Se perdió el partido. Pero que quede claro: no nos derrotaron. Hay derrotas que humillan y hay derrotas que engrandecen, y la de anoche es de las segundas. Perder de frente, con los tenis por delante y con hambre hasta el último minuto, no es perder: es dejar constancia de quién eres. Y anoche México dejó constancia.
Pongamos las cosas en su tamaño real. La plantilla de Inglaterra vale cerca de 1,360 millones de euros, la segunda más cara del Mundial. La nuestra, unos 192 millones: lugar 27 de 48. Siete veces menos. Un solo inglés, Bellingham, vale 130 millones, él solo, casi tanto como los veintiséis mexicanos juntos. Ese era el abismo sobre el papel.
Y sobre la cancha, el papel se rompió. Encerramos a Inglaterra en su propia área: dos terceras partes de la posesión, dieciocho remates contra cinco. Nos fuimos dos goles abajo cuando apenas arrancaba el partido y, en lugar de encogernos, crecimos. Respondimos. Nos volvieron a pegar y nos volvimos a levantar, y nunca, ni un minuto, dejamos de ir al frente. Eso no se compra. Eso es carácter. Y el carácter no se hereda ni se cotiza: se decide.
Por eso lo de anoche fue un anuncio. Una nueva generación se puso la camiseta y la jugó como se juega el futuro: sin miedo y sin complejos. Gilberto Mora, con diecisiete años, marcándole el paso a Inglaterra sin pedirle permiso a nadie. Cuando un muchacho de esa edad le pierde el respeto a la segunda selección más cara del planeta, algo profundo está cambiando. Esa es la semilla. Y cada uno de estos jugadores sale del torneo valiendo más de lo que entró: con más nombre, más futuro, más promesa que hace apenas un mes. Perdimos el partido del marcador y ganamos el de sus carreras.
Mención de honor, además, para quienes eligieron ser mexicanos. Julián Quiñones, nacido en Colombia, que decidió que su bandera fuera la nuestra y nos entregó goles y alma como el que más. Álvaro Fidalgo, que llegó de España y se hizo de los nuestros a fuerza de querernos. Ellos nos recuerdan una verdad hermosa: un mexicano —y un queretano— nace donde le da la gana. La patria no es un acta de nacimiento; es una decisión del corazón. Y quien elige a México con esa entrega es tan mexicano como el que más.
Durante años nos vieron, y nos vimos, como «los ratoncitos verdes»: los del casi, los que competían para no ganar, los que se conformaban. Anoche enterramos ese apodo. Salimos a comernos a un gigante y, aunque no alcanzó, dejamos de dar lástima para empezar a dar respeto. México ya no es una selección que se compadece: es una selección que se admira y se quiere. Y lo hicimos cerrando, además, una herida vieja: veníamos de quebrar cuarenta años de espera por un triunfo de eliminación directa.
El balance es rotundamente positivo. No nos vamos con las manos vacías: nos vamos con una identidad nueva. Menos resignación, más rebeldía. Menos «ya será», más «se está pudiendo».
Y ojalá esto trascienda al futbol. Porque esta selección nos ayuda a retomar algo que, como país, llevábamos tiempo sin atrevernos a nombrar: nuestra vocación de grandeza. La convicción de que México no vino a administrar el miedo ni a competir por no perder, sino a plantarse de tú a tú frente a cualquiera. Si once mexicanos pueden ser reconocidos y admirados, ¿qué no podremos hacer como nación?
Lo que sembraron anoche, lo vamos a cosechar. Este equipo no cerró una historia: la empezó. El anuncio ya está hecho. Vamos en la ruta de hacer el sueño posible. Gracias por la dignidad. Gracias por las ganas. Gracias por devolvernos la alegría y las ganas de creer. Esto apenas comienza. ¡Vamos, México!






