Edmundo González Llaca

EL JICOTE

La tragedia y el humor negro

En 1984 ocurrió una explosión de gas en una zona popular en el Estado de México, San Juan Ixhuatepec. Fue una tragedia que ocasionó la muerte de medio millar de personas, sobre todo niños. La opinión pública, sin tener los medios actuales, se encargó de difundir chistes crueles en los que se practicaba el humor negro. Recordemos lo que se platicaba en las reuniones. ¿Cómo se acomodan ocho niños de San Juan en un Volkswagen? Respuesta: Cuatro en el cenicero de adelante y cuatro en el cenicero de atrás.

Ya sea porque las redes sociales han permitido una mayor difusión de los chistes o porque el sentido del humor nacional sea cada día más agudo, lo cierto es que los chistes sobre los huachicoleros han sido más que los de San Juan. Un ejemplo: “Avísenle a la gente que el Popocatépetl expulsó magma no magna. No vayan a querer subir como idiotas con sus cubetas”.

Escribí un libro que en un capítulo trata el tema (Perdón por el comercial. “La letra con humor entra”. Editorial Trillas). Al respecto sostengo. El humor negro nos ubica en un punto de conflicto entre nuestro espíritu de compasión con las ganas de reír. Nos reímos pero nos reímos con culpa, con dolor. Para recuperar nuestra imagen de sensibles y solidarios ante los demás, se dice: ¡Qué bárbaros! ¡No perdonan nada! Pero eso sí, no dejamos de reír.

En el fondo del humor negro hay diversos mecanismos mentales. Uno puede ser tomar distancia del drama, es demasiado intenso. Luchamos por no dejarnos de agobiar y la risa nos ayuda a relativizarlo. Otra reacción es que la tragedia nos permite agradecer nuestra existencia, consolarnos. Después de todo, tenemos problemas pero no hemos padecido esa tortura de los quemados. Independientemente de cuál sea el fondo particular de nuestra carcajada debemos reconocer, la risa entre los mexicanos no es simplemente un gesto aislado sino una manera de ver la vida. No importa que sea una desgracia de que nos reímos nos
reímos.

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