15 de junio de 1862.
¡Válgame Dios, y el santísimo sacramento del altar! Esta ciudad de Querétaro, la pureza de sus aires, famosa también por sus diestros dulceros y sus productores de ron, que pende hoy de un hilo de desesperanza.
La pobreza se ha extendido por todo el valle a las faldas del montículo de la cima; y no crea usted que esto es solo por el fervor de los señores liberales — Que tiene harto a todos con sus intelectuales disertaciones de quien sabe cuánta cosa que solo ellos entienden— sino por el cierre de los comercios y la maldita leva que corre por la región como un aire pestilencial.
Ya no se oyen las campanas llamando a misa, pues templos, seminarios y cofradías han cerrado sus grandes portones de filigrana de cedro con hierros de aldabón. Las haciendas, que en mejores tiempos eran el centro de la abundancia y vivacidad, yacen hoy desoladas. ¡Pobres de nuestras tierras! Con apenas un par de manos para levantar las cosechas, es cosa de dar por seguro que la semilla se pudrirá en la caña, pues no hay brazo que no haya sido reclamado por la guerra o el sepulcro ¡No hay hombres en la ciudad!
El camino que viene desde la capital no trae más que malas nuevas, y la proximidad de los invasores franceses no se aminora con la distancia. El miedo es el amo de los caminos. Ya no fluyen las carretas con el comercio que a todos alimentaba; ahora, los únicos que transitan con provecho son los bandidos, quienes han decidido que robar en tiempos de hambre es la mejor cura para el aburrimiento y el método más expedito para llenar el bolsillo a costa del prójimo, aunque sus semejantes están igual de quebrados que ellos. En ocasiones apenas una moneda y ropa logran hacerse.
Cuando hay crisis hasta en los ladrones, sí estamos amolados de verdad.
Es de notar, y no sin una lágrima en el ojo, el destino de los jóvenes que las madres clarisas intentan remendar con sus manos benditas.
Aquellos pobres mozos que, por la desgracia de la pólvora, resultan tuncos o tullidos, sufren el desdén de sus propias familias. Ya no sirven para el arado ni para el fusil, y sus madres, endurecidas por la penuria, los echan a la calle diciéndoles —¡Ya ni para la labor mercan! ¡Ora pa’ la calle a ver qué recogen! —.
¡Qué horror, lector mío, que la necesidad mate hasta el instinto materno! Se fueron los mimos, los arrumacos y las canciones de cuna. La mujer también cambia cuando todo lo que amaban se vino abajo.
La ciudad, que otrora destellaba sueños, hoy se encoge de espanto al llegar la noche. Parece entonces que se abren las puertas del infierno, pues cada amanecer nos regala dos o tres muertos, casi siempre forasteros, picados o tal vez queriéndole robar lo poco que traían.
Porque ha de saber usted que esta ciudad siempre ha sido de caminantes; aquí se dan cita los fríos de los altos cerros con el calor del semidesierto, y en esta encrucijada donde la cruz hace camino, los bandidos han puesto su habitación.
Mientras los batallones chimuelos y tratando de rearmarse se mueven por toda la República aguardando el regreso de los franceses —quienes, heridos en su orgullo tras la derrota de Puebla, andan allá curándose las llagas y esperando refuerzos—, los generales liberales se las ven negras para levantar soldados.
La leva es obligatoria para todo varón que haya cumplido los doce años, pero los pueblos ya se han escamado. Al ver que los pocos que regresan vienen aporreados y los más se quedan tiesos en quién sabe qué campo de batalla, los padres esconden a sus hijos. ¡Y qué ingenio el del mexicano!
Los ocultan en las tumbas profanadas de los camposantos. Ahora que es la novedad llenar panteones municipales y que a los aposentos ya no los cuida ni un alguacil, las criptas resultan el mejor escondite contra el servicio de las armas.
No hay día en que no estalle un zafarrancho. Los soldados liberales intentan arrancar a los mancebos de los brazos de sus madres, y estas, fieras como coyotes, no sueltan la presa. Mientras los pelones arremeten con fuerza, las matronas sueltan golpes y gritos; se juntan los vecinos, vuelan las trompadas y los insultos, y al verse superados en número por la furia del barrio, los soldados tienen que buscar otras víctimas en otra parte.
Aquí ya no hay héroes futuros ni olivos de victorias imaginarias. En el mercado, entre la poca comida que se alcanza a mercar, solo se oye el parte de guerra de las mujeres: —A jalones me lo quisieron robar, pero no me dejé —dice una, mientras las otras asienten con amargura, sabiendo que hijo que se lleva la soldadera, es hijo que no vuelve a ver el sol de Querétaro.
¡Válgame la paciencia de Job, lector mío! Si usted pensaba que con la leva y el hambre ya habíamos completado el rosario de nuestras desgracias, es que no conoce la ralea de los que se asientan en las sillas del mando.
