Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

El Emperador mexicano

La Junta Provisional Gubernativa – el primer órgano de mandato de la nueva nación mexicana- dio como fecha de independencia de la América Septentrional de España, el 27 de septiembre de 1821, al otro día, el 28, se escribió de puño y letra dos versiones exactas de lo que se llamaría: Acta de Independencia del Imperio Mexicano.

En donde se establecía que se independizaba la América Septentrional, pero ya como México, y se llamó Imperio Mexicano en todo momento, la propia junta daba la nota, acerca de que el ejército Trigarante mantenía el cuidado y resguardo de estas tierras hasta que se nombrara un Emperador.

El presidente de esta junta de gobierno provisional -que en realidad se buscaba un gobierno monárquico constitucional, emulando la constitución de Francia de 1791 en donde la soberanía es en la constitución y no en el monarca en aquel caso Luis XVI- se hace a un lado la nobleza y se crean los tres poderes: legislativo, ejecutivo y judicial.

En esta idea, se buscaba que la monarquía constitucional del nuevo México, fuera en un Emperador – que se buscaba quien- y que se aplicaran los mismos valores de Francia: educación gratuita para todos, cuidar de los discapacitados por la guerra y los huérfanos, y la igualdad de todos los ciudadanos de la América Libre Septentrional – México- que se busque la disminución de la pobreza y se generan aspectos que mejoren los ingresos de todos los mexicanos.

De mientras, Agustín Cosme Damián de Iturbide y Arámburu quedaría como presidente de este gobierno constitucional monárquico – provisional, porque realmente sería un jefe del Ejército Imperial- Juan José Rafael Teodomiro de O’Donojú y O’Ryan como regente – fue el último virrey de la Nueva España- y se convocaron a elecciones para formar el primer Congreso Constituyente.

Sucede que 38 personas conformaban esta junta gubernativa de “notables ciudadanos” los cuales estaban constituidos por republicanos – seguidores de la política de los Estados Unidos de Norteamérica-, Iturbidistas leales al nuevo jede fe las fuerzas militares, y borbonistas – que apoyaban fuertemente la idea de un emperador… ¡y si fuera Iturbide mejor! –

Entre estos tres grupos no existía la mínima empatía, ¡se odiaban a muerte! la sospecha continua de la intromisión de los norteamericanos en políticas del nuevo México era reales.

Las noticias constantes de que Joel Roberts Poinsett, un legislador de Carolina del Sur – norteamericano por supuesto, masón yorkino- llevaba varias incursiones en la frontera con la América Septentrional, “deseaba” saber cómo era aquel país recién constituido – aunque sus incursiones eran de ya varios lustros- y se había convertido en “turista” continuo.

Además, les daban a las logias masonas, sustento de lo que se avecinaría en México, porque habría elecciones para legisladores y los masones, eran expertos en armar grupos políticos, que apoyaran la “moda” de hacer repúblicas, en las recién naciones liberadas de Europa.

Por otro lado, los Iturbidistas apoyaban la idea del propio Agustín, de verse como el héroe libertador de la américa septentrional – que sí lo fue- pero el joven Iturbide deseaba coronarse desde el principio de sus negociaciones, bajo la proclama de no ser solo el insurgente final, sino quien levantaría la nación misma en sus hombros.

Para estos tiempos el comercio entre el recién México y los norteamericanos, estaban bañados más por la sensación del contrabando – armas principalmente, oro y plata- y evitar a toda costa los mares del golfo, plagados de piratas y bucaneros, pagados por Inglaterra principalmente.

Los masones, los piratas en el mar, Iturbide deseando ser el emperador, los grupos borbónicos fanáticos de la realeza europea y los republicanos aliados con los norteamericanos, le tenían en la  de Lucas Alamán, la idea de dejar España – debido a que había sido asesor de las minas en américa- y que su loca idea de tener un emperador mexicano estaba por consumarse, pero debía ser cuidadoso, porque un error le costaría la cabeza.

