Augusto Isla

GOTA A GOTA

El Híbrido

Era un hombre de gesto severo, sonreía poco. Como maestro era exigente, le arropaba una educación rigurosa. Se formó en Italia. Lo aprecié mucho. Por su honradez, por su postura de izquierda sin dobleces- Hablo de Arnaldo Córdova (1937-2014) a cuyo seminario acudí en varias ocasiones, como oyente, en el centro de Estudios Políticos en la UNAM. Le comenté su libro “La ideología de la Revolución Mexicana”, estudio exhaustivo que sustentó, si no me equivoco, como tesis doctoral. Lo invité a visitar Querétaro. Y aceptó. Le acompañó su bella esposa, Paula Vianello, mujer de amplia sonrisa como su inteligencia y ojos interesantemente azules. Los guie por la ciudad. Gozaron sus encantos. Nuestra amistad fue efímera. Los perdí de vista. Pero seguí los pasos de su pensamiento. Me gustó sobre todo “La formación del poder político en México”, en particular esas páginas dedicadas al tránsito del caudillismo al presidencialismo; aquel como figura propia de las sociedades tradicionales; éste como producto de movimientos sociales modernizados.  El caudillo posee ciertas cualidades que explican su autoridad carismática o autoritaria; el presidencialismo es, en cambio, un liderazgo institucional. AMLO lleva la impronta de ambas figuras. Es caudillo y es presidente electo por un voto arrolladoramente mayoritario. El caudillaje lo ha construido con  una buena lectura de las emociones colectivas: la desesperación, la necesidad de creer en algo, en la erradicación de los comportamientos corruptos, y más allá: la confianza un tanto desmenuzada en que todo lo puede. De ahí que la gente se acerque para tocarlo para besarle la mano, para derramar sobre él sus aspiraciones sanadoras.  En este sentido, la “cuarta transformación” que lo inspira no pasa de ser un enunciado mediático; por lo pronto no es un paso adelante. Es un regreso de la fe en un padre todopoderoso, que posee los tributos para ejercer una autoridad intransferible, capaz de remediar todos nuestros males aun antes de tomar posesión: pedigüeños, enfermos, inconformes se amotinan en su casa de campaña. Presidente y caudillo, a la vez. Un híbrido esperanzador, pero que se mueve en el filo de la navaja. Admirado como caudillo, vigilado como presidente. Con un caudal de ciudadanos que la guardan fidelidad, pero acosado por la crítica de su andar precipitado. Sin contrapesos. Salvo la realidad misma: los proyectos costosos, la hacienda pobre, los ahorros mezquinos.   

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