Verá usted qué clase de rufianerías se gastan estos señores del poder. Estando el pueblo más madreado que el cuero de bota de don Ignacio Pérez cuando avisó el descubrimiento de la insurgencia, con los caminos infestados de bandidaje y las cunas apenas cuidadas por los vástagos de aquella soldadera mexicana —esa que el vulgo llama «incendiada de honor», pero que no es sino víctima de la orfandad—, a los gobiernos liberales no se les ocurre otra lumbrera que ¡crear un nuevo impuesto!
Imagine usted el bando que pegaron en las esquinas, redactado con esa prosa que quiere sonar a gloria, pero sabe amarga:
«…a los pobladores de las cercanías de esta circunscripción, en el afán de construir una patria sólida y de buen gobierno, ha de saberse que por cada familia que habite en esta ciudad, se deberá otorgar un puerco, buey, monta, mula, jumento, gallina o lo que fuere necesario para salvaguardar la integridad de los ejércitos del Centro y de Oriente, que han levantado al alba el enfrentamiento con el invasor. Sin más respaldo que el honor de la libertad, se tomará en cargo a cuenta y censo en la alcaldía. De ser remota la disposición, tendrán que disponer de tiempo y auxilio para traerlos a la ciudad…»
¡Cosa de risa, si no fuera de llanto! Cuando pusieron el aviso, pues vaya calamidad: ¡nadie sabía leer! El papelito ahí, muy tieso, hablándole a las moscas; pero en cuanto los entendidos —esos que nunca faltan para desmenuzar la tragedia a su modo y conveniencia cual chismosa de barrio— empezaron a explicarle a la gente la ocurrencia, no hubo manera de parar la acometida.
La chusma, furiosa y con el estómago pidiendo tregua, hizo de las suyas. En una maniobra más arrebolada que las copas de la alameda, se hicieron de cuanto garrote y piedra tuvieron a mano y se enfilaron hacia la alcaldía.
Sabían bien que el gobernador, don José María Arteaga, andaba de licencia con su Ejército del Centro, así que el alcalde era el blanco de su desazón.
—¡Sal ya de una vez, maldito bribón! —le gritaban, aporreándolo verbalmente con cuanta lindeza ofrece nuestro idioma—. ¡Ni tenemos pa’ comer, menos para darte un puerco, cabrón! —.
Los alguaciles, pobres diablos, sentían que el corazón se les hacía de trapo del puro susto, mientras el síndico buscaba desesperado un agujero por donde escabullirse. Sudaba el hombre copiosamente, imaginando el peor de los escenarios: ¡acabar colgado por la perrada!
La turba comenzó a empujar el gran portón de la alcaldía, ese bello monumento virreinal de roscas piedras y bellas arcadas que se apostillaron por las leyes de reforma, que apenas se sostenía por una aldaba que, si bien servía para cerrar, no estaba hecha para resistir los ímpetus de un pueblo con hambre. —¡Anda, sal, cabrón! —le insistían— Ansina tuviste los tanates para colgar tu anuncio, ven ahora y dínoslo en persona—.
No acababan de soltar las arengas cuando el portón, rindiéndose al fin, se vino abajo con un ruido de león herido, levantando una polvareda que cegaba al más pintado. A los alguaciles les temblaron las corvas y, ni por error, hicieron ademán de usar fusiles o lanzas. ¡La muchedumbre se apoderó de aquel recinto sagrado de la burocracia! Otrora de rezos y alabanzas, que, coincidentemente, amigo lector, comenzaron a escucharse, más por los alguaciles.
Mientras unos le daban su merecido al portero, otros, con más saña, cazaron al síndico. Entre varios lo levantaron en vilo y, sin mucha ceremonia, le pasaron una cuerda por el pescuezo.
Con nudos mal amarrados, pero con una destreza que hacía pensar que ya lo habían practicado antes, lo engancharon de una alcayata en una de las vigas. ¡Y lo colgaron!
Ahí quedó el pobre, retorciéndose como un gusano de maguey, y cuando ya la lengua se le ponía de un color morado muy poco elegante, ¡pum!, un tiro de mosquete rompió la soga. El síndico cayó de narices contra el suelo: molido, es verdad, pero vivo para contarlo.
—¿Qué chingados pasa aquí? —tronó una voz ronca que venía desde el fondo.
Apareció un jinete sobre un caballo que, de puro sudor y bufido, parecía haber galopado un mes entero sin descanso. Era el capitán Sóstenes Antípides, hombre de pocas pulgas, mandado por el general Arteaga para administrar la leva.
—Pregunté, cabrones: ¿qué jijos de la chingada está sucediendo? —.
Los pobladores, todavía con la sangre hirviendo, no se achicaron. Don Tomás, que siempre ha sido de lengua larga, le respondió: —Pides, siñor, que te demos la explicación, pero olvidas que vivimos en la pobreza y con la ansiedad de no tener qué comer. Y ansina, este cabrón que colgamos quiere que le demos más. Con su permiso de su merced, ¡son chingaderas! Puso chico papelote en las plazas y, pos al decirnos de qué se trataba, nos dio la muina y vinimos a matarlo—.