Una vez que el presidente norteamericano James Monroe pagó cinco millones de dólares a los españoles por Florida, se dedicó a buscar acercar la frontera con el próximo nombrado emperador Agustín de Iturbide I, pero el contacto no era posible, así que citó a Lucas Alamán en un terreno de difícil acceso, cercano a los pantanos – Georgia- y en donde el campamento de los norteamericanos aún permanecía entero – luego de la guerra contra los seminoles-

Cuando llegó Alamán, la lluvia era fuerte y grandes vientos soplaban ¡pareciera el cielo se viniera abajo!

Entró Lucas a una gran habitación construida con troncos de madera, pero a la vez era cálida, con pisos de tierra aún, y grandes ventanales que no dejaban de tintinear fuertemente por la lluvia, que arreciaba cada vez más.

James Monroe le esperaba en un simple pantalón, con botas de gamuza hasta la rodilla, y una chaqueta gris gruesa, que le parara el frío que se sentía.

En cambio, Alamán vestía de lujo, con altas botas lustradas para el lodo de la zona, un cuello alto y albo, grandes empuñaduras negras le coronaban las muñecas y un fino bastón de cabeza de diamantes – regalo de un noble español- así como encajes en su pecho, le hacían ver más alto y delgado.

-¡siéntese por favor Alamán!

El objetivo de la reunión era claro: una vez que Monroe había terminado con los piratas de las islas de la Florida – los difuminó igual que a los seminoles, colgados, descuartizados y ejecutados- se podría abrir una ruta de minerales entre los norteamericanos y la recién México, vía Veracruz y Campeche.

-¡veo una gran cercanía con el próximo emperador! de quien por cierto Mr. Alamán, ¡he sido invitado a la ceremonia de coronación!

-¡nos daría mucho gusto tenerlo entre los invitados! junto con su comitiva- mencionaba Lucas mientras se acomodaba en el asiento.

Monroe le sirvió el “agua de fuego” como le llamaban los seminoles al wiski, y le dio a probar, por su parte Alamán asentía por tan exquisito gesto.

-¡mire Alamán! deseo nos pongamos de acuerdo en generar una serie de acuerdos, en donde las negociaciones de lograr que nosotros logremos invertir en el nuevo imperio de México, sea de manera expedita, porque como sabe, terminar con el comercio de los piratas y su negocio del oro y la plata, deja a muchos negocios por este lado de la frontera ¡en total banca rota!

¡Escupió sin querer el wiski Lucas Alamán ante tal oferta!… tosió y se recompuso lo más rápido que pudo.

-¡me sorprende tal afirmación!

-¡no se preocupe Mr. Lucas! es sencilla política… ¡ya tengo allá a varios emisarios tratando de resolver algunos altercados… ¡y me dicen que las minas no están del todo vacías…! ¡sabemos que la idea de tener un emperador en México fue única y exclusivamente de Usted!

Lucas Alamán aún más sorprendido estaba… ¡ya Fray Servando de Mier le había dicho que los norteamericanos estaban robándose el oro!… so excusa de los piratas y que espiaban a todos los mensajeros de la insurgencia – en la medida que se pudiera-

-¡sr presidente no encuentro acompañable su petición! ¡esto es un asunto de su majestad Agustín…!

Se levantó y trató de salir del cuarto, ya dos escoltas del presidente le cerraron el paso y evitaron saliera…

-¡vamos Mr. Alamán! tome esto con cautela – en un fino español- recuerde que lo hacemos por la América…

¡Lucas comprendió de inmediato que su vida corría peligro!

Ciudad de México, 21 de julio de 1822, Catedral.

… y así nuestro emperador que jure:

Agustín, por la Divina Providencia, y por nombramiento del Congreso de representantes de la nación emperador de México, juro por Dios y por los santos Evangelios que defenderé y conservaré la religión católica, apostólica, romana, sin permitir otra alguna en el Imperio; que guardaré y haré guardar la Constitución que formare dicho Congreso, y entre tanto la española en la parte que está vigente, y asimismo las leyes, órdenes y decretos que ha dado y en lo sucesivo diere el repetido Congreso, no mirando en cuanto hiciere, sino al bien y provecho de la nación; que no enajenaré, cederé ni desmembraré parte alguna del imperio; que no exigiré jamás cantidad alguna de frutos, dinero, ni otra cosa sino las que hubiere decretado el Congreso; que no tomaré jamás a nadie sus propiedades, y que respetaré sobre todo la libertad política de la nación y la personal de cada individuo, y si en lo que he jurado o parte de ello, lo contrario hiciere, no debo ser obedecido, antes aquello en que contraviniere, sea nulo y de ningún valor. Así Dios me ayude y sea mi defensa, y si no me lo demande.

