LUIS NÚÑEZ SALINAS / EL CAMINO HACIA ITALIA

LA APUESTA DE ECALA

Con solo quince años el Rey Carlo Di Borbone en Nápoles Italia, era consciente de la realidad que vivía aquel reino —para estas fechas ya había sido extraído de España, pero tenía claro que regresaría si todo se acomodaba— por ello la labor que realizara dentro de su estadía debía ser excelsa.

El camino hacia Italia había sido sinuoso y se encontraba en la penosa necesidad que el reino de Polonia podría ser también anexado a España, pero era necesario aprender de los polacos, no habría más rey, sería ya un parlamento abierto dándole madurez a la realidad que viven las coronas por todo el mundo, la posibilidad de desaparecer con movimientos y levantamientos, la Nueva España no está exenta de ello.

Nápoles por ello recibe a un rey dispuesto a todo, lleno de la gallardía de hacer cumplir lo necesario para el bien mayor, imponer si fuera necesario, pero dejando la sencillez de una forma suave, pero contundente a la ejecución.

Para lograr el culmen de sus planes requiere de una alianza con un reino vecino y en extremo lleno de riquezas, el de su novia —realmente fue su amante desde los doce años— Maria Amalia Christina Franziska Xaviera Flora Walburga, heredera al trono de Sajonia.

Amalia gozaba de ser una joven de solo catorce años, pero con una experiencia de amante como si fuera ya desposada mayor a los veinticinco, experta en el arte de los ejercicios del tálamo, le enseñó a joven Carlos a ser domado con el elíxir del amor y lo convirtió prontamente en un avalado experto, con ello la alianza estaba dotada, no solo de un compromiso para perdurar en varias décadas, sino el de lograr que Polonia dejara el parlamento y volviera a la monarquía, en ello tal vez, logrando inclusive terminar con la vida de cualquier opositor.

Durante su estadía en el reino de Nápoles y Sicilia los dos enamorados comenzaron una modernidad apegada a algunos valores humanistas, pero en esencia, buscaban el absolutismo y lograr volver el poder al Rey, en caso de que alguien tuviera la osadía de sospechar este momento, bastaba una simple orden y era llevado a los calabozos por sedición.

Nápoles se convirtió en la nueva Versalles —esa era la intención de Amalia— el hospicio y los palacios rememoraban esa esencia de la nobleza francesa, altiva promotora de la ópera mandó construir el Teatro de San Carlos dejando claro el sentido de un linaje que perduraría no solo por lograr ponerse a la entonces vanguardia, sino en lo cultural, arquitectónico y social —base de toda una nueva etapa histórica— restándole solo lo religioso, pero en ello, estaban trabajando.

La llegada del Rey Carlo a Nápoles estaba ya pronosticada por la Compañía de Jesús —jesuitas— en donde gracias a la educación en sus colegios y universidades, establecían que un rey distaba en mucho de lo que necesitaban aquellas tierras, que un nuevo noble en el reino estaba más que dejando a un lado ideas que provenían de Ginebra, acerca de un movimiento de lograr construir igualdad entre los hombres.

Lo ideal era ya un conjunto de civiles encargados del mando de un estado, convertir el reino en ello era lo que se avecinaba.

Todo Europa se cimbraba en un movimiento intelectual —que cierto apenas de nuevo— pero que dejaba claro el futuro del pensamiento: el humanismo y disipar las tinieblas de la ignorancia.

Castillo de Nápoles, salón de audiencias 1740.

Los invitados a la audiencia de aquel día versaban en dos tiempos: saber porque los jesuitas estuvieron en contra del regreso de los judíos al reino de Nápoles y determinar de una vez por todas que sus colegios y universidades deberían de alinearse a las reformas de la casa de Borbón, mismas que buscaban el poder de la educación en el propio Rey Carlos.

Toma la palabra el general de la orden de la Compañía en Nápoles Felipe de Lusitania —no solo noble jesuita sino también importante miembro del ayuntamiento de la ciudad—.

