Luis Núñez Salinas

Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Semana Santa de 1973

            Hoy en día amable lector, varias personas me han preguntado ¿Cómo era la cuaresma cuando eras niño en Querétaro?, en especial mis hijos.

                  La cuaresma en sí se vivía con un fervor especial, se respetaba en mucho los viernes, tanto en la abstinencia, como en el ayuno.

                  Cualquier institución, pública o privada, era cercana al respeto de una ciudad pequeña, todos nos conocíamos, desde los más popis, hasta los más pobres, debido a que se asistía a las mismas escuelas.

                  Así que nuestros papás, si no eran el doctor de una familia, eran los abogados de otra, o el maestro de uno más, o la de la tienda era la prima de tu papá, y así todos estábamos conectados.

                  Es semana santa de 1973.

                  Querétaro es una población pequeña, según el letrero de la carretera a San Luis Potosí, 339 mil habitantes.

                  Su colindancia establecía, Avenida Universidad hasta el barrio del Tepe y de la Estación; hacia la Cruz, hasta Avenida Circunvalación, en el sur, se llegaba hasta la colonia Cimatario – y ya era lejos- y en el lado del cerro de las campanas, hasta el bosque que había, entre el Tecnológico regional de Querétaro y el propio cerro.

                  La Universidad Autónoma de Querétaro no tenía bardas en su C.U. y en el cerro de las campanas, se llevaba a cabo la feria de diciembre.

                  Hércules gozaba de un esplendor, con su cine teatro, una verdadera joya, incluso una de las mejores salas de proyección.

                  En en centro histórico, tres grandes comercios hacen gala de su esplendor, La calabaza, una cafetería del Sr. Ocejo, La Ciudad de México -algo así como una tienda cosmopolita-, porque traía a Querétaro lo que le pidieras de la Cd de México, y la RCA Víctor, encargada de surtir las consolas de todas las casas de Querétaro, marca Stromber Carlson.

                  Los cines son el Alameda, famoso por sus matinés en los domingos, con películas del Santo y Capulina.

                  El Reforma, un enorme cine de dos pisos, en donde los ricachones se iban abajo, al numerado y nosotros los pobres, arriba a la “gayola”.

                  Como olvidar el vaso de “pecsi” de cera y las palomitas, que la mitad de la bolsa eran de la semilla del maíz, sus respetivos toblerones, pasitas de chocolate y las lenguas de gato.

                  Al pasar la chiquillada que salía de las escuelas que rodeaban el centro de Querétaro, era la aventura ir a ver los desnudos de los carteles de los cines, que anunciaban las películas de ficheras, de tal modo, que en la mañana encontraban esos carteles con tiritas de papel puestas por mis tías, que tapaban tan “bochornoso” espectáculo, y por la tarde noche, el dueño del Reforma quitaba las tiritas, así cada día.

                  Otro cine de gran magnitud era el cine Plaza, en frente de San Francisco, un hermoso centro arquitectónico, igual de dos pisos, con una elegante escalera neoclásica, con pisos rojos y hermosos acabados clasicistas en su fachada.

                  Los negocios de corregidora, como la Ford, las dulcerías como la colmena, de Luisito González, las jugueterías como el Iris del Sr. José Antonio Gutiérrez, quien por cierto cabe hacerle un gran honor, debido a que por muchos años, fue el único surtidor de materiales de fotografía de Querétaro.

                  En su famosa tienda de Foto deportes, junto al Reforma, don José Antonio, un excelente empresario de la fotografía, fue de igual manera fundador de Plaza de las Américas, allá en aquellos años en donde esa plaza, era lo más “naiz” y participante de la CANACO, en aquellos tiempos donde se hacía su gran sorteo.

                  La tienda de la Popular de Don Pepe Sosa, amigo y maestro entrañable de un servidor, y director de conta, de mi hermano el mayor, tienda en donde todos los niños de Querétaro, sin excepción, íbamos a los “escauts”.

Y don Pepe Sosa visionario de los sombreros, ubicado en Juárez, al otro lado de la RCA Víctor, casi llegando al Teatro de la República, frente a la panadería la Vienesa, ofrecía todo lo referente a esta actividad del escultismo, desde las cachucas de lobatos, los sombreros de tropa, uniformes e insignias oficiales.

                  ¡Hubo épocas que hasta las casas de campaña te conseguía!

                  Ir a la leche bronca para comprar dos litros, en los entrañables y útiles “topers”, que vendía la Sra Chelo a mi señora Madre Olivia Salinas, allá por la calzada, no sin antes ir a aventarle piedras a los cristales de la tienda de los Ruiz, una telería llena de gatos, y formarnos toda la chiquillada, para que nos vendieran la leche, y “onde” no alcanzaras leche, ¡así te iba!.

