Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

El Fondo de Cultura Gijón

Uno de los grandes misterios de la historia mexicana consiste en  la negativa de José López Portillo de modificar la Constitución para hacer presidente de la República a Carlos Hank González. En  ese tiempo la oriundez de los padres de un ciudadano, ya no sigamos su lugar de nacimiento, más alá de su nacionalidad vigente, era obstáculo para desposar a Doña Leonor, como se decía.

Mexicano de nacimiento hijo de padres mexicanos de nacimiento. Vaya.

López Portillo era en el fondo un criollo, pero eso no importó ni aquí ni en Caparroso. A pesar del gran trabajo de Hank y de su cercanía casi fraterna, sin tomar en cuenta las muchas voces en favor y todo cuanto se quiera imaginar, las cosas nunca se lograron y el movimiento “82 para el 82”, a través del cual sus amigos y afines promovían la candidatura jamás avanzó.

Cuando Don Pepe presentó en la editorial Fernández su libro “Mis tiempos”, le pregunté las razones de aquella negativa. Lacónico me dijo:

–No eran los tiempos.

–¿Y ahora?

–Ahora, estos son los únicos tiempos que me interesan, y me extendió su obra con una fina dedicatoria.

Años después la Constitución  encontró los tiempos perdidos en  el calendario de JLP y el artículo 82 se modificó, permitiendo entre otras cosas la candidatura presidencial de Vicente Fox, quien ha sido, sin duda, el mejor de todos. El mejor de todos los cómicos sentados en la silla presidencial, claro.

Hoy las nacionalidades son un  adorno. Y en ocasiones, un  estorbo. Lo mismo en los equipos de futbol o en el ejercicio de la policía.

Y en los casos de anacronismos vigentes, como los de la ley de entidades paraestatales, según la cual para hacer libros se debe haber nacido en este país, resultan absurdos en  el mundo contemporáneo, globalizado y digital. 

Esa ley es absolutamente estúpida (a pesar del luminoso paso de Arnaldo Orfila Reynal, a quien  Díaz Ordaz corrió por haber publicado la antropología de la pobreza en el libro de Oscar Lewis, “Los hijos de Sánchez), pero aun así debería ser acatada en tanto no haya un  ordenamiento moderno para sustituirla. Como hizo en su tiempo López Portillo con el caso Hank.

Lo malo en este caso no es Taibo. Ni siquiera el “circo Ataibo”, como decía Margarita Michelena. Lo malo es la oportunidad para una vez más comprobar cómo la política modela como arcilla la ley con tal de sacar adelante los compromisos personales del jefe del Ejecutivo.

Interrogado sobre este obstáculo jurídico para desempeñar el cargo para el cual opuso tantas condiciones y excepciones, Taibo comentó:

“En estos momentos no tengo nada que decir. El equipo legal (de Andrés Manuel López Obrador) está dándole vueltas al asunto”.

Darle vueltas al asunto en cuanto a cumplir o no cumplir con la ley, es poner la norma en manos de los interminables litigios de abogados huizacheros, quienes ahora desde la cima del poder podrán interpretar lo escrito, como si en verdad necesitara traducción.

Obviamente, como  en todo, aparecerán los defensores de los Derechos Humanos y no faltará (como ya lo ha hecho) quien  busque la protección del primer artículo de la Constitución  y hable de los mexicanos de primera y los de segunda.

Darle vueltas al asunto es buscar la puerta trasera. Y de seguro la van a encontrar,  porque no vale nada el espíritu de la ley cuando se trata de frenar el justiciero y adecuado nombramiento de Paco Ignacín (como le decían la calle Culiacán), quien llevará sus enormes habilidades como narrador, historiador, investigador y novelista al Fondo de Cultura Económica, el cual –de seguro— se convertirá en otra cosa. No sabemos cuál todavía, pero en otra.

Taibo ha promovido la semana negra de Gijón, una especie de festival literario con  obras policiacas y demás afines a la negrura como género, dese hace muchos años y ha promovido de manera incansable la lectura y la circulación de libros en ferias y comercios informales, a la par de su monumental, obra de investigación.

Sus trabajos sobre el Che y Pancho Villa, sin una muestra de rigor y certeza en este campo.

El FCE, en algún tiempo,  fue una especie de embajada cultural con librerías en Bogotá, Madrid y (creo) La Habana y Buenos Aires. Eran otros tiempos en los cuales no reinaba la austeridad, hasta para esto.

A mí me hubiera gustado otro director para el FCE. Habría preferido a Stan Lee, pero acaba de morir, para eterno pesar del Hombre Araña.

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