Fernando Corzantes

ENCUENTRO CIUDADANO

Corrupción y frivolidad

El problema es grave. Si quién al mismo tiempo es el que corrompe, utiliza a la corrupción como elemento sistemático de gobierno y a su vez es quién está facultado y obligado a combatirla, el asunto es un monstruo urobórico*.  El ciclo no se frena, sino muy al contrario se revitaliza, gracias a la impunidad que engrasa el mecanismo de la perversión.  Se ha señalado con insistencia que el binomio corrupción e impunidad es un cáncer que ya hizo metástasis y cuya principal consecuencia es el desencanto por la democracia.  Y como no, si siempre Peña Nieto se muestra involucrado directamente (o por su círculo más cercano), en un tejido de prácticas y enredos ilegales, mescolanza de dinero público y privado, instrumentos financieros fraudulentos y un cinismo y frivolidad brutal.  Peña Nieto, señalado como el Presidente más corrupto en al menos cuatro sexenios, banaliza y minimiza la escandalosa corrupción, al compararla con un accidente de tránsito.  Su frase está a la altura de su estulticia “Detrás de cada evento quieren encontrar un responsable, un culpable, y decir: es la corrupción”.  El dicho de Peña Nieto ocurre en el contexto de distintos señalamientos.  Casos que se acumulan a otros escandalosos sucesos de corrupción, que no debemos trivializar, hacer a un lado u olvidar, como la Casa Blanca presidencial y su favoritismo a la empresa Higa; la Casa de Malinalco del aprendiz Videgaray; el Ferrari en una de las casas del ex Procurador carnal; los sucios contratos de Odebrecht y Pemex de Lozoya; la impúdica estafa maestra; los corruptos contratos de OHL; el fastuoso enriquecimiento exponencial de políticos como Anaya, Barrales, Romero Dechamps, Raúl Salinas, Genaro García Luna, etc.  A la que se suma la corrupción de la última camada de gobernadores que no tiene precedentes de 2010 a la fecha.  Donde al menos 12 gobernadores han sido señalados por actos de corrupción e investigados por la Procuraduría General de la República por desvío de recursos públicos y enriquecimiento ilícito. Entre ellos, figuran los casos de Javier Duarte (Veracruz), Roberto Borge (Quintana Roo), Guillermo Padrés (Sonora), César Duarte (Chihuahua), Ángel Aguirre (Guerrero), Fausto Vallejo (Michoacán), Jorge Herrera Caldera (Durango), Miguel Alonso Reyes (Zacatecas), Rodrigo Medina (Nuevo León), Egidio Torre Cantú (Tamaulipas), Rubén Moreira (Coahuila), Roberto Sandoval (Colima), etc.  Esto sin contar con gobernadores de años anteriores fueron investigados por casos de enriquecimiento ilícito y vínculos con el crimen organizado, entre los cuales se incluyen los nombres de Andrés Granier (Tabasco), Humberto Moreira (Coahuila), Juan Sabines (Chiapas), Emilio González (Jalisco), Fidel Herrera (Veracruz), Arturo Montiel (Estado de México), Tomás Yarrington Ruvalcaba y Eugenio Hernández (Tamaulipas), José Murat y Ulises Ruíz (Oaxaca),  etc.

La corrupción tiene una dimensión personal, una institucional y una cultural. Las tres están vinculadas. La individual tiene que ver con el costo-beneficio y la percepción de que al incurrir en un acto de corrupción el individuo tiene poco que perder y mucho que ganar. La institucional con las oportunidades de corrupción y el deficiente funcionamiento de los aparatos de procuración e impartición de justicia. La cultural, con el conjunto de actitudes y valores frente a las autoridades y la ley. 

En términos de recomendaciones de política pública hace falta una política integral: Desde el ángulo económico, político, administrativo, judicial y programático.  La cultura de la legalidad que en mucho puede ayudar al combate a la corrupción viene por añadidura. Si la ciudadanía observa que las autoridades están siendo las primeras en cumplir la ley, que en caso de no hacerlo existe la posibilidad de hacer una denuncia, que en caso de ser encontrado culpable el funcionario va a ser sancionado y que la ley no hace distingos, entonces los ciudadanos comenzarán a tener respeto por la ley.

Parafraseando a Leonardo Boff, afirmamos que un fantasma recorre México, el fantasma de la corrupción. Este fantasma es una pandemia y no tiene visos de culminar, por el contrario. Será difícil erradicar la corrupción. No se resolverá sólo con líderes honestos. Se requerirá una revolución cultural. Necesitamos extraer nuestra reserva ética, que impida el colapso. San Agustín señalaba que la esperanza tiene dos hijas muy hermosas: una es la indignación, para no aceptar las cosas malas; la otra, la valentía para cambiarlas. Y aquí debemos contar con ambas.

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(* Criatura que se muerde la cola formando un círculo que metaforiza la eternidad).

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