Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Fusilamiento de Agustín I

El embarque de la caja de madera reforzada, que iba dirigida a México -vía puerto de Nueva Orleans, Veracruz- tenía un sello diferente a todos los demás, no solo sobresalía el águila de los norteamericanos, sino que llevaba el sello de la fábrica de Londres: Baker Company.

El encargo llegaba con un pequeño sello postal en la parte inferior izquierda de la pesada y gran caja, sino que tenía un sentido propio, colocar el compás masón no era cosa conocida, pero aquellos allegados a las logias, sabían distinguirlo.

El documento oficial que acompañaba el embarque era claro: vía Veracruz, entregar a Guadalupe Victoria, triunvo de México, de manera personal… firmaba el remitente: ¡Joel Roberts Poinsett!

¡los sellos eran claros! el paquete tenía una función: para uso exclusivo de batallón de fusilamiento.

15 de julio de 1824, Soto la Marina Tamaulipas…

La gallardía con que Iturbide montaba dejaba claro que era más que un simple terrateniente – de los que diariamente pasean- el brío del bayo fino, corcel de amplia cadera y fuertes cuartos traseros, que al acentuarle la rienda comenzaba a bailar en paso firme -militarizado- se notaba distante de las cabalgaduras de su estilo.

El coronel Juan Manuel Azúnzolo y Alcalde le reconoció de inmediato – en su día de guardia- y fue cauto para acercársele, debido a que tendría seguramente un séquito de guardias… ¡o eso pensó!

¡fue cercano y prefirió ser cauto! y no tanto visto por Agustín, debido a que si no fuera ¡menudo problema se metería!

Al partir de exilio el Emperador Agustín I, México se llenó de sospechas e intrigas, las constantes visitas de norteamericanos llenaban los salones por todo el territorio, la formación de nuevas logias hacía sentir el interés del diminuto país del norte, en comparación con la extensión territorial de la América Septentrional – que ya de por sí llegaba a vastas planicies- de lograr no solo una unión – por la doctrina Monroe de John Quincy Adams- ¡o alguna parte del territorio! – la más rica, decía Poinsett- (Texas, California y Nuevo México)

La presencia de lo que parecía el Emperador, helaba la espalda del coronel Juan Manuel, quien era precavido al extremo… ¡tanto que prefirió trasladar la captura al cabo Jorge Espino…

-¡cabo! le tengo una insigne operación que deberá ser llevada con cautela.

-¡mi señor!

-¡sospecho que aquel terrateniente de quien le di santo es el mismo Iturbide I!

¡el asombro del inferior fue absoluto!

-¡su majestad!

-¡deja el tono!… ¡es el traidor de la patria!…

-¡señor! al dejo de ser subversivo, le imploro que tal odisea no sea llevada por un humilde, la gallardía del emperador no me permitiría tomarle preso!

-¡hay una orden cabo y la debe cumplir… -¡recio!, le indicó.

-¡sí mi señor! ¡así se hará!

En la zona de los Arroyos -lugar casi abandonado pero lleno de nativos- se le acercó el Cabo con su guardia al emperador, quien diestramente cabalgaba…

-¡señor a su tiempo y atención por favor!

El cabo no solo estaba sorprendido por la condición perfecta de su majestad, sino que trastabillaba en su hablar, el nervio le traicionaba… ¡estaba delante del Dragón de Fierro!… miles de historias rondaban el campo de batalla desde los comienzos de la revuelta armada… ¡la independencia de España!… ¡la muerte de Hidalgo!… ¡Morelos!… ¡la concertación para rendir a Guerrero!…

… ¡la historia entera le debía a su majestad rendirle más que apresarle!

-¡con el tiempo y atención por favor!- volvió a insistir.

-¡dígame oficial!

¡su majestad le respondió!

-¡en tiempo queda Usted aprehendido por orden de orden oficial del congreso de México y del bando de caballería a quien honro!

-¡tengo información importante oficial…

-¡baje por favor y dese por detenido!… ¡a voz de traición le aprehendo! y a partir de este momento, le considero enemigo de la nación, pera evitar a toda costa huir o será de inmediato considero pieza de pena de capital… ¡evíteme tal momento!

Se le presentó al brigadier Felipe de la Garza – a quien Iturbide le había perdonado la vida en años previos-, quien no refutó la orden de aprehensión del cabo, sino más bien trató de hacerse cercano al emperador… ¡e inclusive en un acto de osadía total! – o desatino- ¡le dio el mando de su ejército entregándole la espada al propio Agustín!…

¡rota fortunae!

El cabo y el brigadier lo dirigieron a Villa San Antonio de Padilla -en el recién creado estado de Tamaulipas, dejando de llamarse Nueva Santander- en donde el congreso – en su mayoría pertenecientes a la recién creada logia mexicana Yorkina- sesionaba por primera vez.

Al ingreso de inmediato el gobernador Bernardo Gutiérrez de Lara – quien había peleado al lado del Morelos e Hidalgo- pidió se le llevara al preso a su despacho.

En la entrevista dejó clara la intención del bando llevado a cabo por el segundo Congreso Constituyente el 28 de abril de 1824, en el que se le declaró traidor…

¡Iturbide no lo podía creer!

-¡no solo eso general…! será llevado a juicio por el congreso…

-¡pero un congreso no puede llevarme a juicio!… ¡deberá ser un tribunal!

-¡no será su caso!

Así, el 18 de julio de 1824, en sesión extraordinaria, del primer congreso de Tamaulipas – asistiendo siete de los once legisladores y dos suplentes- se llevó a cabo el juicio a Iturbide, alegando que De la Garza llevaba un escrito en donde informaba que Iturbide deseaba adentrarse al país junto con un polaco, y a su vez, Iturbide tenía derecho a ser escuchado – no sucedió- y se leyó su oficio alegando que llegaba a México para ayudar en el nuevo embrollo con Europa que vaticinaba… ¡nadie le creyó!

