Andrés Garrido del Toral

DIVO

QUERETALIA

EL QUERÉTARO ACUÍFERO

De las obras de infraestructura realizadas durante toda la historia de Querétaro, la del Acueducto es, sin duda, una de las más importantes. Su construcción, la instalación del sistema subterráneo de distribución del agua y la edificación de un conjunto de fuentes, tanto públicas como privadas, permitió a los vecinos de la ciudad disponer de agua o potable en abundancia. Estas obras fueron un factor determinante en la integración urbana de las diferentes zonas de la ciudad, que en el futuro pudieron avanzar en la conformación de un campo urbano unitario.

Para principios del siglo XVIII la insalubridad del agua era uno de los principales problemas que enfrentaban los habitantes de Querétaro, toda vez que el líquido distribuido a través de la acequia madre presentada condiciones de contaminación, cada vez mayores, a medida que avanzaba en su recorrido por la marcha urbana. El problema se veía agravado por la proliferación de los centros de producción textil diseminados por toda la ciudad, cuyas aguas de desecho reconocían en las ramificaciones de la acequia.

Francisco Antonio Navarrete en su Relación Peregrina escriba en 1738 para conmemorar la conclusión del Acueducto describe asa el problema

…[de] todas las enfermedades que padecía el cuerpo de la ciudad…… la más grave era el no tener agua para beber, en medio de tener tanta agua para regar. Es posible que una ciudad tan poblada de ilustres moradores, tan enriquecida de caudales, tan frecuentada por pasajeros, estime tampoco el vivir que abandone su salud, bebiendo un agua, que cogiéndose de la acequia común, y que atraviesa toda la ciudad, limpiando todas las casa y algunos obrajes, es preciso que sea el albañil común, causando asco aún a las bestias su mal color, y sabor?…”

En efecto, la contaminación de las aguas de la acequia madre, construida a principios del siglo XVII para resolver las necesidades de un reducido número de habitantes en la época, llegó a representar en el siglo XVIII un serio problema de salud pública. En esas condiciones, se planteaba la necesidad de utilizar las aguas de la acequia madre exclusivamente para fines de abastecimiento industrial, limpieza, regadío y construir un sistema que dotara de agua potable a la ciudad, destinado exclusivamente al consumo de los habitantes. Fue así como nació el proyecto para la construcción del Acueducto, cuya concepción y realización se debió a Juan Antonio de Urrutia y Arana, marqués de la Villa del Villar del Águila, propietario de numerosas haciendas entre las que destacaban la Goleta. El proyecto de Urrutia y Arana consistía en aprovechar las aguas del manantial denominado “ojo de agua del Capulín”, situado en las inmediaciones del pueblo de la Cañada. Las aguas se concentrarían en una alberca, construida en el mismo sitio, de donde serían conducidas por un canal sellado recorriendo todo el territorio, para almacenarlas finalmente en u depósito en cerro del Sangremal, la parte más alta de la ciudad, en el emplazamiento del convento de la Cruz. De este punto serían distribuidas por gravedad a todas las zonas  de la ciudad, a través de los conductos subterráneos hechos de barro vidriado para evitar su contaminación. Para ello era necesaria la construcción de un sistema en que se apoyara el conducto aéreo, que permitiera salvar las diferencias de altura del valle, hasta llegar al cerro del Sangremal.

El sistema que sostenía el ducto de conducción del agua fue una arquería, conocida como Acueducto; su longitud  es de 1,280 metros, y estaba compuesto por 73 pilastras de 304 metros de lado cada una, 74 arcos de 13 metros de largo la mayoría de ellos, y a una altura máxima de 23 metros. Para la realización de la obra se firmó un contrato entre el cabildo de la ciudad y el marqués de la Villa del Villar, por medio del cual este último se comprometió a realizar completamente los trabajos correspondientes. El marqués adquirió también la obligación de efectuar las obras necesarias para la dotación del agua en las plazas públicas, los conventos, las casas de cabildo y los domicilios de los particulares que estuvieran dispuestos a pagar los costos que ello implicaba.

Las obras se iniciaron  el 15 de enero de 1726: el depósito principal en el cerro del Sangremal quedó concluido el 22 de octubre de 1735. Posteriormente se realizaron las obras para la distribución  del agua en los conductos subterráneos, así como la construcción de fuentes, baños, lavaderos públicos y depósitos privados. Estas obras llegaron a su término el 17 de octubre de 17387; el total de pilas construidas por el marqués fue de alrededor  de 60, entre las que se incluían 10 públicas y el resto privadas. A la conclusión del Acueducto el cabildo determinó la realización de 15 días de fiestas públicas en honor del marqués.

Las obras fueron financiadas en la forma siguiente:

Los vecinos de la ciudad                                                                       

$  24,504

Donativo de un bienhechor del  Colegio de la Santa Cruz              $  3,000

Condonación de impuestos de construcción                                    

$  2,300

Venta de derechos del uso del agua                                                   

$  12,000

Aportación personal del Marqués (mejor dicho de su esposa)  $  82.987

Total  $ 124,791

La introducción del agua potable dotó a la ciudad de un sistema de infraestructura y equipamiento urbano que resolvió los problemas de salubridad pública; le dio una imagen urbana moderna, a la altura de las mejores ciudades del virreinato. Los servicios públicos fueron distribuidos por todos los barrios de la ciudad y contribuyeron en la integración del conjunto urbano. La localización del depósito de agua en el cerro del Sangremal fue el factor que más influyó en la urbanización completa de la zona, y en la integración de los barrios de la Cruz y San Francisquito, los cuales, para fines del siglo XVIII, quedarían completamente articuladas con el resto de la ciudad, el segundo en menor medida que el primero.

Después de la construcción del Acueducto, la acequia madre adquirió una nueva función. En 1743 el corregidor Gómez de Acosta señalaba,

…Asimismo goza de dicha amenidad de las innumerables huertas, que por la parte de dicho norte fertilizan las aguas del río, que introduciéndose éstas por conductos secretos las riegan, las cuales separadas del caudal del expresado río, reducidas a doce surcos, diestra y artificiosamente conducidos, corren por la acequia madre, de oriente a poniente, con tan prodigioso modo distribuidos, que  gozando de dicho  beneficio más de dos mil casas, y en todas ellas huertas, unos y otros logran sin ofenderse, por estarle a cada uno asignado y repartido el riesgo que le compete, por días, horas y minutos, con que cada cual hermosea sus jardines y cultiva dichas sus huertas, ….

Comentario semejante hacia José Antonio Villaseñor y Sánchez en 1748, quien decía de las huertas de Querétaro,

… causan recreación a la vista fertilizadas de las aguas de un caudaloso río, e introducidas por conductos secretos, reducidas a doce surcos, que corren por la acequia madre; y de este beneficio gozan más de dos mil casas, y en ellas otras tantas huertas y jardines, abundantes de varias especies de fllores y frutos así regionales de Castilla… .

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