Javier Díez de Urdanivia / Zócalo

COLUMNA INVITADA

La corrupción y su recurrente combate

Una vez más, como ha ocurrido recurrentemente en el pasado, se emprende la “embestida definitiva” para erradicar la corrupción en este país tan golpeado por ella.

Hace ya casi un año -el 18 de junio de 2016- se publicó en el Diario Oficial de la Federación la nueva “Ley General del Sistema Nacional Anticorrupción”, cuyo objeto preciso -el del sistema- será “establecer principios, bases generales, políticas públicas y procedimientos para la coordinación entre las autoridades de todos los órdenes de gobierno en la prevención, detección y sanción de faltas administrativas y hechos de corrupción, así como en la fiscalización y control de recursos públicos. Es una instancia cuya finalidad es establecer, articular y evaluar la política en la materia” (Art. 6).

Es una ley, me temo, que peca por omisión, porque, entre otras cosas, no define aquello que dice querer combatir, es decir, la corrupción, lo que a mi juicio será indispensable, porque el concepto es tan amplio y abarca tantas vertientes, que resulta impreciso y elusivo.

Además, como se ve claramente en el texto transcrito, parece dirigirse tan solo a las responsabilidades de los órganos e instituciones públicos, lo que lo hace parcial e induce a prever una muy probable ineficacia.

Por otra parte, crea mecanismos y órganos diversos, lo que asegura mayor burocracia, pero no necesariamente efectividad.

Las consideraciones que anteceden podrían ser tachadas de teóricas y pesimistas, pero es el caso que, apenas en los inicios de la instauración de algunos los órganos previstos, han surgido ya diferencias que anuncian infaustas grietas en los cimientos mismos del pretendido sistema.

A las demoras y tensiones políticas generadas por la necesidad de nombrar un “fiscal anticorrupción”, un grupo de connotados ciudadanos y ciudadanas, partícipes cercanos al proceso de creación e inicio del funcionamiento del sistema, renunciaron públicamente a su ejercicio periodístico en “El Universal”, aduciendo que “la posición del periódico mediante notas imprecisas, sin sustento fáctico, refractarias a verificar la información pública disponible y que, en cambio, han insinuado conflictos de interés y la comisión de prácticas indebidas en las que, de una u otra manera, todos nosotros (los signatarios del comunicado) estaríamos involucrados”.

En esa misiva, dirigida al director de “El Universal” y hecha pública a través de Twitter, se contiene una clara imputación al periódico: Se ha hecho partícipe de una acción concertada, según los que firman la carta, para obstruir –cuando menos, si no para impedir- la construcción del “Sistema Nacional Anticorrupción”.

Ese solo hecho deja en evidencia que, de ser cierta la imputación que se le hace al diario, la corrupción no solo alcanza a las instituciones públicas, lo que confirmaría la aseveración consistente en que el sistema es parcial e incompleto ¿Qué pasaría si mezcláramos manzanas sanas con otras podridas, independientemente de que unas fueran rojas y otras amarillas o verdes? ¿Alcanza la corrupción a los medios –y a otros sectores- y no nada más a lo público? ¿Puede atacarse un objetivo sin identificarlo bien?

La corrupción es un estado de cosas con muchas facetas y consecuencias, pero es en suma un proceso degenerativo que no podrá detenerse, y menos aun revertirse, con nuevas leyes, por punitivas que sean, y menos en un medio que, según se afirma, se caracteriza por la impunidad, un incentivo pernicioso muy eficaz a la hora de estimular las faltas y delitos que corroen ya seriamente la cohesión cívica basada en conductas virtuosas.

Leyes hay ya suficientes y órganos hay destinados a aplicarlas. Lo que falta es que la maquinaria funcione. Mientras eso no suceda, la corrupción continuará su ruta de depravación e injusticia.

El sistema que apenas, y muy lentamente, quiere experimentar sus primeros alientos, da ya muestras, sin embargo, de obsolescencia aun antes de aprender a caminar: no ha sido posible siquiera integrarlo debidamente todavía.

No es que quiera profetizar la ignominia de un doloroso fracaso, pero mal empieza la semana aquel a quien ahorcan en lunes.

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