Al día siguiente por la mañana – el 19 de julio- el alegato principal era la acusación a De La Garza por atreverse a darle el mando del ejército – la pesadilla de mayor envergadura de cualquier congresista cófrade mexicano de 1824- en donde trataban a toda costa que no se desviara el toral del asunto.

Al hacerle presente al brigadier De La Garza, solamente alegó que realizó el acto por “sentimientos humanos” y se ratificó la sentencia a Iturbide… ¡pena capital por traición! sentencia de un congreso – se reitera- no de un tribunal.

…Reunidos los S.S. diputados en el salón de sesiones, para dar cumplidamente lleno, al espíritu de la ley de proscripción contra el exemperador Don Agustín de Iturbide, por traidor a su patria, se decreta, sin comisión, la pena de muerte que ejecutará tan luego…

…¡Iturbide cayó de rodillas!

El 19 de julio de 1824, salió Iturbide de la plaza principal con vías para llegar al patíbulo, las personas se arremolinaban, ¡eran las 6 de la tarde! unos le miraban extrañados – al no reconocer la figura del Emperador- otros más se adentraban en la pena de un sentenciado a muerte.

Le acompañaba el sacerdote José Antonio Gutiérrez de Lara, oriundo de la propia Tamaulipas, quien presidía la Legislatura en el juicio – fue el único que votó en contra del cadalso- y la plática versaba delante de un prócer de la tierra libre.

-¡Sr Agustín en precio de su salvación deseo hacerle el sacramento de la reconciliación!

-¡en ello valga mi vida sr!… ¡un hijo de María de Guadalupe legítimo mi señor cura!

-¡ Sancta Maria, benedixitque…

-¡Immaculata Conceptio est

Versaron sus arrepentimientos en sus juventudes livianas, en sus entornos familiares y llegado a buena apuesta ¡los improperios de un mancebo acomodado y lustre!

-… ¡en ninguno de más recónditos parajes de mis juventudes manché a mujer alguna! todas me hicieron de sus elíxires, fomentos a mi embriaguez y amor… ¡en todas deposité mi castidad ufana!… ¡en la batalla castigué al que ofende por el clamor de la libertad! ¡justa manera de lograr la emancipación del opresor!… ¿acaso liberar de la vida a un alma con la muerte es pecado cuándo se camina del lado equivocado?… ¡mis enemigos fueron la esclavitud, el abuso del poderoso, el camino equivocado del prócer que vio todo para él mismo…!

Gutiérrez de Lara escuchaba con atención la confesión de a quien consideraba un hombre ¡de una sola pieza! ¡forjado en el crisol del campo y las batallas!

-…¿qué ofende a Dios nuestro señor más? ¿el insípido sin sabor de la traición? o ¿la lucha por las libertades universales de las personas?… ¡perdóname mi Señor por darle la libertad del oprimido, del que menos tiene y menos puede…!

Cuando el coronel del pelotón de fusilamiento – en la propia mañana del 19 de julio de 1824- había recibido la caja con los fusiles, le llamó la atención el sello del compás… ¡no advirtió caso diferente y mandó abrirla!

¡8 fusiles Baker! un arma de chispa y con bayonetas de 60 cm, le daba un exquisito sabor a la armería, ¡propicios para fusilar!…

-¡aunque en este momento no tendríamos a quien!

Al caminar por el lugar donde sería fusilado, Agustín de Iturbide se paró y observó el campo, los valles y las zonas floridas ¡mi última vista muchachos! – le dijo al batallón de fusilería-

-¿en dónde es mi lugar?- increpó, más bien ordenó!-

-¡allí su majestad!

Al caminar al lugar de sacrificio desenfundó su reloj de oro y su rosario -que dio al sacerdote Gutiérrez de Lara- sacó veintidós onzas de oro que repartió entre el pelotón, regresó a su lugar, se puso de rodillas y le dijo a los fusileros ¡con voz fuerte y bravía!

-mexicanos: en el acto mismo de mi muerte, os recomiendo amor a la patria y observancia de nuestra santa religión: ella es quien os ha de conducir a la gloria.

Muero por haber venido a ayudaros. Muero gustoso porque muero entre vosotros: muero con honor, no como traidor.

No quedará a mis hijos y su posteridad esta mancha;

¡no soy traidor no…!

De los fusiles Baker – de manufactura londinense y enviado por Poinsett a Tamaulipas- ¡las descargas se impactaron en la frente, en la sien, en el pecho…!

A sus cuarenta años… ¡ríos de sangre salieron de su cuerpo! ¡su cara desfigurada aún resplandecía en fulgores!

¡los más impactados fueron los fusileros que echaron en rencor y tragando saliva! ¡la osadía de matar al Dragón de Fierro…!

-¡no cayó en batallas! ¡ni en tierra de fuego para que sus hijos rezaran los salves a su gloria en el campo bélico! ¡no habrá zócalos! ¡ni esculturas ecuestres en pro!… ¡fue muerto como un ladrón! ¡nos dio nación y razón de ser!

Se hicieron los velorios pertinentes – tal como lo prometió Gutiérrez de Lara- amortajado en un hábito de la orden de San Francisco …el cuerpo fuerte del emperador yació en la tristeza de la mañana…

¡aquella misma tarde Guadalupe Victoria y el general Santa Ana tuvieron malestares que les hicieron volver el estómago! ¡como una infortunada procesión de maldición!…

En sus peores sueños resonaba una frase que les contraía su corazón…

¡no soy traidor… no…!

-Fin-

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