—Así pues, su majestad, deseo hacerle saber que la llegada de las familias a Nápoles provenientes de Belén y del imperio cercano no son de realidad necesarias, debido a la intromisión en todas las costumbres y usos de nuestra real ciudad, cierto que el comercio permite que su llegada de buenos aires a las costumbres del desarrollo de nuestro reino, pero se implican tradiciones que superponen nuestro culto, siendo su propia majestad la reina Amalia quien no ha gustado de tal intervención de los judíos en asuntos comerciales de la corona, si es su menester su excelencia, la reina podrá corroborar lo que acentúo.

Habla el intendente de la corte de Nápoles, Giuseppe de Miramontes.

—Hastío causan sus palabras hermano general de la orden, hasta el cansancio estamos de saber que en la universidad se enseñan no solo las artes básicas del pensamiento de Sócrates o de Platón, se han ensañado con la ciencia, dan biología y ciencias físicas, inclusive traen a reales de Gran Bretaña para lograr tener mejores y mayores maestros. Es de bien sabido que nadie está al tanto de la ciencia y no deja de ser solo un negocio de ustedes.

El hermano general estaba desconcertado, ahora les acusaban que la universidad jesuita y los colegios en Nápoles debían someterse al rey.

—¿Sabe el Rey de ciencias?… que me conteste directamente.

El Rey Carlos dejó de ser simple espectador, se adelantó a su intendente, levantó la mano —con un pañuelo que pasó por entre su axila en señal de que no hablará la persona, sino el Rey de Nápoles y así lo dejaba por escrito el redactor—.

—Que se asiente que la voluntad del reino de Nápoles de dejar claro que cualquier reforma educativa que se lleve a cabo, será por claro, bajo el auxilio de los hermanos jesuitas, que será de claro que dejarán a un lado las materias que inviten a la reflexión y el ayuntamiento de las leyes, que no darán más atención al pensamiento de la crítica y dejen el escanio de quienes ordenan la ciudad y la gobiernan como uso de crítica.

—Su majestad, el conocimiento y la ciencia son los pilares de nuestra educación, la mitad de nuestro mundo conocido nos acompaña, nos permite trabajar junto con los comerciantes, que de por sí estudiaron con nosotros y sus estirpes también, que de sabido que logramos un crecimiento juntos, deseamos ser herramienta del acompañamiento a su majestad.

—Entonces ¿no participan en la reforma educativa que propongo? es una sana invitación a la paz.

—Me temo su majestad que no es propicia tal reforma, ni será necesaria, no nos alinearemos a ella.

—Dicho ha sido— mencionó el rey de tan solo 24 años.

Ciudad de San Miguel el Grande, febrero de 1767.

Ya varios días han pasado de que el cargamento de veinte carretas llenas de oro cubierto de chocolate le había sido robado —aunque se hizo parecer que eran capitanes de la corona— en las faldas del cerro de los pájaros, la tensión en el rostro de Clavijero había dejado de ser una ocupación y se había convertido en verdadero temor de haber sido timado.

¡Su paciencia estaba siendo puesta al límite!

Al caminar por entre las casas no había rastro alguno, persona que supiera o diera seña de haber conseguido un trozo de chocolate, era a bien de todos que aquel producto no pasaba por aquí, pero el oro sí.

Sin lugar en dónde hospedarse, los jinetes, los carretoneros, el personal de apoyo de las dos carretas que llevaban los planos y estudios naturalistas, así como las cocineras y los que fueron despojados parecieran llegaban a la ciudad como limosneros, vagos concentrados en el centro de la plaza.

La insalubridad de la ciudad daba a bien recibimiento de aquellos visitantes desconcertados.

—Deberíamos de regresarnos señor padrecito, ansina que no es momento de lograr encontrar lo que nos robaron, ya ni lo buscamos y no le “jayamos”

—No deseo darles atribulaciones, pero me queda claro que está aquí, no pueden mover tal cantidad de carretas, debemos esperar al señor que nos indicó que sabía quién era el capitán Galeana, ese buen hombre, seguro nos dirá a donde movernos.

