A estas alturas debo ser uno de los pocos –por lo menos en mi ámbito– que no han visto la película “La Odisea”, de Christopher Nolan. No me justificaré al respecto, porque lo primero que me impidió verla fueron la masiva demanda de entradas y los horarios inconvenientes para mis rutinas; pasados algunos días, tampoco me siento obligado a verla de inmediato para desmentir, condescender o coincidir con las númerosas críticas que he leído de esta cinta (metonimia con la que estoy muy encariñado, puesto que las películas desde hace tiempo ya no son cintas, puesto que no usan rollo para filmar y todo lo que tenemos son discos duros de memoria repletos de formidables escenas resueltas en buena medida por la inteligencia artificial. Pero ese es otro tema).
Aun sin verla, noto en muchos de los comentarios que he leído buena parte de prejuicios, vicios y, en ocasiones, una falsa e insoportable ortodoxia que a muchos, pretendiéndose lectores consumados de este poema épico, se les da de manera gratuita.
El impulso más elemental que expresan en sus comentarios es dictaminar sobre qué tanto la película consigue recrear el clásico griego. Al no encontrar fidelidad alguna –o toda la que ellos desearan–, concluyen que la película es nefasta y hasta abusiva. Está corriente crítica que tiene montones de partidarios espera siempre que la literatura sea respetada puntualmente, que ningún director o actor se tomen licencias para representar tal escena o personaje, y que el texto no sólo sirva como guía fundamental, sino sobre todo como guión.
Esto suele ser, como sabemos, una pérdida absoluta de tiempo, justamente porque –perdón por el lugar común, comúnmente ignorado– el cine y la literatura son dos lenguajes distintos. Pero lo más fastidioso de todo es que justamente quienes le exigen al cine representar cabalmente una obra literaria son los que repiten esto hasta la saciedad. En su ambición crítica ellos dicen conocer perfectamente la diferencia, pero sólo esperan encontrarse con la película perfecta que llevó a la pantalla de forma impecable su novela favorita.
Y es cierto que hay películas que sirven de ejemplo a este respecto. Pienso, por ejemplo, en “Los restos del día”, la novela de Kazuo Ishiguro que fue espléndidamente adaptada por el director James Ivory y que contó con las memorables actuaciones de Anthony Hopkins y Emma Thompson. Pero eso no ocurre frecuentemente. También a cierta crítica siempre le viene mal ese género de películas inspiradas en una obra literaria, por ejemplo, “Apocalypse Now”, de Francis Ford Coppola, que remite directa pero no puntualmente a “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad. Creo que lo que más hay que celebrar de esta cinta (que todavía lo era, y de 35mm) es la distancia que guarda con la obra de Conrad y, aún así, la evidente deuda, perfectamente bien saldada, con esta.
Otra parte de la crítica se ha decantado por observaciones que oscilan entre lo técnico y lo supestamente artístico. No les ha gustado que “La Odisea” de Nolan sea la primera película filmada totalmente con cámaras de película IMAX de 70 mm, ni los trajes de los soldados del buen Ulises, ni diversos efectos que han denunciado como ajenos a la sacrosanta épica que Nolan debió respetar. Pero se olvidan que cada tanto es válido refrescar el conjunto de lo que se nos ofrece en la pantalla; y toca al director (más si es como Nolan) utilizar todos los nuevos recursos disponibles para alcanzar mejores y sorprendentes efectos visuales.
Esto puede resultar chocante para muchos de mi generación, que crecimos todavía al grito de ¡Cácaro!, pero evidentemente con el paso del tiempo las novedades traídas por Nolan serán vistas de otra forma.
Por si acaso, vale la pena recordar que un sinnúmero de películas que hoy consideramos imprescindibles fueron ninguneadas por los “conocedores” por cosas como las que he referido. “El resplandor” de Stanley Kubrick (que según la crítica dominante al momento de su estreno pecó por alejarse del libro de Stephen King y por haberse buscado a un loco “sobreactuado” como Jack Nicholson para interpretar el papel central); o “Blade Runner”, el icónico filme de ficción de Ridley Scott, cuya taquilla fue un desastre a la par de los comentarios “especializados”, que no le perdonaron la “lentitud” de sus secuencias (la llamaron “Blade Crawler”) y, desde luego, los efectos visuales que les resultaban excesivos.
Ir a ver la película de Nolan después de tantas carretadas de mala crítica es, en sí mismo, otra odisea. Y justo por eso creo que vale la pena.
@ArielGonzlez
FB: Ariel González Jiménez






