Rafael Cardona

EL CRISTALAZO

El cielo de París, el Palacio, los Campos

Pues bien, aquí están, nadie los ha inventado ni son un  espejismo en el bochorno húmedo de la arbolada ribera del Sena cuya plata azulada fluye indiferente a los hechos de la vida humana; despaciosa como una canción, como un murmullo de agua sobre ese trozo de cielo de claridad infinita en la tórrida mañana del verano rojo y azul.

Quizá sean setenta o cien.

Algunos dicen menos, otros ven más.

Nadie los cuenta porque son ubicuos y se colocan en una fila paciente y ordenada en la esquina de los Campos Elíseos para entrar, cuando una dama de falda negra y ademanes elegantes, pero firmes, como una policía con vestido de seda, les dice cuando y cómo pueden pasar al imperio del consumo, a la catedral del esnobismo mercantil y la moda todopoderosa cuyo guiño transforma un cuadro de Van Gogh en bolsa de cuero blanco o convierte la Gioconda en una carcasa de lujo para el celular de la nena; ya llegan a la zona perfecta de la belleza convencional.

Es la hora señalada; ya se abre la puerta de Louis Vuitton y ya entran a poner como platos sus ojos oblicuos, a disminuir sus carteras en las vitrinas, a colmar sus afanes de conquista del capitalismo globalizado al cual nunca los invitó, ni siquiera en sueños de revisionismo imposible el gran Mao Tse Tung de hace pocas décadas apenas.

Ellos son consumidores implacables y opulentos y abundantes en los extensos páramos de la sociedad de consumo.

Ellos no saben nada. Sólo quieren viajar y colmar con su gentío las orillas del mundo y la extensa planicie de las Tullerías y el Campo de Marte y el Trocadero y el Metro y la Estrella y la flama eterna, y la ventana y la caja del buzón y la manguera del bombero, y se quieren encaramar a la torre Eiffel, cuyos alrededores infectados por la abundante concurrencia y unas medidas de seguridad absurdas y enrejadas, adquieren malamente  una semejanza espantosa con el Metro Pantitlán.

Vallas, puestos de baratijas y torres enanas de colores diversos, vendedores de diverso origen,  africanos con imitaciones; pacifistas ecuatorianos en busca de la cura para el cáncer de los niños y en general una marejada de turistas con bermudas, insoportablemente tantos, inconvenientemente muchos.

Ese es el paisaje del nuevo París y no importa si a unos metros de ahí, apenas unas cuantas calles, Francia y México quieren rehacer el destino común, frente al desafío de otro delirante destino manifiesto.

Pero no lo saben ni los chinos de la tienda, ni las gritonas argentinas del Museo de Louvre, ni nadie más allá de quienes a partir de hoy se van a reunir en Hamburgo, Alemania, para discutir en las sesiones del G-20, qué va a pasar con el futuro del mundo, ahora cuando un loco peligroso se ha puesto a jugar a la política global sin comprender nada. Casi como los chinos de los Campos Elíseos.

Por lo pronto, en el Palacio del Eliseo, ese maravilloso edificio al cual uno puede entrar por la Rue du Fauburg de Saint Honorè con sus fachadas grises y sus balcones de ribetes de oro, donde está  la Galerie de la Presidence, cuya vitrina ofrece un cuadro de Poliakof y otro de Utrillo y uno más de Buffet, dos hombres quieren cambiar el destino.

No sólo están de acuerdo Enrique Peña Nieto, presidente de Mexico  y Emmanuel Macron, presidente de Francia, en respaldar los compromisos de París para aliviar al mundo de ese calentamiento cuyos efectos muchos quieren ver en este agobio parisino de la tarde de los calzones cortos, las blusas de tirantes y los pantaloncillos minúsculos de las turistas y las adolescentes locales, sino también buscan salidas conjuntas parea ambos países.

Inversión, comercio, liberalismo financiero, libertad económica, competencia comercial. Y se ofrecen reactivar un  consejo estratégico binacional y se plantean salidas y se desean bienestar y dicha y prosperidad mientras las burbujas del champán pican suavemente la nariz.

Enrique Peña Nieto ha llegado al sobrio y añoso edificio del Elíseo, la sede del ejecutivo francés, en un hermoso Citroën blindado por todas partes, hasta por el rígido toldo y el endurecido piso.

Lo han recibido sesenta soldados, incluidos los de la banda de música, con los espléndidos uniformes de la guardia republicana –la élite castrense–,  cuyos orígenes se remontan ,más atrás de la republica misma. coraceros magníficos, empenachados, con yelmos fulgentes y líneas rojas en los pantalones donde jamás ha habitado una arruga.

Y ahí, en ese patio relativamente pequeño, se dispensan honores y amistad. Ahí comienza la reunión programada antes de la de hoy en el G-20 y propuesta por Macron quien busca extender las alianzas de Francia. Y México es un buen aliado en especial para renegociar el tratado con la Unión Europea.

Tras la ceremonia se van a una sala donde hablan con los medios. Dicen de proyectos y planes y conjunciones y similitudes.

En un  mueble detrás de un biombo, desde donde no se pueden ver los atriles de los presidentes, ni las banderas a sus espaldas, ni la pintura de la columna de Trajano en los adornos del muro, hay un reloj dorado con carátula redonda. Es una vieja caja del tiempo con una inscripción: primer reloj público colocado en el palacio. 1879.

Y marca la hora, la hora de Francia y México.

A lo lejos miles siguen sin saber. La ciudad es un horno de árboles hermosos. Hay una tarde para vivirla completa. Pero algunos deben trabajar…

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