El capitán Antípides los barrió con la mirada y sentenció con esa frialdad de los que están acostumbrados a la muerte: —¿Alguien más está de acuerdo con don Tomás? Porque es momento de que me lo digan. Aquí se están cometiendo faltas graves a la autoridad. Ustedes se topan con el pobre síndico, pero no miran que lo que pide no es para su provecho, sino para la causa, para el Ejército del Centro que está armándose. ¡No crean que es para este pobre pendejo! ¡Es para la batalla! Y el que no cumpla, es buen momento de que me lo diga para mandarlo derechito al paredón por traición a la patria. ¡Son tiempos de guerra, señores, y aquí todos nos necesitamos por la buena… o por la mala! —.
Don Tomás, que de valor andaba sobrado, aunque de carnes estuviera flaco, se plantó frente al militar y le arengó con esa lógica aplastante que da la miseria: —¡Sí quiero ayudar a la patria, mi capitán! Pero no tengo nada; ni un puerco tengo, que ya quisiera yo para el caldo de mi familia, cuanti menos una gallina. Semos pobres y en buscar el sustento se nos va el santo día. ¿Cómo quiere Asté que le háganos? ¿De dónde hemos de sacar lo que no tenemos? —.
Sóstenes Antípides, que se las sabía de todas, todas, y conocía el terreno que pisaba, comprendió de un vistazo que aquella gente decía la verdad. No había manera de negar que esos infelices no tenían, como suele decir el sacristán, ¡ni pa’ la feria del santo, cuanti menos pa› que alumbre! Hizo, pues, de panza corazón y buscó por dónde roer el hueso de la necesidad para sacar alguna tajada de provecho.
Se le vino a la memoria la opulencia de aquellas familias de alcurnia que, con el pretexto de la fe, sostienen los conventos de las Clarisas, las Capuchinas y de Santa Rosa de Viterbo. Recordó que, por las distracciones de la guerra contra el invasor, no se había cumplido del todo con el afán de exclaustrar a las religiosas. Seguramente el señor presidente don Benito Juárez andaría bien escondido por allá en el norte, pero la ley es la ley, y el capitán pensó que algo de provecho se debía sacar de esos muros.
—A ver, hijos de mi vida —dijo Sóstenes, recobrando su tono socarrón—, ¿conocen ustedes a esas familias que auxilian a las reverendas madres? Esos a los que parece que la ruina no los toca ni de lejos, que siguen vendiendo y trasegando dulces y mercedes por toda la región. Díganme ustedes cuáles son las haciendas que les pertenecen y con gusto iremos a visitarlas. Ustedes me ayudan a recolectar lo que le toca al ejército del señor gobernador y yo les pongo su cuenta por familia como pagada. Así todos estaremos en paz y con la barriga contenta—.
¡Silencio sepulcral, lector! Nadie soltó prenda.
—¿Ven cómo son? —insistió el capitán, ya picado por la curiosidad—. ¿No que estaban muy enmuinados? Es el momento de que nos ayudemos de una vez por todas. Entramos en esas casonas, les pedimos lo que les sobra y, de refilón, nos asomamos a las ciudades religiosas para ver qué guardan tras los muros. Solo suéltenme la información y pronto quedamos a mano—.
De nueva cuenta, ni un susurro. La chusma se quedó más muda que un novio en el altar. Al fin, uno de los presentes se atrevió a hablar:
—Mi siñor, ansina comprendemos de inmediato su razón, pero ha de saber que esas familias son las que a veces nos dan el auxilio y merced diaria. En ocasiones nos mercan sin cobrar el maíz y la harina pal pan, y en otras hasta un caldo o raciones nos reparten por las mañanas. No podemos hacer tal bajeza. Además, muchos de nosotros trabájanos en sus tierras de temporal y, pos, eso de andar de traicioneros no es lo nuestro. No semos de esa hiel—.
Sóstenes, que de tonto no tenía ni un pelo, comprendió que había gato encerrado y que el agradecimiento no era la única razón de aquel silencio. En su mente empezó a germinar un rumor que ya le andaba zumbando en los oídos, parte de su regreso fuera el motivo: que esas familias acomodadas no solo alimentaban pobres, sino que estaban sosteniendo y armando a los batallones de los conservadores, cuyo poderío crecía como la verdolaga en tiempo de lluvias.
Sin más ni más, los dejó ir.
Los despidió reconociendo que no había forma de sacarle agua a las piedras de aquellas pobres voluntades; pero se quedó pensativo, sabedor de que, si jugaba bien sus cartas y era astuto como un coyote, esos mismos hilos lo llevarían derechito a la mata de quienes financiaban las arcas de la reacción.
¡Ay, México! Donde el que no es leal por amor, lo es por costumbre, aunque al final ¡las dos valen!
Más apuro trajo a Sóstenes Antípides su reacción, cuando le avisaron que un grupo de esos mismos pudientes pedían anuencia a su causa. Sorprendido por la coincidencia, trata de saber lo que traman o lo quisieran reprochar. No hay amigo lector peor escenario que el que nuestra propia mente construye. —Dígales que pasen al cuartel— le indicó al sargento.
Después de asearse, bajó a la percudida oficina donde le esperaba el prominente dulcero de la región, el joven Felipe Olguín, con una comitiva de virtuosos comerciantes.
Continuará…






