Luis Núñez Salinas

LA APUESTA DE ECALA

Fin del cuento de Navidad

Para el 21 de diciembre de 1810, días previos a la navidad, Hidalgo ya ha pasado por retos importantes dentro de su estadía en Guadalajara, el día 6 la abolición de la esclavitud, el 15 responde a los cargos de la Inquisición que lo acusan de herejías, y el 20 se dedica a sacar a los falsos insurgentes de su ejército.
¡Han sido jornadas incansables! llenas de problemas y resquicios de eta comanda, en la cual se ha metido a voluntad propia, y que le permitirá hacer historia y mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas.
En estas convulsionadas fechas, aún le resuena en la cabeza aquella petición del capitán de Querétaro, quien resguarda la plaza, acerca de lograr regresar a la parte de sus ejércitos que concierne, para que pasen las fiestas decembrinas, en especial la navidad.
– ¡Estamos en guerra! – pensaba disciplinado, y daba un dejo de molestia por tan abrupta petición.
Sus actividades oscilaban en la escritura de permisos, contestaciones a diferentes prospectos para lograr financiar sus ejércitos, algunas peticiones al extranjero, entre ellas a los norteamericanos, permisos y expulsiones de algunos desordenes de sus tropas.
La disciplina y el control debe ser reacio y a estas alturas, los peninsulares están aprovechando cualquier rendija para penetrar sus campos y lograr ganar las batallas.
Es el diciembre de 1810, tal vez una de las fechas de mayor complejidad para lograr sostener el levantamiento armado en contra de la corona española, inspirado en infinidad de abusos a que fueron sometidos los nativos de estas tierras, y en donde todo ha sido masacre y muerte.
¡Tiempos difíciles se avecinan! ¡peores de lo que ya se ha visto!, aún le resuena lo sanguinario de su encuentro en Guanajuato, que le marcó tal vez, por ser una guerra de desquite, de desorden de brutalidad y salvajismo, recreando épicos encuentros, ¡muchos de los recelos históricos se vieron en esas batallas!
Nuestra heroína Bety, ella tiene 9 años y es muy trabajadora, pero tiene una pequeña dificultad ¡no ve bien!, una ceguera extraña que le hace ver todo borroso a cierta distancia, le hace tímida en su conducta, pero cuando ya se sabe el camino, nada le para y es ¡alegre como ninguna!
Se acerca al sillón en donde el Capitán Rafael De Gonzaga y Logro, quien está a cargo de la plaza de Querétaro, lee con atención la segunda respuesta a su misiva al Generalísimo Hidalgo, y siente el dolor de espalda de la preocupación, ver a la ciudad en ruinas, abandonada y la gente sin tener que comer.
¡Vil pobreza!
– ¡No me ha contestado capitán acerca de si conoció al hombrecito de los guantes blancos! ¿sí lo recuerda? – le increpó Bety.
– Pasé penurias por tratar de olvidar este capítulo en mi vida, costó años de ser atendido por doctores de las emociones, ¡no voy a regresar a esos tiempos!, aunque tu pequeña, ¡disfrútalo si lo crees verdadero!
El capitán se tocaba nervioso, alterado, ¡hasta grosero! ¡las noticias no son buenas y la ciudad fallece de hambre y desolación!
Ya había recibido por parte de Abasolo, contestación de sus cartas, en donde solo desea que las familias queretanas ¡católicas todas! tengan un trozo de alegría, en esta ya de por sí tumultuosa ciudad, llena de saqueos y en búsqueda de que llevarse a la boca.
Tratando de ya no ser mal encarado con Bety, y aleccionándola a aprender a leer – con sus primeros párvulos- el capitán no deja de pensar en su amigo pequeño de la infancia, el hombrecito de los guantes blancos, a quien creyó falso y construido por su imaginación, pero que ahora repite su presencia con la niña.
– ¡Dime Bety! – tratando de ser cercano – ¿comiste muchos dulces y pastelillos con mi amigo?
– ¡no que no era su amigo! ¿si lo recuerda verdad?
– ¡un poco no lo niego!, pero dime, ¿qué fue lo que más te gustó?
