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“El mejor antídoto para los riesgos de la IA: La Lectura”. Autocrítica a mi propuesta

El Jicote

por Editor
13 octubre, 2026
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El narcisismo epopéyico de la 4T y de su prócer, de asumirse como la continuidad histórica de la Independencia, la Reforma y la Revolución, obliga a considerar a López Obrador como la versión mesmerizada de Hidalgo, Juárez y Madero. Obviamente, como virtud obligada está su infalibilidad y el rechazo absoluto a la autocrítica.

Tomé como rutina en mis textos denunciar: “Decir Morena y autocrítica es un oxímoron”. Bueno, pues a toda capillita le llega su fiestecita. Lo acepto. Mi sugerencia contra una calamidad de la IA ha provocado que algunos lectores me pregunten si estoy tomando, bebiendo o untándome el mismo producto que el de Macuspana. A continuación, los antecedentes de mi mafufa propuesta.

Partí de una realidad, la IA no es ni una panacea ni un jinete del apocalipsis. La realidad es que México no tiene ni la fuerza económica, ni tecnológica para participar en el debate.  Hice el diagnóstico de la comunicación de la IA, la que no es solamente sencilla: se ha comprobado, tiene una clara intención de quedar bien con el que pregunta. Son respuestas, lejos de abrir el diálogo, pontifican, apapachan. Recordé la pregunta de Nietzsche: “¿Qué dosis de verdad tolera el hombre?”

Las empresas coinciden, se trata de darle por su lado al usuario, para hacerlos adictos. Describir un mundo simplón y unidimensional y no complejo, pleno de matices y poliédrico como realmente es.

El reto, en la medida en el que no podemos prescindir de la IA es: ¿Cómo nos vacunamos contra sus calamidades mezcladas con sus beneficios? En la medida que la IA se ha convertido en una pila de agua neuronal a la que recurren usuarios de todos los niveles económicos y sociales, el peligro, afirmé: Es volvernos un país de idiotas.  Mi propuesta de solución, ante el empobrecimiento de la inteligencia, fue muy simple: con educación. Concretamente, impulsando la lectura.

Lamentablemente, en un ataque de Alzheimer prematuro, olvidé que la reciente prueba PISA destaca que existe un gran problema: La mitad de la población de niños al concluir la primaria no comprende lo que leyó. A lo que se suma otra desgracia, los mexicanos casi no leen. Según las mediciones del INEGI: “La tercera parte de la población no lee ni un libro al año”; poco más de 43% “no ha leído jamás en su vida un libro”; “uno de cada cuatro admite no tener libros en su casa ni haber visitado una librería”; “33% jamás ha pisado una biblioteca”; México ocupa el lugar 107 de 108 países, en el índice mundial de lectura según la UNESCO.

No sorprende tampoco que, según la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana, entre 1991 y 2003 hubiera una reducción de 19% en el número de títulos publicados y una disminución en el número de editores de 230 a 186, ni sorprende que existan menos de 500 librerías en todo el país. (una para cada 90 mil habitantes).

Acepto, mi propuesta, que yo sentía luminosa y vibrante como una pintura de Van Gogh, está fincada en una realidad totalmente adversa. Lo más lamentable de mi metida de pata, es que la vida ya me había prendido previamente, como casi siempre me sucede, los focos rojos, de mi error. Recuerdo en una ocasión, en un pueblo de Chiapas, para variar andaba perdido, le pregunté a una indígena que pasaba, la ubicación de una calle, me respondió con gran amabilidad y sentido poético: “Discúlpeme, no sabría decirle. Es que no sé platicar con las letras”.  Es tan absurda mi propuesta, como en un congreso de caníbales sugerir: “Coman frutas y verduras”.

¿Por qué no lee la mayoría de la gente, no solamente los mexicanos? Por muchas razones, entre otras, la invasión de la cultura de la imagen y de la brevedad de los textos. Toda conducta requiere de una fuerza impulsiva, de una motivación. Esto debe convertir a las autoridades educativas, a las universidades y a los medios de comunicación en gambusinos buscadores de móviles para leer.

Una primera propuesta, ante el tsunami de la IA y el declive de la inteligencia y la imaginación, en lugar de bautizar los años con el nombre de un héroe, impulsar el año de la “Lectura”; el “Año de la Biblioteca”. En las mañanas, además de los honores a la bandera, leer una frase que anime a leer. En prueba de mi arrepentimiento de mi propuesta chafa, ofrezco algunos pensamientos.

Los libros nos permiten ver con otros ojos, observar lo que no hemos observado.

Mallarmé.

Que otros se jacten de los libros que se les ha dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer.

Borges.

De acuerdo con la indígena chiapaneca:

“Los libros nunca se callan, aquí están listos para mantener una conversación con el lector, del tema que quieran”.

Una frase que me obsequió mi pariente Roberto Llaca:

“La lectura hace que un hombre sea completo”. Francis Bacon

Para despertar la suspicacia:

“Hacerlo de pie fortalece la columna

Boca abajo, estimula la circulación de la sangre.

Boca arriba es más placentero

Hacerlo solo es satisfactorio pero egoísta.

En grupo puede ser divertido

En el baño muy sugestivo

En el coche puede ser peligroso

Hacerlo con frecuencia desarrolla la imaginación

Entre dos enriquece el conocimiento

De rodillas resulta doloroso.

Sobre el escritorio, sobre la cama o en la hamaca

Desnudos o vestidos, tomando cafecito

Sobre el césped o la alfombra

Con música o en silencio

Entre sábanas o en la terraza

No importa la edad, ni la raza ni el credo, ni el sexo ni la posición económica.

Con música o en silencio

Leer siempre será maravilloso”.

“La palabra, afirma Gadamer, citado por mi amigo Augusto Isla, es el grado más alto de la posible conformación del mundo por la humanidad”. “La palabra, es también, afirma Augusto, la prerrogativa más elevada del espíritu”.

¡Qué conste! Espero que, después de esta autoflagelación, los estimados lectores me rediman por hacer propuestas chabacanas. Que no dejen de leer, y aprovecho para un comercial: No dejen de leer Plaza de Armas y de paso a su servidor.

Etiquetas: conocimientoIAinteligencia artificiallibroliteratura

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