Javier Díez de Urdanivia

COLUMNA INVITADA

Refugiados y migrantes

El tramo es largo y los riesgos, siempre, son muchos y muy serios.
La gente que deja sus casas para buscarse la vida raramente lo hace por gusto. Son el hambre y el afán legítimo, natural además, se diría, de procurar mejorar las condiciones materiales de vida para sí y la familia, lo que mueve a los seres humanos a desplazarse lejos del hogar original.

El fenómeno, tan descarnadamente sentido por nosotros, es sin embargo universal, siempre dramático, invariablemente devastador.

Hay sitios donde, inclusive, la cara de la injusticia es extrema, como ocurre en el África.

Hace nos días se celebró en Barcelona un ciclo de conferencias organizado por la Facultad de Turismo y Dirección Hotelera Sant Ignasi (HTSI), de la Universidad Ramón Llull, bajo el nombre, como cada año, de “Semana Ignaciana”, dedicado esta vez al tema “El derecho por la Paz y la No Violencia”.

En ella, el profesor del HTSI compartió sus experiencias en un campo de refugiados de Sudán del Sur, que vive una de las crisis alimentarias más graves del mundo en todos los tiempos.

Ahí, millones de personas han abandonado sus hogares a causa de la violencia. Y, según explicó el profesor Palazzi, los campos de refugiados se ubican “en medio de la nada”, y en ellos conviven alrededor de ciento cuarenta mil personas, de las cuales nada menos que cincuenta y cinco mil son niños y sesenta mil mujeres, porque la mayoría de los varones habían fallecido o estaban peleando en la guerra.

En esos campos, abunda Palazzi, los niños “mostraban la misma alegría que nosotros pero ser niño en un país de guerra no es solo ser un niño, es estar expuesto a convertirte en niño soldado y ser reclutado a la fuerza”.

Antonio Soler, presidente de la Fundación por la Paz (FundiPau), en su turno insistió en que no solo es necesario reivindicar el “derecho de acogida” y fomentar la solidaridad, sino que hay que ir más lejos, imprescindiblemente, para remover las causas de la migración expelida por la injusticia y la violencia.

La convocatoria, certera y adecuada a mi juicio, de Soler fue para meditar –y actuar- sobre la raíz de las crisis recurrentes en esta materia, alrededor del mundo, enfatizando, con razón, que el problema central radica en “la crueldad del sistema que lo ocasiona”.

Él mismo postuló que la que llamó “fábrica de refugiados” pasa por diferentes niveles.

Uno de ellos, que a mi juicio es el medular, consiste en que tenemos un “sistema económico depredador que nos da calidad de vida a la mitad de la población gracias a la explotación y la miseria de la otra mitad”.

Tiene razón, como la tiene cuando afirma que de la responsabilidad por esta situación pesa sobre todos, en mayor o menor medida –aunque yo subrayaría que más sobre el “todo” que formamos- y la solución nos atañe por tanto a todos, participando de una manera u otra.

Sugiere soler que una buena medida es detectar quiénes son los principales “accionistas”, dijo, de la “sociedad anónima” que se beneficia de la situación, y denunciarlo, haciendo todo lo posible para limitar su capacidad de hacer el mal, sin menoscabo de hacer lo que esté en nuestras manos, por mínimo que sea, para aligerar el sufrimiento de los millones de gentes que se ven afectados por tan grave injusticia.

En nuestro caso quizás no sea la guerra –aunque muchos países la del sur y regiones del nuestro padezcan una violencia equiparable- pero sin duda es la injusticia social patente en nuestra composición socioeconómica, que denota, cuando menos una doble moral insostenible, aunque se quiera revestir de defensa de las libertades y derechos que no pueden serlo si son excluyentes.

La doble moral es tan violenta como la guerra y todavía más perniciosa. Como hace muy poco oí de un sabio amigo aguascalentense, “quien tiene doble moral no tiene ninguna”.

 

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