Carlos Álvarez

CONTRA PODER

Debate presidencial: perdimos todos

¿Por qué hago esta afirmación? Fueron entre 11.4 millones (según el INE) y 13.7 de personas (según Nielsen Ibope) que vieron el debate en televisión, sumados a los 4.8 millones que lo vieron en Facebook y 885 mil que lo visualizaron en YouTube. Aunados a los que lograron que el hashtag #DebateINE se convirtiera en tendencia a nivel mundial, con más de 2.1 millones de tuits.

Estos números no son poca cosa, pero tampoco son una victoria para la democracia. La lista nominal de 2018 está integrada por 87 millones 838 mil 148 personas -el total de ciudadanos que cuentan con credencial de elector vigente y podrán emitir su voto este año-, es decir, alrededor de 70 millones de personas NO estuvieron interesadas en el debate presidencial.

Sí, ya sé que fue un domingo por la noche y muchos a esa hora prefieren ver una película o serie en familia, o preparan sus asuntos y/o cosas para el resto de la semana. Pero también hay que ser honestos: el grueso de la población ya está harta de escuchar a los políticos, a sus mentiras, sus cantinfleos, sus falsas promesas, su demagogia, su virulencia, su cinismo, su falta de memoria, sus contradicciones y sus engaños.

La frase más común, en cualquier charla, de cualquier círculo social, de cualquier contexto y/o circunstancia que derive hacia un tema político, es: “todos son iguales”. Y puede que sí los sean. El pasado domingo vimos a un López Obrador poco preparado, como no interesado en lo que tenía que decir al electorado; reiterativo; evasivo; sin propuesta; anquilosado; cerrado; corto de visión.

Vimos a un Ricardo Anaya, que sí se preparó, que debate bien, pero que cuenta con poca credibilidad. Que se la pasó atacando, más que proponiendo; que se enfrascó en varias discusiones estériles y que desperdició su oportunidad de marcar la diferencia. La prueba de que no ganó el debate es que ahora quiere un cara a cara con López Obrador, lo que obvio, el de Morena no aceptó.

Vimos a un Meade Kuribreña sin ángel; sin conexión con el electorado; sin orgullo político; avergonzado del pasado y el presente del partido que lo que postuló; sin poder desmarcarse del presidente Peña Nieto; sin querer criticarlo, ello aunque tuvo varias oportunidades de hacerlo. En síntesis: un muy mal candidato para el reto que significa, para el PRI, salir del descrédito en el que se encuentra.

Vimos a una Margarita Zavala sin conectar con el electorado femenino, ese que se pensó podría ser su fuerte; a una ex primera dama que no logró convencer que su candidatura no es el proyecto de reelección de su marido; que se pasó de decibeles cuando quiso cerrar su discurso; una persona que no es una buena oradora; que no pudo desmarcarse de las secuelas de la guerra de Felipe Calderón.

Y vimos a un “Bronco” haciendo su papel: el de distractor; el de un showman que dice y propone lo más absurdo; un personaje que fue al debate presidencial a robar tiempo; que debatió por debatir, sin una idea clara de nada; que es una vergüenza para los mexicanos que no pertenecen a ningún partido, y que luchan por la vía independiente, esa a la que el INE le puso mil trabas (ejemplo: Marichuy).

Este domingo 22 de abril que pasó, perdimos todos. Sí, porque dejamos pasar la oportunidad histórica de marcar la diferencia. Una generación más siente la decepción de ver a una clase política que no se renueva. Una generación más ve a sus probables representantes con recelo, con dudas, con miedo. Una generación más se decantará “por el menos peor”, “por el menos malo”, “el menos ratero”, o de plano, el que le convenga en lo personal para obtener trabajo o contratos gubernamentales.

Esta es nuestra triste realidad. La de una sociedad que cada sexenio renueva su esperanza, de que alguien sensato, honesto, capaz y valiente, llegue a gobernar este país. Muchos pensamos en el 2000 que esa persona sería Vicente Fox, y vean ahora los resultados de aquella aberración. La alternancia democrática echada a la basura.

Y al parecer vamos a seguir esperando. Un Kumamoto, quizá un Clouthier, quizá algún héroe sin capa, hasta ahora desconocido, que llegué en los próximos años. Quizá. Por el momento no nos queda más que seguir votando, participando, empujando -como bueyes en carretas- a este país para adelante. Porque, ¿en serio creen que en el segundo y en el tercer debate algo va a cambiar? Yo no.

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