Martha Anaya

Martha Anaya

ALHAJERO

A un año del sismo

Hay ocasiones en que no sólo los ojos y el corazón lloran. Es el cuerpo entero, desde dentro, desde lo más profundo, el que derrama lágrimas, se duele y se estremece.

Son los recuerdos que se hacen presentes. El sobresalto, el sonido de la alarma, el bramido de la tierra, el tronar de los cristales, el crujir de los muros, los gritos de angustia, el derrumbe…

Nubes de polvo emergen aquí y allá. Polvo amarillento. Polvo que ahoga con su mensaje: alguna edificación ha caído…

Nadie se atreve ponerle nombre ni número al lugar. Sólo corremos hacia donde llama la tragedia con señales de polvo, humo y huecos de silencio.

Uno a uno los fuimos encontrando en una esquina, en una bocacalle, en un multifamiliar, en una vecindad.

Casas y edificios aplastados o a medio caer.

Amigos sepultados, familiares atrapados, vecinos a la deriva… Y de pronto el frenesí, ¡miles de manos removiendo piedras, ayudando gente, buscando sobrevivientes!

Eso fue hace un año, el 19 de septiembre de 2017.

A mí me tocó vivirlo en la Condesa.

De entonces para acá, a lo largo de estos 12 meses, he visto cómo muchos ya nunca pudimos volver a habitar nuestros hogares; cómo otros tantos vecinos tuvieron que emigrar ante el peligro de nuevos derrumbes; y cómo muchos negocios se vieron obligados a cerrar.

Hemos atestiguado la lentitud exasperante con que se ha llevado a cabo la demolición de algunos edificios (muy pocos); pero sobre todo, hemos padecido el engorroso calvario burocrático de la reconstrucción.

Pero de eso –de esos miles de trámites y de trabas-, hablaremos en otra ocasión.

Hoy –ayer- es nuestro día de duelo. Volvemos a mirar los muros de esa casa, de ese edificio que habitamos durante décadas, sus ventanales rotos, sus gritas, su abandono…

A unos pasos nos hallamos con el hueco de otro edificio –éste sí demolido- cuyos pisos más altos se aplastaron el mismo día del sismo.

Más allá, hacia otra esquina, dos-tres-cuatro edificios abandonados, cuya sola inclinación provoca temor.

Letreros de renta y venta de oficinas y departamentos se suceden de una cuadra a otra.

Extrañamente, las rentas siguen tan altas como antes del sismo.

La mayoría de las cintas que entornaban las edificaciones en peligro de derrumbe o de provocar algún accidente, han desaparecido. Vecinos que persisten en permanecer en lugares decretados por las autoridades como inhabitables, se ocupan de arrancarlos y hacerlos desaparecer. Con dificultades permanece la del edificio Basurto.

Rostros conocidos reaparecen. Unos permanecieron. Otros se preguntan: ¿será tiempo de volver?

Por las buenas o por las malas, la colonia busca restablecer su vida, su cotidianidad.

Cierra los ojos a las advertencias sobre la fragilidad de su suelo, de los dictámenes que avisan de múltiples edificios “bailando” prácticamente sobre pilotes que ya no tienen de dónde asirse.

¡No importa!

La Condesa quiere recuperar sus buenos tiempos… Y en ello está.

Ayer, sin embargo, a las 13 horas con 14 minutos el andar de los vecinos se hizo más lento.

Algunos asomaron a sus ventanas. Aguardaron…

La alarma sísmica sonó poco después. Sabíamos que se trataba de un simulacro.

Aun así, los corazones los corazones dieron un vuelco.

La memoria de lo vivido un año atrás –y 33 años atrás para algunos- estremecía de nuevo, como ese día, ese medio día en que la tierra bajo nuestros pies se remeció con violencia y la vida se nos trastocó.

GEMAS: Manta en la marcha de los damnificados: “Construir resistencia para reconstruir la ciudad”.

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