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Querétaro frente a la narcopolítica

Desliz

por Gildo Garza
18 mayo, 2026
en Editoriales
Carta a Santa Claus: los niños malos de la política queretana
4
VISTAS

Querétaro amaneció con una manta que no gritaba: señalaba. Y eso es peor para los morenistas locales.

No fue una pinta en una barda perdida ni un volante tirado al paso. Fue una lona colocada donde la ciudad se mueve, trabaja, maneja, observa y comenta: Bernardo Quintana, Los Arcos, puntos de tránsito y de memoria urbana. En una ciudad donde la política suele vestirse de prudencia, la manta llegó como un golpe seco.

En ella aparecen dos rostros que Morena ya no puede cargar sin costo: Adán Augusto López Hernández y Rubén Rocha Moya.

No son nombres decorativos. Adán Augusto representa una de las corrientes más duras del obradorismo nacional, pero también carga el costo político de La Barredora, ese expediente tabasqueño que aún no se cierra.

Rocha Moya representa otro boquete: Sinaloa. Un gobernador morenista señalado en Estados Unidos dentro de un expediente de narcotráfico y armas. Y aunque toda persona tiene derecho a la presunción de inocencia, políticamente el daño ya está hecho. Una cosa es defender el debido proceso; otra, hacerse el ciego ante el tamaño del escándalo.

Sin embargo, Palacio Nacional y Morena lo defienden. Y quien no se sume a esa defensa automática, para ellos, es un traidor a la patria.

Por eso la manta en Querétaro importa. No va a tumbar a nadie por sí sola. Tampoco es una sentencia. Pero en política hay señales que pesan más que un discurso. Y ésta es la primera señal visible, en territorio queretano, de que el debate contra la narcopolítica ya entró al estado.

Eso incomoda a los morenistas.

Aquí hay políticos de Morena que quieren ser candidatos. Se mueven, se placean, se venden como opción nueva, hablan de pueblo, justicia, cambio y transformación. Pero muchos no llegan solos. Tienen padrinos, corrientes, fotografías, bendiciones, operadores y jefes políticos.

Algunos se han formado bajo esas estructuras nacionales. Otros han presumido cercanía. Otros guardan silencio cuando los escándalos tocan a sus aliados.

Querétaro no puede permitir que la narcopolítica entre vestida de campaña, encuesta, brigada territorial o falso movimiento ciudadano.

Por eso, aunque los propagandistas radicales digan misa, aquí hay una diferencia elemental: si quieren equiparar, que presenten un expediente público del tamaño de Rocha Moya o de La Barredora contra los panistas queretanos que atacan todos los días.

No basta repetir que “todos son iguales” para lavar la mugre propia. No basta gritar “derecha corrupta” o “ya se van” cuando el escándalo que ellos arrastran viene con nombres, cargos, policías, gobernadores, secretarios y acusaciones internacionales.

Ningún panista queretano carga, hasta hoy, con expedientes de ese tamaño vinculados al narco como los que rodean a esas figuras de Morena. Si los propagandistas sostienen lo contrario, que lo prueben. Que presenten documentos, carpetas, acusaciones formales, nombres, fechas y responsabilidades. No consignas. No gritos. No montajes.

El punto es cuidar Querétaro.

La manta no mete a nadie a la cárcel. Pero sí pone nombres sobre la mesa. Y la advertencia es clara: los morenistas queretanos que quieran ser candidatos bajo el cobijo de Adán Augusto, de grupos cercanos a Rocha Moya o de cualquier corriente contaminada por estos escándalos, tendrán que responder.

No después. Ahora.

Chihuahua les cerró la escenografía.

Morena quiso montar una ofensiva contra Maru Campos y terminó mostrando el tamaño de su desesperación. Anunciaron músculo, hablaron de soberanía, empujaron la narrativa de traición, llevaron operadores y quisieron convertir la plaza en tribunal popular.

Pero el resultado fue pobre.

Ahí quedó exhibido el nuevo Morena de Ariadna Montiel: mucho aparato, mucha consigna y poca calle. Un partido que prefiere fabricar enemigos antes que explicar sus propios expedientes. Un partido que intenta incendiar Chihuahua mientras Sinaloa le quema las manos. Un partido que habla de soberanía cuando le conviene, pero pide prudencia cuando las acusaciones vienen contra los suyos.

Ese Morena está podrido en su contradicción.

Pide linchamiento político contra una gobernadora opositora, pero exige calma cuando el señalado es un gobernador guinda. Grita patria cuando pierde el control del relato, pero calla cuando el tema es narcopolítica. Se disfraza de pueblo, pero opera como maquinaria. Y cuando la gente no responde, acusa sabotaje.

Es el viejo truco del poder cuando se descubre débil: culpar a otros de su fracaso.

En Chihuahua les falló la plaza.

En Querétaro les apareció la manta.

En Sinaloa les creció el expediente.

Y en Tabasco les sigue pesando La Barredora.

Por eso Querétaro debe leer bien el momento. No como pleito nacional lejano, sino como aviso local. Los mismos grupos que hoy cargan escándalos nacionales van a querer meter mano en candidaturas estatales, municipales, legislativas y universitarias.

Van a intentar vender rostros nuevos con padrinos viejos.

Van a mandar voceros a decir que todo es guerra sucia.

Van a llamar fascista, panista, vendido, “qromador” o conservador a cualquiera que pregunte.

Pero preguntar no es delito; es defensa ciudadana.

Querétaro no puede esperar a que el problema llegue con escoltas, contratos, policías capturadas o campañas financiadas desde el huachicol o el narco.

La defensa empieza antes: revisando nombres, trayectorias, padrinos, vínculos, fotografías, silencios y obediencias.

La pregunta de fondo es sencilla:

¿Vienen a representar al estado o vienen a obedecer a los grupos que hoy aparecen bajo la sombra de la narcopolítica?

Ahí empieza la verdadera defensa del voto.

Ahí empieza la defensa de Querétaro.

A chambear.

@GildoGarzaMx

Etiquetas: adán augustoMorenanarconarcopolíticarocha

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