Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

La psicosis, el miedo, la costumbre

Ya para esta fecha el sismo del 19 de septiembre es una herida sobre la cual vino la réplica del segundo estremecimiento cuando la ciudad trabajaba en la restauración de sus lesiones cada vez  mayores y más abundantes, según  se descubre en la revisión calle por calle y colonia por colonia.

Los sismos, como todo fenómeno de trascendencia inevitable, nos han dejado además una cauda de solidaridad creativa sobre cuyo mérito y calidad habrán de juzgar los años. Por ahora junto a la tragedia tenemos la verborrea y la consagración del lugar común sobre cuyo axioma indudable se asienta el nuevo dogma: ha nacido una generación heroica a la cual miramos casi con ufanía. Los jóvenes le han inyectado a la ciudad y al país, por consecuencia, su vitalidad humanizada, su desapego, su ejemplar actitud y quien no ha donado un cuadro ha propuesto una exposición; cantan y tocan gratis los músicos y las baladistas y cada uno ofrece su pequeña o gran aportación.

–¿Cuánto durará este entusiasmo; esta explosión de fervor por el prójimo? No lo sabe nadie. Pero sí sabemos su finitud. La rosa nace para dejar de serlo cuando se revientan sus pétalos maravillosos. Y si nada dura para siempre, tampoco será eterna esta andadura por los caminos del amor al vecino o a la mascota extraviada del amigo o al perro perdido de la desconocida, pues hay albergues para humanos  y también para animales.

Pero un día, no se cuanto, volveremos a la realidad.

El despertar de la codicia y el egoísmo será la luz de una mañana cualquiera, en fecha cercana. Cuando se acabe el entusiasmo, cuando la realidad se imponga y cada quien vaya a su trabajo y abra de nuevo la gaveta y trabaje sobre sus papeles o sus textos o sus micrófonos o frente a la cámara de televisión en el mismo estudio de los días previos al amor social, poco a poco la vida regresará con sus mismas miserias y sus ternos misterios.

Volverán las envidias aplazadas y si alguien, por razón del sismo, dejó vacante el puesto, vendrá la rebatiña sobre sus despojos.

Acabará la temporada de acopio.

Los víveres se terminarán y los hombres de poblados distantes, donde jamás se imaginaron la visita de los altos funcionarios del gobierno, verán cómo se seca la última gota de agua regalada sobre sus labios siempre necesitados. No habrá más alimentos ni regresarán los camiones cuyo paso hoy se mira como una polvareda a las afueras del pueblo después de soltar su cargamento pío.

Quien era pobre antes, lo seguirá siendo después.

Sin embargo de todo esto se ha derivado una nueva mitología sembrada no se por quién. Es lo relacionado con el momento necesario para suspender las búsquedas de posibles sobrevivientes. Hubo dos tendencias una real; otra virtual.

Una de ellas decía, con todo el interés de sembrar la desconfianza: el gobierno quiere sepultar a los sobrevivientes mediante la remoción de los escombros con maquinaria pesada.

La otra; cierta y visible, fue la instrucción presidencial, secundada por el secretario de Gobernación y los altos mandos militares, similar a la del jefe de gobierno de la CDMX, sobre la indiscutible prioridad de buscar hasta el extremo. Buscar personas vivas o sus cuerpos inertes. Todo eso se dijo con la oportunidad del plazo conveniente; es decir, las primeras 72 horas. Pero el periodo se amplió.

Y precisamente cuando se anunciaba la extensión de los plazos de búsqueda y rescate, fue cuando con  más intensidad las redes necearon sobre una supuesta “conjura” para no recuperar a nadie más. Alguien llegó a decir la estupidez sobre un intento de evitar el olor a cadáver en las calles.

Estos episodios, con su innegable dosis de solidaridad ciudadana; nos deberían llevar a una reflexión colectiva sobre algo ya advertido antes: el papel de la desinformación en el actual juego democrático de este país.

Todo mundo habla del Derecho a la Información como uno de los pilares  del juego democrático contemporáneo. Es cierto, la información es un componente de la vida el cual existiría aun sin clasificarlo, catalogarlo o reconocerlo. Los humanos hablamos y eso nos convierte en actores cotidianos y constates de información.

–¿Cómo estas?, le pregunta uno a otro. Esa es una solicitud de información.

Pero el problema actual es la “desinformación”, la cual se puede generar desde cualquier fuente o emisor, con el único ánimo de perturbar, atascar, degradar a personas o instituciones.

Y en el manejo de las carnestolendas de los sismas (y les digo carnestolendas a las redes y su consecuencias, no a los hechos mismos) mucho debemos aprender y reflexionar.

Hace unas horas escuché en una radio universitaria de Xochimilco, esta denuncia: “…el Ejército les corta cartucho a quienes se oponen a la entrada de la maquinaria. El Estado oculta la verdadera información. Sucede como con Ayotzinapa. NO vamos a aceptar una verdad histórica”.

Me doy.

Hoy como nunca se vuelve actual aquel consejo del veterano periodista René Arteaga: “si te mientan la madre, checa la fuente, a lo mejor es “volada”.

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