Augusto Isla

GOTA A GOTA

El balance

Hace muchos años, trabajé como asesor documental en el área administrativa que encabezaba Enrique Peña Nieto en el gobierno del Estado de México. Por un breve tiempo. Pues su principal asistente, una odontóloga, me consideraba poca cosa para alguien que, a su decir, estaba para grandes cosas. Y Enrique ascendió hasta ser el primero entre los suyos, entre nosotros digo. Y sí, grandes tanto sus logros como su propensión a corromperse, su complacencia con colaboradores como Luis Videgaray o Gerardo Ruiz Esparza, su silencio cómplice con esa caterva de gobernadores rapaces…

En su libro “La cleptocracia”, Jenaro Villamil documenta lo que ya sabemos. Un libro plagado de lugares comunes, hecho para colmar el apetito vampiresco de lectores ávidos de sangre, de todo eso que nutre la mente mórbida de los mexicanos. Y claro, sin reconocer los innegables frutos de la buena voluntad, pues que también asomó aquí y allá como la reforma educativa. Un libro, en este sentido, para difundir las inmundicias que, cierto, abundantes fueron, toda esa obscenidad que nos exhibió a un Donald Trump, con su grotesca figura, pisoteando la casa de todos que son Los Pinos, casa que inauguró Lázaro Cárdenas, ícono nacionalista que hoy venera el tabasqueño que le sucederá en el mando para emprender una fantasiosa “Cuarta transformación”, sin que nadie sepa con claridad en qué consiste. ¿O es la gestualidad de la venta de un avión, la reducción salarial…?

Y me pregunto dónde quedó aquel niño inquieto, saludable del que me ha hablado su maestra de inglés, amiga entrañable. ¿En qué momento Enrique bebió ese veneno que es la ambición desmedida, en qué momento anexó a su bienestar la frívola necesidad de habitar ese mal habido mausoleo que es la llamada “Casa Blanca”, en qué momento perdió la luz de su andar para adentrarse, con el rostro fatigado, en las sombras de la autodestrucción? Y ahora se va con el alma marchita, y acaso con la sensación de haber provocado, él mismo, la demolición de sus buenos proyectos, unos grandes como el fascinante aeropuerto de Texcoco, otros pequeños pero de enormes beneficios sociales, como los comedores comunitarios, a los que dará la espalda ese personaje resentido, sucesor que ya se ve a sí mismo, sin humildad alguna, como el mejor de todos.

Y yo me quedo con la pena, por qué no he de confesarlo, de verlo partir devastado, sin gloria alguna. Y con su trato siempre gentil. Pues aunque llevo en mí la impronta del sentido crítico que aprendí de un Jorge Cuesta, de un Octavio Paz…, también sé que el agradecer es una virtud, para mí irrenunciable, del hombre bien nacido.

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