La pasión de silenciar

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La pasión de silenciar

POR: AUGUSTO ISLA 

John maxwell Coetzee, el escritor sudafricano, galardonado con el Premio Nobel en 2003 por novelas como “Desgracia”, también escribió magníficos ensayos, entre ellos “Contra la censura” cuyo subtítulo adopto esta vez “La pasión de silenciar”, justamente para festejar los ocho años del periódico “Plaza de Armas”, sobreviviente de las lanzas severas de un gobierno nada respetuoso de la libertad de expresión, intolerante y autocomplaciente, que se ha sentido ofendido por menudencias que no cabrían en una vida pública civilizada.

Por supuesto que lo sufrido por Coetzee fue mucho más grave, pues trátase de un Estado totalitario, amén de discriminatorio en aquellos años del Apartheid. Y sin embargo, esa paranoia que caracteriza a los regímenes dictatoriales no deja de presentarse en la sociedad democráticas como una patología de gobernantes inseguros, en extremo sensibles y, por ende, propensos a vigilar la escritura o el dicho de quienes, como los periodistas, le dan voz a la opinión pública.

Dialogar con gobernantes tan poco racionales, es casi imposible. Aunque no censuran directamente, inhiben la libertad de expresión. Lo cual es también una forma de censura. Y como sostiene Coetzee: “trabajar bajo censura es como vivir en intimidad con, quien no quiere ninguna intimidad pero insiste en imponerle su presencia”. Aquí la intimidad significa comunicación, generosidad, librarse de ese purito de desaprobación; en fin, intromisión en el ejercicio de una libertad que ennoblece la sociedad que se gobierna.

Nada hay más mezquino que la pasión, ‘triste’ diría Baruch de Spinoza, que silencia las voces cuya verdad no compartimos. La verdad no es obstáculo, pero encarar la verdad del otro exige poco de humildad, un sentido del tiempo del poder, mucho más efímero de quien ejerce el poder, apenas por un instante.

Tener el valor de decir la verdad es valioso como la entereza para aceptarla.

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