                  Luego te regresabas haciendo malabares para que no se te cayera, cuando de repente algún chiquillo vecino ya había corrido y no se le caía la leche, y ahí iba yo, corriendo para que no me ganara.

¡Claro! se vaciaba media cubeta, y si se veía muy vacía, ibas a la fuente de Neptuno y le rellenabas un poquito con agua, ¡igual! Decía mi hermana Oli, ¡se va a hervir!”

                  Luego mi Mamá, muy preocupada, me decía: ¡Que raro no hace nata la leche!

                  Existían tres zapaterías fuertes, Candelas y la Canadá, luego llegaron los 3 Hermanos, los ricos iban a candelas, donde había un viejito que vendía carritos, la Canadá era para la muchachada, y los 3 hermanos como para entrar a clases.

                  La comercial mexicana estaba en Zaragoza y allende, cerca del mercado Escobedo, era una tienda sencilla, hasta media pobre se veía, pero unos años más tarde, se lució con su plaza comercial mexicana, allá en Zaragoza y tecnológico, en donde decían los señores grandes, había un restaurante de chabelo.

                  El bullicio era en plaza de armas, rodeado de un empedrado todo el cuadro, debido a que eran calles, aún no existían los andadores, y las zonas de las “chicas malas”, estaban cercanas a las vecindades que estaban en la plaza.

                  Múltiples casonas abandonadas, deterioradas, e inclusive, casi a derrumbarse, daban asilo a cientos de familias que vivían en ellas, ya acondicionadas como vecindades.

                  Las tiendas de estambres del Sr. Oseguera, la güera con su diablito -una señora con algún problema emocional, que vendía ropa, y tenía desviada su columna- pero que siempre iba muy arreglada jalando un diablito de mercado y si le hacías una broma (que no me gustaba) te gritaba improperios finalizando con la frase: ¡Hijos de la villa de París…! otra tienda importante de Querétaro.

                  Lo churros y las mil donas de Ezequiel montes, el jacarandas, que era la fuente de sodas de los adolescentes, el apache, otra hamburguesería, ¡como olvidar el restaurante Borja! Junto a la salida de Zaragoza y la carretera a San Luis Potosí.

                  ¡Así era Querétaro!

                  Bueno, pues en semana santa, todo, y digo ¡todo! Se cerraba, no se abría durante las dos semanas, ni la semana santa, a donde todos nos íbamos a los templos, ni la de pascua, ¡todos a estar en los oficios del fin de cuaresma!

                  Hasta el menú variaba esos días.

                  Lentejas, habas, filetes de pescado, comprados en el mercado de Hidalgo, arroz blanco, agua de cuaresma, preparada por mis tías, que era agua de betabel con lechugas y rodajas de naranja.

                  Hacían tanta que usaban una cubeta para que nos alcanzara a todos.

                  El postre, la capirotada, hecha con el bolillo duro de todo el mes, pasas, queso y bañados con jarabe de piloncillo… ¡no sabía nada mal!

                  Luego salían con una ensalada de melón, aguacate, capulines, lechuga bañada en aceite de olivo y epazote.

                  Y nos decían: ¡No coman tantos capulines que hacen daño!… y respondíamos: ¡Entonces para que nos dan!

                  Al llegar el jueves santo, ¡todos a la calle!, la visita de los 7 templos, pero lo importante era ir a los puestos del centro de la ciudad, guajolotes, patitas de puerco para cenar, enchiladas, y lo más rico, charamuscas.

                  ¡Miles de charamuscas! De colores, de sabores, chicas o grandes, brillosas.

                  Comprarme un gorro de romano de cartón, un caballo de cabeza de cartón y carrizo y mi espada de centurión, que me hacía sentir un verdadero héroe de la películas de cuaresma.

                  El viernes a la procesión del silencio… y el sábado de gloria:

¡A mojar a los tíos en la casa! … E irnos a nadar al jacal… ¡todo el día!

El domingo a misa…

                  Que importante acordarnos de todo lo que hemos hecho, ahora que estamos en cuaresma, y preguntarnos:

                  ¿Qué hago para que la cuaresma sea inolvidable a mis hijos?

Luego entonces amigo lector, no nos quejemos del México que estamos viviendo, porque en ello nos quede claro: ¡Tenemos el País que queremos!.? Esa es mi apuesta, ¡y la de Usted?…

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Twitter: @LuisNSDG

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