AUGUSTO ISLA / LOS INVISIBLES (I)

GOTA A GOTA

A mis nietos Ian y Gael.

Siempre tengo presente aquello que decía Miguel de Unamuno: “Nada más sagrado que un niño, guardián de la eternidad en el tiempo, ante quien es una tremenda realidad el misterio del porvenir”. ¿Somos conscientes de esta condición sagrada? Lejos estamos de ella. Niños y adolescentes parecen no existir. Como si fueran invisibles, no ponemos la mirada en ellos. ¿Nos preocupa el trabajo infantil, el embarazo temprano? ¿Respetamos siquiera su derecho a la identidad? Tal vez sí, como una excepción. Ahí está el ejemplo de Fabiola Larrondo, tan atenta, como responsable que fue del Registro Civil en Querétaro durante el sexenio anterior, a dar cumplimiento a ese derecho. Bien sabía, como Tagore, que “cada niño al nacer nos trae el mensaje de que Dios no ha perdido aún la esperanza en los hombres”. Esa atención fervorosa consolidó nuestra amistad.

Como sociedad somos una vergüenza. No se diga como gobierno. El de la 4T ha sido ajeno al desarrollo de los niños. Al cancelar las estancias infantiles, los privó de su derecho a la estimulación temprana: se conformó con entregar un apoyo mezquino a las madres trabajadoras. Intento comprenderlo: el benefactor tabasqueño no tiene la menor idea de la economía doméstica, tan ocupado él de encumbrarse en las esferas de la vida pública. ¿Y la educación básica? Ya sabemos: la ha entregado a la más funesta organización sindical. Decidió que la reforma educativa se fuera a la basura. La opción: una alianza complaciente con el magisterio. ¿Y los niños? Invisibles de nuevo. La pandemia nos desnuda. La educación en línea es inviable, ahí donde se carece de todo, incluso de sanitarios. La desigualdad ahonda sus tristezas.

Pienso en mis nietos. Confinados, no les acompaña el buen humor. Pero tienen el recurso modesto para comunicarse “en línea”. Pero no son ellos los que me preocupan. Es la niñez de México. Sobre todo la más vulnerable, la de las comunidades indígenas. Es nuestro futuro. Hace poco leí, en este diario, un aforismo deslumbrante de José Ingenieros: “Los hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; los hombres geniales y pueblos fuertes solo necesitan saber a dónde van”. En manos del todopoderoso huésped de Palacio Nacional México no sabe a dónde va.

Mi gratitud al personal de salud que atiende a los enfermos por COVID-19.

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