Mauricio Suárez/ Enviado especial
Cali, Colombia. Con un país dividido entre dos extremos y mediante una ceremonia marcada por alabanzas, discursos y oraciones, Abelardo de la Espriella juró como nuevo presidente de Colombia para los próximos cuatro años. Bajo lo que llamó una nueva era para Colombia conocida como “Patria Milagro” y arropado por la arenga “¡Viva Colombia! ¡Viva Israel”, Colombia da un giro a la ultraderecha después de cuatro años de gobierno izquierdista del ex guerrillero del M19, Gustavo Petro.
Abelardo de la Espriella, controvertido abogado de paramilitares prominente y empresario outsider de la política tradicional, logró imponerse en la segunda vuelta electoral por un margen de 250.000 votos sobre un total de 26,3 millones. Su campaña rebasó por la extrema derecha a la entonces oposición uribista del Centro Democrático a quien el candidato oficialista, Iván Cepeda, aseguró ganaría en la primera vuelta.
Pocos lo vieron venir. La diferencia entre ambos contendientes, Cepeda y Espriella fue menor al 1%, convirtiendo al sufragio en el extranjero —particularmente el obtenido en Estados Unidos— en el factor determinante de la jornada. Aunque el margen porcentual es estrecho, la distancia ideológica entre las dos mitades del electorado es profunda.
Tras los resultados, el día del cambio de gobierno, al que el presidente Petro no asistió, Iván Cepeda tomó la plaza pública en Barranquilla y anunció el inicio de un movimiento de resistencia civil pacífica así como la conformación de un gabinete alternativo.
Por su parte, tras jurar el cargo no en Bogotá, sino frente a una improvisada sesión del Congreso en la ciudad de Cali, De la Espriella se trasladó en helicóptero al cantón militar Pichincha, sede de la Tercera Brigada del Ejército. Sus invitados
especiales, entre los que estaban los presidentes Javier Milei, Daniel Novoa de Ecuador, José Antonio Kast de Chile y Gianni Infantino de la FIFA, vieron el discurso del nuevo Presidente colombiano por televisión.
Para entender hacia dónde apunta este gobierno, conviene mirar mucho más al norte. En diciembre de 2025, al cumplirse dos siglos de la vieja Doctrina Monroe
—aquel “América para los americanos” con que Washington reclamó el hemisferio como su patio trasero—, la Casa Blanca publicó una actualización. Conocida como el “Corolario Trump”, documento que reafirma y expande la doctrina como eje central de la estrategia de seguridad nacional estadounidense para la región.
El propio presidente estadounidense la rebautizó con un juego de palabras que ya hizo fortuna. “La Doctrina Monroe es algo importante -dijo-, pero la hemos superado por mucho. Ahora la llaman el documento Donroe”, declaró, fundiendo la inicial de su nombre con el apellido del quinto presidente. Oficialmente denominada Corolario de Trump a la Doctrina Monroe, describe el deseo de reafirmar el predominio estadounidense en el hemisferio occidental, esta vez para excluir no ya la injerencia europea, sino la influencia de China y Rusia.
Su carta de presentación fue brutal. La captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, el pasado 3 de enero, materializó una doctrina que reclama sin rodeos la “preeminencia” de Washington y se arroga el derecho de usar “fuerza letal” donde lo considere necesario. Es en ese tablero —no en otro—donde De la Espriella ha decidido colocar a Colombia.
El giro es explícito y ya está en marcha. De la Espriella asumió con una agenda internacional que revierte por completo la de su antecesor: restablecimiento de relaciones con Israel —incluida una embajada en Jerusalén—, ingreso a la alianza antidrogas de Trump, una relación con Venezuela que pasará por Washington y la ruptura frontal con Nicaragua y Cuba donde ordenó el cierre de los respectivos consulados.
La pieza que mejor revela el alineamiento es la adhesión al “Escudo de las Américas”, el bloque que agrupa a países afines en torno a la administración Trump contra el narcotráfico, el crimen organizado transnacional y la migración irregular. No es
cooperación entre iguales: es adscripción a un esquema cuyo eje se define fuera de las fronteras colombianas.
El realineamiento tiene su lógica de intercambio. Los analistas lo describen como un trueque explícito: la contrapartida es la lucha contra el narcotráfico y el fortalecimiento de las Fuerzas Armadas, el mismo eje militar que De la Espriella exhibió al hablar por primera vez desde un batallón. Encaja con la foto de su investidura, donde la presencia de Milei, Kast y Noboa sugería un eje regional de derechas, aunque los expertos matizan que se trata más de afinidad ideológica que de una alianza estructurada.
Pero la ambición choca con la realidad. Los analistas coinciden en que será muy difícil ejecutar todos estos planes; la propia Carta de Naciones Unidas no prevé mecanismos para varias de las rupturas anunciadas. Y hay costos heredados: antes de 2024, Israel era proveedor clave de armamento y tecnología para las Fuerzas Armadas colombianas, una relación que Petro suspendió y que ahora se busca reconstruir.
Queda la paradoja de fondo. La “Patria Milagro” proclama la soberanía nacional como bandera mientras entrega su brújula geopolítica a una doctrina diseñada en otra capital, una que —según sus propios formuladores— considera que en este hemisferio la soberanía ajena es, ante todo, negociable.
La gran paradoja es que intereses pondrá por delante un Presidente de Colombia que antes de iniciar campaña electoral tenía, no sólo su residencia en Miami, Florida sino que también tiene nacionalidad estadunidense.







