LUIS NÚÑEZ SALINAS / LA APUESTA DE ECALA

Una historia del Querétaro de 1900

Aquella joven grácil, hermosa de mirada triste y altanera, fue presa fácil para la bruja Irene, astuta mujer de malas mañas, que ofrecía sus conjuros al mejor postor, fuera para conquistar a un hombre o a alguna doncella.

¡La grácil creyó en todo momento que llevar los rizos de su amado sería suficiente!

Se le pidió que se desnudara, que se dejara sobar con la crema milagrosa, enseguida le pincharon la carne para que saliera sangre y se ofrendara ¡solo así reaccionaría a su favor el ser amado!

Al otro día la encontraron cercana a la rivera del río, con sus ropas sí, pero llena de lastimaduras.

—¿Quién haría semejante barbaridad? — esto es obra del mismo demonio.

Querétaro de principios de 1900, más que una ciudad de colores y balcones — como había varias en aquellos años— era un sinfín de tragedias y callejuelas llenas de ratas y enfermedades.

Solo aquellas casas palaciegas daban lustre a la calle cercanas al Teatro Iturbide, quienes gozaban de galas y conciertos, así como de rondines y jolgorios de postín.

¡A la usanza francesa!

El señor presidente Don Porfirio Díaz había amedrentado con llegar a la ciudad en tren y toda la algarabía se movía para conocerle.

Un par de trúhanes amigos de la bruja Irene, ellos pícaros y sin mansalva, tenían a cometido lograr capturar doncellas queretanas, mismas que eran ofrecidas en burdeles en la ciudad de México, debido a la escasez que allá se mostraba de quien practicara este tan singular oficio.

—Si nos descubren nos darán palo mi hermano amigo.

—Nos haremos pasar por gendarmes y así nadie nos reconocerá.

—¿Cuánto pagarán por esta moza?

—Unas quince monedas de plata.

A quien capturaron se sentía desprotegida, pero a salvo, si se resistía le daban con un palo en las nalgas, porque no debían llegar maltratadas, las matronas de los burdeles no las compraban.

Anterior a llevarlas a la ciudad de México, tenían que ser vistas por la bruja Irene, quien a todo se miraba atraída por las mujeres cautivas, en demasía.

Ella las examinaba, que no trajeran sífilis o manchas en la entrepierna, que estuviera claro a lo que iban y les daba algún consejo ¡hasta eso no les mentían!

—Fuiste capturada para ofrecerte como dama de compañía allá en México, con mi hermana Rosenda.

Las chicas solo agachaban la cabeza.

¿Qué diferencia habría entre vivir en la pocilga de un pueblo abandonado comiendo mendrugos? pocas oportunidades existen, de que una chica de barrio saliera de su esclavitud.

Si eras mujer, serías cónyuge de alguien ¡eso era seguro! si además tuvieras la ocasión de contar con algo de dinero, se le daba de dote al marido y él lo administraba.

«Vaya suerte de ser mujer, eras ser esclava toda la vida, en la reja cruel del que llaman hogar.

Así que irse a buscar vida y escondrijos a la ciudad grande, a la que está a cinco días en diligencia, y además tendrías la oportunidad de conocer personas importantes como artistas y políticos cercanos a Don Porfirio ¡entonces si te cambiará la vida!»

Arengaba en una plática salvífica bien apuntalada la bruja Irene y pues visto desde esa perspectiva… ¡no parecía mala situación!

Cuando los dos trúhanes llevaron a la chica a la diligencia, ella ya no se resistía, no miraba hacia adelante, sus ojos clavados en el empedrado y en el brillo de las mansamente talladas.

Subió los estribos del carro, se posó cómodamente y suspiró.

¡Los bribones no subían ni decían nada!

Ella esperó un poco más, si era extraño de que no le dijeran nada, no la insultaban ni le hacían expresiones acerca de sus ojos y su cuerpo.

Decidió asomarse para ver que sucedía, solo los caballos hacían el ruido.

—¡Vamos niña corre! — le miraba un joven esbelto con un sable ensangrentado y los dos cuerpos de los trúhanes en el suelo —¡corre! —.

Ella como pudo tomó las enaguas y se las subió para lograr mayor velocidad, pero los altos zapatos le impedían correr, se sentó y se los quitó, así pudo dar mayor fuerza a su carrera.

Tomó hacia la calle del ahorcado y de inmediato reconoció a uno de sus hermanos pequeños…

—¿Eres tú Juana? — le asombraba tal visión — nuestro padre nos dijo que te irías a vivir a la gran ciudad, a esa que haces cinco días en llegar… a todos nos entristeció—.

