Augusto Isla

GOTA A GOTA

La fragilidad

Juan Jacobo Rousseau (1712- 1778) nació en Ginebra. Pero residió en Francia desde 1740. No fue su país sino el gran mundo el que inspiró sus reflexiones sobre el orden social y la desigualdad de los hombres, tema que aborda en su célebre ‘Discurso… ‘Y sin embargo Ginebra aparece ante sus ojos como la sociedad ideal, como la utopía misma, como o el universo más cercano al cumplimiento de la Ley Natural. Pues naturalista era ¿Cómo lograrla? Pues cuando el ‘demos’, el pueblo, eligiera a sus mejores hombres, los más virtuosos, los más educados, entendiendo por educación no el mayor conocimiento, sino la estatura moral. En este sentido, no debería sorprendernos que la insuficiencia moral de nuestros gobernantes refleje lo que somos los ciudadanos. Si carece de moderación, respeto, dignidad, es porque nosotros, los comunes y corrientes, carecemos de tales virtudes. Rousseau, visionario, preludia la Revolución francesa y sus consecuencias inciertas: la democracia y la lucha de facciones, el prurito de la renovación incesante de las leyes, los intentos del pueblo por liberarse de sus amos y la entrega de sus sueños a seductores que ‘no hace sino forzar sus cadenas’.

¿No es actual acaso su pensamiento, no sus temores de ponernos en manos de hombres sin virtud, denominados por sus pasiones  y su estulticia?  Basta con escuchar expresiones como ‘AL diablo con las constituciones’ o ‘esas son fantocherías’ cuando al señor Andrés Manuel se le pregunta: ¿Qué tal si vende el avión presidencial y usted llega tarde o no llega a una reunión de la Asamblea de las Naciones Unidas? Eh aquí el estadista, al hombre que nos representará en el mundo, ese provinciano inseguro, a quien el pueblo le confiará todo el poder: para vender aviones, cancelar las pensiones de los expresidentes… abandonar los Pinos para irse a su casa o habitar Palacio Nacional. Austeridad falsa y demagógica. Tiranía amenazante. Populismo ruinoso como el de Pisistrato que acabó con la democracia ateniense, la de Pericles.  Qué fragilidad la nuestra, la de una democracia que aún no se consolida y está ya al borde del abismo. Recuerdo que Eric Fromm se rehusaba a pensar que la mayoría tenga de suyo la razón, pues sí hubiera que decidir sobre el valor de una a base de números, todavía viviríamos en las cavernas. “¿Y no pensaba lo mismo Baltazar Gracian? Vence la intención de pocos a la numerosidad de un vulgo entero”. Tales la paradoja de la democracia. Y su gran reto: ¿Cómo evitar que un ‘demos’ aberrante la destruya con sus prejuicios, con el perverso impulso de una sombra que la persigue: la demagogia?

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