Afinales del siglo XV, bajo el firmamento azul de Florencia, brilla el fuego del extranjero. Alemanes, franceses, españoles se disputan la influencia de los Estados Italianos. Maquiavelo, el genial florentino, lamenta su presente: una Italia sin orden, amenazada por la destrucción. En un célebre opúsculo, El príncipe, escrito en el otoño negro de 1514, discurre acerca de cómo salvar a su pueblo. Anhela un líder, una cabeza firme. Ahí está Lorenzo de Médicis; a él dedica sus reflexiones: “el abatimiento que cuelga de mi cuello como una rueda de molino me llevó a hacer esta dedicatoria”.
Nace la Ciencia Política, Ciencia del Estado moderno. Maquiavelo pasa por alto el viejo orden católico y la ética. Ni religión ni ética sirven para gobernar, Respecto a aquella afirma: “nuestra religión glorifica a los hombres de vida humilde y contemplativa más bien que a los de vida activa… Este modo de vida parece haber hecho al mundo más débil, presa de hombres malvados que lo manejan como quieren; ya que la masa de la humanidad, con la esperanza de ser recibida en el paraíso, piensa más en sufrir las injurias que en vengarlas. Parece que el mundo se ha afeminado y el cielo se ha cruzado de brazos” … Respecto a la segunda, expresa: “un príncipe que a toda costa quiere ser bueno, tiene que arruinarse porque está rodeado de gente que no lo son. Es, pues, necesario que un príncipe que desee mantener su posición aprenda a no ser bueno y a servirse no de su bondad según lo exija la necesidad.
Así pues, la ética no se aplica a la política, pues que en esta bien y mal se entreveran. Pero no nos confundamos. Si el mal conquista un lugar junto al bien, es solamente para conseguir un bien superior, el bien común, el de los muchos, el del pueblo oprimido. El príncipe está obligado a ser virtuoso, pero la virtud política no es la virtud moral. El príncipe virtuoso posee la metis de Ulises: sagacidad, astucia, renunciamiento a la vida privada, anulación de sí mismo por el bienestar de la patria.
El arte de gobernar no se rige por la ética cristiana, sino por la razón de Estado. Como dice Ritter, “el príncipe muestra el rostro demoníaco del poder”, aunque paradójicamente sea el amor a su pueblo, la caridad, el horizonte de esa eventual inflexión pecaminosa de su conducta. El príncipe puede ser arbitrario, pero no tiránico. Es un pastor de su pueblo, dispuesto a todo para salvaguardarlo. La teoría maquiaveliana tiene una explicación histórica y moral: los peligros que enfrenta la república y la visión pesimista de la condición humana. Un pesimismo que contrasta con el optimismo de la voluntad, pues que el florentino nunca pone en duda que la voluntad del hombre es capaz de controlar el destino, de modelar la realidad según su deseo y ser lo que quiere ser.
Habrá que preguntarse cómo vivimos hoy. ¿Hay razones para ser optimistas? ¿o hemos de conformarnos cada mañana con aquello de que ‘todo está’ ¿Dónde habita la republica?…