El borrachín llegó con una niña de siete años, bien vestida y con una canasta en su brazo, en ella llevaba una palanqueta de chocolate que a bien se distinguía era del cargamento, le ofreció una probada al jesuita y de inmediato el alma le volvió al corazón.

—¡Pero que bendición! ¿de dónde la obtuviste niña hermosa?

La niña le señaló la casa de frente al jardín en donde estaba, un capitán de los dragones de la reina los miraba desde media puerta abierta de su señorial casona, en entallado y lustroso uniforme, la mozuela le tomó de la mano al religioso y caminaron hacia él.

Al llegar de cerca observó el patio con todo el chocolate apilado desde el frente al fondo, el aroma se dejaba sentir, en educada sonrisa le hizo pasar y le dio una vasija de agua fresca.

Siendo ya la tarde, en la ciudad los rayos del sol cambiaban los tonos marrones en un solo destello final, que pegaba en el pico mayor de la parroquia, aquella puntiaguda forma gótica.

Al pasar a la casa se dio por tranquilo, en total esperanza de que le fuera regresado todo el cargamento, su astucia de negociador estaba puesta a tono.

Una vez presentados uno a otro, la primera pregunta saltó al tiempo.

—¿Qué me hace pensar que este cargamento tiene como destino una causa importante?

—Señor capitán, es solo un cargamento inocente de producto de chocolate, embelesados por los nativos con tan peculiar sabor, aquí traigo la cédula de lograr pasar este cargamento hacia las floridas, no deseamos más que pasarlo a los puertos de Portugal, para luego hacerlo llegar al centro de la Compañía, no somos más simples viajeros hacia el norte.

Se levantó el capitán Galeana, tomó un trozo que al romperlo dejó claro las barras de oro, descubriendo así el cargamento total.

Clavijero cambió de color.

—Me temo que el resto del chocolate sufre de las mismas condiciones ¿será necesario que Usted me diga el destino del cargamento?

—No señor, no se lo podré decir, aunque me castigara para tal hecho.

—¿Quién dijo que llegaríamos a tal circunstancia? me temo que no podremos ponernos de acuerdo, Usted no me dirá el destino y yo no lo devolveré, nos podremos enfrascar toda la noche en esta discusión, o si lo desea, me da la información que requiero, me dice la verdad y seguramente le podrá dar… digamos, una octava parte del total.

—Innecesario, deseo obtenerlo todo.

—Veo entonces una inmensa necesidad de recuperarlo, por ello ni su vida aprecia ante tal grado, veo por su vestimenta que es de orden superior a los regulares ¿es verdad? entonces sabrá que tenemos por estos lares un destacado regimiento listo para menesteres, esta cantidad de oro nos permite dar una solución a circunstancias de la corona, que digamos, en nada se ha portado correctamente con estas tierras.

—Aún no deseo fuera el tiempo correcto para el menester, no estamos para revueltas, deseamos la paz.

—¡Por encima de la paz están los abusos de la corona!

Aquella plática se llevó a cabo no más de un par de pasadas las lamentaciones del sereno, a la vez el capitán Galeana les ofreció albergue cercano a la casona, con la única condición: asearse.

Una vez en sus aposentos, el novicio que acompaña a Clavijero le cuestiona el contenido de la plática con el capitán y si de verdad era el cargamento.

—Por supuesto que lo es, pero me preocupa en donde están las carretas, los caballos y en pronto tiempo lograron bajar y acomodar en el patio más de la mitad ¿y la otra mitad?

La noche pasó eterna, los cantos de los pájaros no distinguían el fervor del movimiento de la ciudad, ¡el estruendo del cañón rompió los vidrios de las casonas del centro del jardín que rodeaban la pequeña plaza de armas! la bala dio en la puerta de la casa del capitán Galeana destrozando toda su magnitud, se levantaron y comenzaron a vestirse, una cosa era clara…

¡La revuelta de manera intempestiva había comenzado!

Continuará…

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