Roberto Antonio Velázquez Nieto y Gabriela Cabrera Herbert
Si la historia del fútbol concluirá en éxito o fracaso. Las estrellas mundialistas lo determinan por lo pronto. Habría que dejarse llevar por el hechizo del niño Messi que desafía cerrojos, dictámenes médicos, impaciencia de adultos, la ceguera de los sabios. Y que con el balón en su poder es capaz de trastornar, simplemente, al más loco de los mortales.
Poco antes de jugar su primera final, Lionel Messi se quedó encerrado en un baño. El niño que no podía ser detenido por defensa alguno se enfrentó a una cerradura averiada. Faltaba poco para que comenzara el partido y Leo aporreaba la puerta sin que nadie lo escuchara. El trofeo de ese campeonato era el mejor del planeta.
Otro hubiera cedido a las lágrimas y la resignación, otros más habrían agradecido no tener que demostrar nada en el campo. Leo rompió el cristal de la ventana y saltó hacia fuera. Llego a la cancha con la seguridad de quien no puede ser detenido. Anotó tres goles en la final. El genio tenía su bicicleta.
El destino de Messi ha ocurrido al menos dos veces. Hijo de Celia y Jorge, nació en Rosario, el día de San Juan de 1987, pero antes fue prefigurado en las tertulias del café del Cairo, y más precisamente en la “mesa de los galanes”, presidida por el maravilloso dibujante y escritor Roberto Fontanarrosa. Argentina es una fábrica de talentos futbolísticos que previamente son imaginados por los hinchas más verbalizados y fabuladores del mundo.
Leo debutó en el equipo del barrio, el Grandoli. Más que goleador, la pulga era un enganche, es decir un vendaval que limpiaba el campo de adversarios para que otro se encargara, históricamente vulgar en Argentina de meter el gol.
En unos años, la mayoría de edad coincidió con su maduración futbolística. En 2005 cumplió 18 años, fue nombrado mejor jugador del Mundial Sub-20 y anotó su primer gol con el F.C. Barcelona. En 2007 confirmó su jerarquía en el Santiago Bernabéu el 10 de marzo fue responsable de un hat-trick ante el equipo merengue.
Los números que Messi ha llevado en la espalda trazan la biografía de un ídolo. Debutó en el Barca con el 30 de los supernumerarios, avanzó al 19 de los novatos que responden y llegó al upgrade definitivo, el 10 que Pele y Maradona convirtieron y sagrado y sobre todo, que el llevó de niño en el uniforme rojinegro del Newells.
Las lluvias de goles y ligó seis títulos conseguidos con el Barca en la temporada 2008-2009 le concedieron el Balón de Oro. Al recoger el trofeo sonrió como un niño en una heladería. Esto no mermó su apetito, en la liga 2009-2010 igualó la estrepitosa marca de 47 goles de Ronaldo.
Messi atraviesa un estado de gracia que no se veía desde Maradona, a quien ya le calcó el célebre gol de 1986 cuando Diego burló a media selección inglesa. La versión de Messi ocurrió el 18 de abril de 2007.
El de Messi no era ni mejor ni peor, era, de un modo inquietante, igual. No hizo otro gol parecido ni lo copio ni lo imitó ni lo tradujo. Simple, increíblemente, lo hizo otra vez.
No sabemos a donde llegará Messi. Solo sabemos que no hay defensas ni cerraduras que lo puedan detener.
Cuando un niño quiere una bicicleta es capaz de muchas cosas. Cuando un hombre juega como el niño que quiere una bicicleta, es el máximo goleador del mundial 2026, y es el mejor futbolista del mundo.






