Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Palacio de Bucareli

El empresario algodonero Feliciano Cobián y Fernández construyó su casa en la ciudad de México, en las calles de Atenas esquina paseo de Bucareli – como el Virrey- allá por los años de 1902, un edificio que daría lustre, no solo al éxito de la familia del comerciante -quienes habían decidido trasladarse a la ciudad más hermosa del país, venidos de la Laguna, en Torreón Coahuila- sino a sus más excéntricos gustos… ¡las mujeres!

El arquitecto de dicho edificio, Emilio Dondé, recién amigo del heredero de una familia de banqueros en México, Don Feliciano mismo, le indicaba acerca de los estilos y las tendencias europeas, en la construcción de predios civiles, en zonas urbanas de alto estilo estético, y los parámetros a cumplir, en lo que a futuro sería – decía el arquitecto- una de las zonas con mayor plusvalía.

¡El paseo de Bucareli! – ía mientras le servía un coñac- mi señora es buscona y liosa…

El arquitecto afamado por su honradez y valía en los círculos altos del país hizo una mueca de desagrado.

– ¡ande! no se me haga mucho del rogar, que si no se puede… ¡busco otro y ya!

Emilio Dondé aceptó, pero en la forma y registro de los planos en la ciudad de México, ¡sí avisó de los espacios ocultos!, aunque a Don Feliciano nunca se lo mencionó.

-… ¡qué diablo de cabrón este Arquitecto Dondé…! – pensó Luis Echeverría Álvarez.

Mientras leía el reporte de la oficina de infraestructura de la Secretaria de Gobernación, acerca de las instalaciones y planos del palacio de Bucareli o Palacio de Cobián, como mejor se le conocía, a la sede de la secretaria, una vez que se descubrieron tres salones llenos de lujos y excentricidades.

En ese reporte ensimismado estaba, cuando el General Marcelino García Barragán, secretario de la defensa nacional, le da el santo y seña de la orden dada:

– ¡Señor! el batallón de fusileros paracaidistas entró por el barrio universitario y destrozó la puerta del edificio de la preparatoria nacional uno, en San Idelfonso, se detuvieron 900 estudiantes, y logramos tener el poder de la prepa dos y la tres…

– ¿los demás 10 batallones en dónde están?

– ¡distribuidos estratégicamente para levantar las barricadas!, ellos han tapado las calles con carros, maderas, puertas y escritorios. En Zaragoza y Pino Suárez, así como San Antonio Abad, los enfrentamientos han sido sólidos y la resistencia está armada.

– ¿civiles caídos? –

Le entregó un sobre de color amarillo claro, manchado de grasa de automóvil, con firma de varios capitanes y el sello de milicia, que daba el dato exacto de los muertos en los enfrentamientos con estudiantes, la madrugada del 30 de julio del 68, en el barrio universitario del centro de la ciudad de México.

-mmm… ¡está bien!

Saludo militar y se retira.

– ¡espere General!… ¿a dónde se llevaron a los pinches rijosos?

– ¡eso solo se lo hacemos saber al presidente Sr secretario!

– ¿y a mí por qué no?

– ¡no tengo otra orden que contravenga lo dicho señor…!

Cuando se retiró de la sala del palacio de Bucareli, este despacho de estilo neoclásico con columnas de remate jónico y corintio, en donde un gran escritorio de caoba negra es el centro del estudio, Echeverría le mentó la madre entre dientes.

El rector de la UNAM, Javier Barros Sierra, hombre elegante, completamente dedicado a formar jóvenes, de tez arrugada y ya tirando canas, es tal vez el catedrático de mayor distinción del movimiento, porque ayuda con dinero propio la causa, y su familia, trae y reparte comida a los estudiantes en guardia.

¡cómo lo hacen cientos de progenitoras! que se mueven en la clandestinidad, en la línea de fuego misma.

Barros Sierra fue despertado a las 5:18 am en su oficina de rectoría… con gritos y empujones de alumnos de la preparatoria -unos 13 chicos que no rebasaban los 17 años- el traje azul oscuro de varios días de puesta, no solo denotaba el descuido, sino la preocupación.

– ¡Tomaron las prepas! – le levantaban la voz.

– ¿Cuantos chicos perdimos…? – preguntó el Ing. Javier ante el miedo de saber de extremas muertes.

– ¡no sabemos! ¡pero se llevaron a miles!  – mencionaba el joven de Culiacán, el aspirante a ingeniero Civil Luis Dávila… nervioso y espantado.

Llegaron pelotones armados… con una bazuca… ¡todo explotó en mil pedazos!, dañaron el edificio, se llevaron a nuestras compañeras, ¡no sabemos nada!

– ¡pinches pelones…! ¡lo sabía! ¡las chicas!… ¡es un tesoro colonial! – sentenció el rector.

Tomó a los chicos y los metió a rectoría, observó que muchos de ellos no habían comido en días, les ofreció un cucurucho grande de galletas de animalitos, en papel estraza, – para que se las repartieran- que previamente su esposa le había hecho llegar.

Un poco de leche y café, todos pasaban el pocillo con café frío -como recordando esas imágenes del holocausto alemán-

¡así se respiraba el ambiente!