Aún tomando aire para contestar… — ¡sí Hernán! ¿dónde está mi padre? —.

—En la cantina.

Tomó lo primero que encontró, y salió de nuevo hacia el lugar de incesantes historias y lúgubres finales, aquel espacio donde se pudren los buenos y se miran entre ellos a bien los corruptos.

La carrera hacia la cantina no le merecía más de dos calles, aunque precavida, debía entender la situación, no era solo el de llegar y lograr una explicación ¡nada tenía que perder!

Al llegar se percató de que su padre estuviera.

Un arco separa el interior hacia la calle, las brillosas canteras del desnivel para los caballos contrastaban con el polvo de la calle, risas y charlotadas se escuchaban desde dentro y entre ellas, la sonora carcajada de su padre diferenciaba de las demás.

—¡vamos cantinero! sirve tragos a mis amigos que hoy estoy de fiesta— todos alebrestados daban coro a la petición: 

«¡Anda estúpido cantinero sirve pronto!»

—¿Qué pretendes hacer Juana? — le sorprendió por detrás una voz — no voltees, te conviene—.

—¿Quién eres?

—¿Quién crees que soy yo?

—¡No sé dime tú!

—La furia te domina y no estás pensando bien, anda dame la daga que escondes debajo de tus ropas, no hagas locuras ni cosas que te perjudiquen ¡debes pensar bien lo que vas a hacer!

De rápido se dio la vuelta y metió la daga en… ¡la pared! —¡que carajos! — no había nadie.

—¡vamos cantinero! — volvió a escuchar.

Se acerco a la piedra salida del arco de entrada para asomarse y ver bien, así fue, su padre seguía invitando los tragos.

Nerviosa se tomaba sus manos y secaba el sudor, se paseaba de una a otra la daga, entre secarla y evitar que no se distrajera a lo que iba a hacer.

No esperó rato más, su padre salía bastante borracho y aún con una mueca de carcajada le ¡dio tres puñaladas en el vientre!

Su padre se encorvó y dobló las rodillas.

Un rastro de sangre se le venía por la boca… y antes de fallecer le dejó claro el asunto:

«Me vendiste como a mi hermana Romina, no te importó que mamá hace tiempo nos haya deja…»

¡Le apuñaló tres veces más! pero esta vez, en una, le corto la garganta.

Se tumbó muerto.

No corrió de regreso a su casa y nadie hizo por ayudar al viejo agrio.

Caminando daba recuerdo de todo lo que había tenido que trabajar en la fábrica del Hércules, no solo en hilar y teñir las fibras, sino en el de armar la tejedora ¡hilo por hilo! para lograr tener los telares finos, y así pagar el rescate de su hermana Romina, que, según su padre, había sido secuestrada por dos trúhanes.

Solo unos cuantos meses de que su madre había partido a la ciudad grande, esa en la que haces cinco días de camino — ¡pagué dos veces el rescate y nunca regresó! — se reclamaba.

Llegando a su casa, no dio explicaciones, juntaron ella y su hermano toda la ropa que pudieron, algunas cosas de valor y fueron a donde la diligencia — aquella en donde aquel joven delgado le había rescatado— la carroza estaba en su lugar ¡más no los cuerpos!

¡Los caballos y el cochero sí!

—¿En cuánto me sale el viaje a la ciudad grande? — el cochero despertó y no alcanzó a mirarla bien…

—¡Dos monedas de plata y le sirvo comida! — mientras ella le pagaba, metió a su hermano a la carroza y le pidió al cochero no dijera nada.

—¿De qué? — le contestaba mientras bostezaba.

Tomaron el rumbo hacia el antiguo camino real ya era cerca el alba debido a que los pájaros del gran jardín trinaban de encanto.

La carroza pasó por de frente a la casa de ladrillos de la bruja Irene, los perros ladraron y le hicieron saber que la carroza habría salido con un retraso considerable… ¡pero al fin iban en camino!

No faltarían varios días más para que los dos trúhanes, le trajeran el dinero de la venta de la joven moza.

Juana al alejarse y tratando de que fuera lo más pronto posible, asomó su rostro por entre la cortina para ver por última vez la casona de la bruja…

¡La sorpresa fue mayor cuando descubrió los dos cuerpos de los trúhanes en el portón de entrada! 

Aquel joven esbelto que le habría salvado, haciendo una seña cálida y amable a ella, con su brazo movía su mano de un lado para otro, ella trató de hacer lo mismo, pero no comprendía el gesto.

¡Ella le mandó un beso con su mano al aire!

Fin

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