– ¡las manzanas cubiertas de rojo caramelo! ¡fueron mis favoritas!
– ¿probaste los flanes de queso y las jaletinas transparentes?… ¡fueron las mías!
… en ello platicaban cuando un estruendo de grandes proporciones se escuchó por toda la ciudad!
¡Metralla!
Cañoneos constantes atacaban a la ciudad, por el lado del barrio de San Sebastián un grupo de soldados de la corona ¡tratan de tomar la ciudad de Querétaro!
¡El capitán sale de pronto de su casa y se dirige al cuartel! ¡a todo galope! en donde ya varios de sus soldados están esperando las órdenes, en respuesta al ataque que de improvisto.
– ¿cuantos activos hay en la ciudad? – preguntó a su capitán segundo.
– ¡no más de mil!
– ¡a todos reúnalos y síganme para lograr llegar al río y que no pasen de allí.
Enfilaron lo más pronto posible hacia el río, que se miraba caudaloso y con rápidos, no tan fuertes como en primavera, pero el caudal era alto.
– ¡Les llevará un rato pasar par ingresar a la ciudad! ¡demonios! si tan solo tuviéramos un cañón que resguardara la ciudad.
¡Todo el activo estaba listo! un puñado de simples campesinos, carpinteros, herreros y sirvientes, se preparaban para tan desventajosa situación, ¡era lo que había!
Del otro lado del río se miraba como el ejército de la corona masacraba a los pocos y débiles, que resguardaban aquel flanco, dejando claras las intenciones de tomar la ciudad y volver a fincar la tiranía peninsular.
– ¡Si pierdo la plaza se volverá a fortalecer el ejército peninsular! – rezaba el capitán. – ¡vamos señores una carta a Don Hidalgo! y ¡que parta el correo pronto y veloz! – ordenó.
Una misiva salía hacia Guadalajara, ¡difícil que llegase! Pero era la única forma de hacer saber las condiciones de la plaza.
Como era de esperarse -en la madrugada, aún antes de salir el sol- la cargada del ejército de la corona arremetió contra la unidad que resguardaba el lado norte de la ciudad, atravesando el río con prontitud.
¡instantáneo y feroz combate se dio!
El choque de expertos en fusilería y lucha cuerpo a cuerpo, contra simples trabajadores del oficio, llenó de sangre el río, ¡cruenta y letal grieta se abrió en la ciudad!
¡la calle cercana al río cedió!
Ingresaron las tropas de la corona.
La retirada del pequeño ejército insurgente, que custodiaba la plaza de la ciudad, fue momentánea, ya en las cercanías al conjunto franciscano, lograron repelerles un poco de tiempo más, y las bajas de los peninsulares fueron altas, aunque no tan letales como la de quienes resguardaban la ciudad.
El capitán Rafael, se encontraba herido de una pierna por la metralla, y el desangrado era inminente.
¡La vida propia corría peligro! pero aún más… ¡la plaza podía ceder! – eran sus máximas preocupaciones.
Las horas próximas eran ya el presagio de la caída, la ciudad sería tomada por la corona, quienes tenían la ventaja en las acciones de la milicia, por su alta experiencia.
Desilusionado y herido, el capitán Rafael, estando ya en su cuartel, escribía pronto reporte a su mando superior, el mismísimo Hidalgo, acerca de las condiciones de la plaza: – … ¡tristes presagios han caído hoy su excelentísima… – comenzaba la misiva.
Su delirio por la pérdida de la sangre – a pesar de los torniquetes- le hacían variar entre estar cercano a la realidad, o pronto a sus sueños y memorias.
¡no distinguía entre ellas!
A su lado, Bety le cuidaba y trataba de limpiarle la herida… él la miraba paternal y agradecido.
– ¿Qué será de ti chiquitina?
– ¡Calma capitán se repondrá y logrará salvar a la ciudad!
… ¡una mano con un guante blanco le arrebató su canasta!… Rafita, al no poder ver bien, solo sintió que lo jalaban y le hacían ver que corriera.
¡Pero no soltó su pequeña espada de juguete!
– ¡corre y no te sueltes!
FIN

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