Los estudiantes el 29 de julio – un día anterior- habían asaltado al sistema de transporte urbano de la ciudad, ¡más de doscientos camiones!, bajaron a los ocupantes, y con el diesel, hicieron los cocteles molotov, que eran la pesadilla del ejército nacional, muchos heridos y quemados de los soldados, inclusive fallecidos después en los hospitales de la milicia.

Los disturbios de mayor violencia fueron en las calles de Bucareli y Emilio Dondé, miles de estudiantes de las prepas, de las vocacionales y de universidades particulares, alzaban la voz para pedir la renuncia de quienes lideraban las fuerzas armadas, las policías de la ciudad y exterminar al grupo de granaderos, que reprimían estudiantes y violaban a las mujeres, respectivamente.

A la vez, el grupo de visores de las olimpiadas de México 68, con sede en Lausana Suiza, enviaban constantes telegramas a presidencia de la república, reportes a la sede próxima -que en 1965 le otorgó por primera vez en la historia de las justas deportivas, a un país en vías de desarrollo y latinoamericano: México-

En constantes ocasiones, Suiza le había solicitado al presidente Ordaz, le comunicaran que no habría riesgo alguno, para llevar a cabo la justa, o mejor de plano suspenderla.

El presidente les informaba:

Simples desatinos de jóvenes entusiastas y hasta emocionados con las olimpiadas, es cosa de dialogar y mantener un puente de prerrogativas, estén tranquilos, la justa olímpica se desarrollará sin problema alguno… ¡doy mi palabra!

Los noticieros fuera de México mostraban otra cosa, las escenas de los periodistas que alcanzaban a sacar material fílmico y fotográfico de contrabando, por Veracruz y por las fronteras sur y norte de nuestro país, mostraban una ciudad en caos, incendiada, miles de jóvenes en las calles, con exigencias no escuchadas, pancartas y constantes enfrentamientos entre militares y estudiantes, los últimos, no mayores a 20 años.

Ante este caos, una pandilla de estudiantes que se denominaron “los nazis” ofrecían a los comerciantes del centro histórico, protección para que la “horda” estudiantil no arremetiera contra ellos, a cambio de una módica cantidad.

Este tipo de pandilla hizo sospechar a los encargados de la inteligencia federal, que se estaba gestando un mando estudiantil comunista militarizado único, que, reclutaba a hombres y mujeres para un levantamiento social, y hacer una revolución y perpetrarse en el poder, viendo ejemplos de Cuba y la URSS.

¡así le llegaban los reportes al despacho del presidente!

La Dirección Federal de Seguridad, dirigida por Fernando Gutiérrez Barrios, hizo escrutinios en cada uno de los estudiantes que atrapaban, los golpeaban y los torturaban para sacarles información.

Las aulas de todas las prepas presentaban signos de balaceras, los casquillos eran barridos por los propios estudiantes y se quedaban exhortos de contar cuantos, los que eran guardados en latas de chocolate en polvo, no hubo manera de transportar tantos casquillos que se encontraron.

Tan solo la toma de las prepas y el arresto de más de mil estudiantes habían colmado la paciencia del rector de la UNAM; que alzó la voz en una total nostalgia y tristeza, una vez que un militar atrapado por los estudiantes, había dicho el número de estudiantes muertos, en esa misma madrugada del 30 de julio.

El mismo día de de julio del 68, la UNAM izó la bandera nacional a media asta, en señal de duelo.

¡la fotografía le llegó al comité organizador de los juegos olímpicos!

Díaz Ordaz estaba más que aturdido y cegado por la ira.

– ¡Pinches comunistas…! ¡hijos de su…¡¡debemos pararlos en seco…!

Le acompañaba en la zona del desayunador de los Pinos, el secretario de Gobierno el Lic. Luis Echeverría Álvarez, un antipático y sorpresivo mano derecha del presidente.

– ¡Lee esto mi querido Luis!, es el aviso de la probable cancelación de la justa olímpica, este documento lo debo de quemar, o esconder, debemos de dar otra imagen internacional, ¡esto ya es un desmadre…!

– ¡pero vamos Sr. presidente! son unos simples y rijosos estudiantes, ya con lo del martes pasado – 30 de julio- los vamos a calmar.

– ¡eso espero! y deseo dejarte claro cabrón, una cosa…: ¡si no hay olímpicos! ¡tú no tienes candidatura…!

La presión arterial se le subió a Echeverría… y alcanzó a llamarle por teléfono a su asistente:

– ¡Marcela por favor, indíquele al secretario de la defensa Marcelino, que urge que me vaya a ver a Bucareli…!, que tomo mi auto y allí nos encontramos… ¡ya!

– ¡Sí Sr. secretario!

En la cabeza del general Marcelino García Barragán, secretario de la defensa, aún resonaba la oferta del embajador norteamericano en México, Fulton Freeman, acerca de realizar un levantamiento y dar golpe de estado… en lo que sería la operación Galeana… fechada para el 2 de octubre del 68.

¿Qué me cuentas a mí que se tu historia?

Luego entonces amigo lector, no nos quejemos del México que estamos viviendo, porque en ello quede claro: ¡Tenemos el País que queremos!? Esa es mi apuesta ¡y la de Usted?…

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