su treinta millones de voluntades.

Un aplauso lo bañó como la luz del futuro.

Es un  honor estar con Obrador, correaba la asamblea, con los ojos al cielo gritaba su fervor la gran mayoría de los diputados soberanos. Muy soberanos.

“Pido a esta soberanía…”

¡Es un honor estar con Obrador…!

La mañana había comenzado tan temprano como los rayos del primer sol en la rendija oriental de la escalinata del Valle de México. 

Detrás de los edificios del Poder Judicial, convertidos en estacionamiento para invitados a la ceremonia de investidura, la luz se asomó  a las 6 y 12 de la mañana. El frío del viento de Balbuena en suaves remolinos  desde las estribaciones de Santa Catarina, congelaba alambradas, rejas y balcones. El vapor de los botes con tamales y el vaho de las “guajolotas” luchaban contra el soplo frío.

Pero el frío se fue de las calles y apareció el viejo sol, del otoño feliz, pero dentro del enorme salón, con sus setecientas luces y su tintero de plata zacatecana, jamás apareció el sol de la palabra, ni la luz de la patria, ni el calor del entusiasmo  porque el presidente electo, quien durante su defensa contra el desafuero había cimbrado San Lázaro, hoy no hizo resucitar el entusiasmo de un  edificio frio, frío…

Apena y un  poco se calentaron los ánimos  y las conciencias cuando dijo así como así:

“…al contrario de lo que pudiera suponerse, esta nueva etapa la vamos a iniciar sin perseguir a nadie porque no apostamos al circo ni a la simulación.

“Queremos regenerar, de verdad, la vida pública de México. Además, siendo honestos, como lo somos, si abrimos expedientes dejaríamos de limitarnos a buscar chivos expiatorios, como se ha hecho siempre, y tendríamos que empezar con los de mero arriba, tanto del sector público como del sector privado…”

Pero no fue el calor de la adhesión, como lo habían sido en otros puntos de su reiterativo discurso en el cual una vez más se enlistaron como, las sartas de un rosario interminable, los proyectos, las fórmulas los mantra de siempre,  las frases de siempre como esa de las escaleras barridas de arriba abajo y la ineludible prioridad de tener a los pobres primero.

En  este caso hasta los panistas comenzaron contra a los 43 de Ayotzinapa, cuyas muertes serán investigadas a partir de mañana por una comisión cuyo inicio de conocerá en la temprana instalación  en un primer acto de gobierno en el venerable Palacio Nacional.

Alejandro Encinas, quien  tendrá a su cargo la presidencia de esa comisión, afirma sin dudar cómo se va a usar todo el material reunido por otros organismos, especialmente  el de la CNDH cuyos resultados mayores y definitivos, cuya verdad científica ha sido dada a conocer hace pocos días.

Y también la aportación de los forenses extranjeros a quienes se les van entregar los restos óseos no analizados con oportunidad; los vamos a mandar a Austria, los vamos a investigar cuantas veces haga falta. Vamos a legar a la verdad. La investigación de la CNDH deshace la “verdad histórica”, no entiendo cómo dicen lo contrario.

–¿Y decirles a los padres, integrantes de esta comisión futura la verdad sobre la indudable muerte de sus hijos, no es un paso para la verdad, porque aquí hay una verdad histórica y una verdad mitológica?

Encinas titubea y dice, bueno, el dolor de perder un hijo es inmenso, debemos ser muy sensibles…

–Pero están muertos, ya dejen eso,  dice alguien

Nosotros debemos hacer una aportación, deben os establecer el derecho al duelo

–Pero están muertos, es inútil alentar esperanzas o espejismos,  es como  con los mineros de Coahuila, están  muertos y sepultados. Tanto, como para no poderlos sacar.

–Los vamos a sacar.

–Ah. Bueno.

Encinas es hombre serio e inteligente. Y como todo hombre inteligente tiene sentido del humor.

A la llegada del rey Felipe VI, Olga Sánchez Cordero,  jefa de Alejandro,  recibió al monarca en los portones. Lo acompañó al salón protocolario en cuyo dintel estaba el subsecretario. Se saludaron, se presentaron, se dijeron naderías.

–No te hagas Olga;  yo te oí, le dijiste,  como estás, mi rey.

Pero también en la ceremonia hubo momentos de humor, como la  enorme protesta cuando el presidente electo saludó a sus invitados y dijo así con inspirado acento:

“…Me da mucho gusto contar con la presencia de presidentes de América latina y del Caribe. México no dejará de pensar en Simón Bolívar y en José Martí, quienes junto con Benito Juárez siguen guiando con sus ejemplos de patriotismo el camino a seguir de pueblos y de dirigentes políticos.

“…Danilo Medina Sánchez, presidente de la República Dominicana. Jovenel Moïse, presidente de la República de Haití. Iván Duque Márquez, presidente de la República de Colombia. Nicolás Maduro Moros, presidente de la República bolivariana de Venezuela…”

Y el humor reside en algo simple: Nicolás Maduro no está ahí. Ni siquiera leyó la manta del PAN con la advertencia de ser un hombre no grato, No eres bienvenido. Ni fue.

Pero lo saludaron y lo insultaron en  coro. Y él, ni siquiera estaba ahí para enterarse de la indignación.

Pero en fin, el gran discurso por el cual AMLO esperó treinta o más años, no será para la historia, ni para la memoria. Más bien fue algo de memoria. Plano, reiterativo, repetido y gris.

Pero al final, el presidente López Obrador, ya saluda a la bandera, con la mano en la sien. Y la bandera se inclina a su paso.

Podéis ir en paz, la fiesta se va a la Plaza Mayor.

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