Edmundo González Llaca

EL JICOTE

Las Islas Marías II

El mar no es una morada sino un camino; el mar invita siempre a buscar algo por alcanzar. Cuando de lo que se trata de alcanzar es la libertad y el amor ese camino se ensancha como un horizonte, como una meta, como una obsesión. Uno de mis principales intereses era entrevistar a José Revueltas, me corrige mi amigo Augusto Isla, donde tal vez vi a Revueltas fue en Lecumberri y no en las Islas Marías. Traté de platicar con los presos políticos que se reunían bajo la sombra de un árbol. Discutían animadamente, al aproximarme pensaba cómo dirigirme a ellos. Pensé decirles. “Compañeros”, “Camaradas”, Nada de eso era cierto, simplemente quería congraciarme con ellos, de pronto ya estaba frente a frente al grupo, lo único que se me ocurrió fue decirles: “Hola poetas”. En coro y en sentido irónico dijeron: “Aquí, descansando de las fatigas del reposo”. Les platiqué mi intención de platicar con ellos, nuestro guía, un militar, en forma amable pero determinante me dijo que estaban prohibidas las entrevistas con los presos políticos. Me tomó del brazo y me condujo con el Director de la prisión, verdadero motivo del viaje del grupo. El Director nos explicó lo que había prendido los focos rojos de las autoridades, la fuga de cerca de una decena de reos. Así operaron, nos platicó. Todos los días salía una lancha de la Isla Madre rumbo a otra de las islas del archipiélago donde se realizaba un trabajo. La gasolina estaba medida para alcanzar el viaje de ida y vuelta. Todos los días un preso se robaba una jeringa de gasolina, lo hizo durante un tiempo, no se sabía si meses o años. Cuando consideró que tenía el combustible suficiente se escapó en la noche con varios reos. No se sabe si se perdieron en el mar o calcularon  mal, lo cierto es que a  la lancha se le acabó la gasolina cuando vislumbraban tierra. Al darse cuenta de que las olas no los empujaría a la orilla y ya amanecía, por lo que pronto serían descubiertos, se lanzaron al mar, algunos murieron ahogados y otros fueron comida de los tiburones. Unos cuantos se salvaron. El general concluyó: las Islas Marías siguen siendo una prisión de alta seguridad. Yo quedé fascinado con las islas y me prometí regresar y hacer algo por ellas. Esa meta se me cumplió varios años después. Luego les platico el desenlace.

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