Una vez que el presidente del congreso Rafael Mangino y Mendívil coronara a su majestad Agustín I… el emperador se levantó – una vez que fue todo el rito religioso de envestidura- tomó la lujosa corona para su esposa Ana María Josefa Ramona de Huarte y Muñiz, ella se hincó – y al estilo napoleónico- el mismo emperador coronaba a su emperatriz…

…¡Viva! ¡Viva la esposa del guerrero triunfador que con la oliva en verdor convida a todos igual! La compañera amorosa viva, del grande Iturbide que a donde llega reside la paz, por bien o por mal. Feliz mil veces, oh tú, Ana María Huarte, a quien une sacra deidad con un héroe.

¡salvas de 24 cañones retumbaban la ciudad! ¡las campanadas de toda la ciudad no dejaban de sonar…!

La gente gritaba: ¡Vivat Imperator in aeternum!… ¡a coro! ¡de manera ensordecedora!

27 de Julio de 1822, Palacio del Emperador, cena de festines de la coronación.

Una vez dándose cuenta su Excelentísima Emperador Agustín I de que estaba el país en franca banca rota – esto no le impedía en nada planear los lujos y desatinos de cualquier monarca- los verdaderos liberales cercanos a los norteamericanos, estaban prestos para desatinar este imperio naciente.

Pero quien realmente estaban fúricos ¡eran los diputados españoles borbonistas! quienes le reclamaban a Iturbide -de forma acalorada- ¿en dónde estaba el linaje de los borbones que tango había prometido el Plan de Iguala?

-¡apégate excelentísima al Plan de Iguala! – le gritaban.

¡Fagoaga, Carrasco y Tagle eran los más enajenados por el rencor!

El Joven Valentín Gómez Farías -diputado por Zacatecas- llamó a la cordura y evitar en toda costa, las amenazas a la figura del emperador…

¡por otro lado parte de los iturbidistas clamaban festines al emperador!

Aquella cena – continuación de los debates en la formación del congreso- sería memorable por las ofensas y desatinos de la clase congresista del imperio que buscaba se solucionaran varios capítulos: ¡regresar a España la nueva nación! – que ya se gestaba la traición desde San Juan de Ulúa-, ¡permitir el crecimiento de la logia yorkina en México! como parte de algunos diputados del congreso completados al ala republicana y los iturbidistas, que en nada dejarían pasara esta oportunidad.

Estos tres panoramas le dejaban a Iturbide claro que la gestión de su imperio y el congreso constitucionalista, les llevarían muchos destiempos para lograr coincidir en la manera y en el fondo… como diría tiempo después:

El fondo en las relaciones interinstitucionales es profundo ¡más que la figura!

Al terminar la cena y retirándose a sus aposentos, el Emperador -deseoso de platicarle a su emperatriz los desatinos de la cena- la encontró en profundo sueño… – al asomarse desde su balcón aún veía a algunos yorkinos departir en la plaza las viandas- él simplemente reía, en lo que su valet le cambiaba sus ropajes para dejarlo solo en menesteres de dormir.

Al acercarse al mueble del tálamo nupcial, descubrió un sobre sellado con el gráfico de la orden de las Marianas – orden religiosa dedicada al cuidado de las señoritas de la ciudad- en donde venía detallado su nombre de pila – pensó fueran algunas bendiciones al imperio…-

¡lo abrió con tiento y cuidado! y al leer se quedó pensativo… ¡tomó la carta y la puso en su frente!…

… ¡y lloró profundamente!

Continuará…

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